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ABC DOMINGO, 31 DE DICIEMBRE DE 2017 abc. es conocer SOCIEDAD 57 Denominan al monasterio el Yermo de Herrera por ser un lugar solitario habitado por religiosos que consagran la vida a Dios y a sus hermanos en comunión continua Despertar al alba para orar y leer y acostarse temprano: así es su jornada ABC asiste al día a día de estos once monjes eremitas, jóvenes todavía, porque el mayor tiene 61 años, pero su promedio de edad ronda los cuarenta. Para ellos la jornada arranca muy pronto, al cantar del alba, en torno a las 4.20 horas ya se ponen en marcha. Las oraciones y lecturas religiosas llenan el día hasta las siete de la mañana, cuando desayunan, pero individualmente. Cada comida la hacen los monjes en la soledad y recogimiento de sus estancias personales. Tras el desayuno, llegan tres horas de tareas de higiene y mantenimiento del hogar. El afanoso trabajo en la huerta, con el cultivo de hortalizas y verduras, el mantenimiento de las celdas y lugares, la cocina, las colmenas... A las doce del mediodía vuelven a orar. Después de comer, se vuelcan en sí mismos. Pasan toda la tarde en la estricta soledad de su habitáculo y alrededor de las siete y media de la tarde cenan. A las ocho se produce una pequeña reunión en la comunidad, donde comparten reflexiones y sentimientos, que postergan hasta las nueve de la noche, hora en que se acuestan y se recogen nuevamente. JOSÉ FRANCISCO SERRANO OCEJA NUEVOS TIEMPOS EN LA IGLESIA Roma, o el entorno del Papa, tiene una especial fijación por España C Un detalle del exterior de la capilla y el tirador que utilizan para entrar en la estancia, con el letrero de tiren por favor FOTOS: F. HERAS Una vez cruzada la puerta que da acceso al recinto monacal, los restos del que fuera monasterio cirterciense, hoy en ruinas, se levantan imponentes. Junto a él, la capilla, en la que se reúnen los hermanos para sus celebraciones, que no son tantas como pudiera parecer, porque la mayor parte de la jornada la pasan en sus celdas, que constituyen un segundo espacio de intimidad, de aislamiento. Es la verdadera clausura. Nadie las visita, ni el peregrino ocasional ni los periodistas. Desde fuera, parecen casitas de colonos, o modestas viviendas de antiguos asentamientos periféricos. Por dentro, austeras hasta el límite pero, eso sí, sin la sensación de agobio que podría imaginarse. ¿Por qué? El padre Pablo lo explica: siglos atrás, era el lugar reservado a los sacerdotes o, por defecto, a las personas que pasaban más horas en el habitáculo. Ello invitaba a, al menos, conferir al espacio alguna tibia comodidad, que se traduce en lo que en el lenguaje del interiorismo moderno se llamaría cuatro ambientes a saber, la alcoba para dormir, una salita para leer y escribir, la estancia principal y un cuarto de baño, hoy ya dotado con agua caliente. Todo ello templado, a duras penas, con la estufa de leña, similar al modelo que preside con insistencia las dependencias del cenobio. Nada de calefacción. En el exterior, un pequeño huerto, su parcela, que cada residente mima, aunque solo dé modestas hortalizas y verduras: puerros, coles de Bruselas... ese tipo de manjares para una dieta casi vegetariana exenta de carne. En un pequeño estanque, crían truchas que luego consumen, pero ahora está a la espera de ser repoblado. Y junto a las plantaciones, un sendero que divide en dos la hilera de casitas, similar a un Belén, en plenos montes Obarenes, que comunica las viviendas con el edificio más próximo, la capilla, que recorren en la oscuridad de la madrugada y, lo que es más duro, con el frío del romper del día Rondando la cuarentena Porque, para estos once monjes eremitas, cuya media de edad ronda los 40 años (el mayor tiene 61) la jornada arranca a las 4.20 de la mañana, con oraciones y lecturas hasta las siete, hora a la que desayunan, aunque todas las comidas las hacen en la soledad de sus celdas. Hemos optado por la vida solitaria, en un marco de pobreza y austeridad para vivir el Evangelio con radicalidad explica el padre Pablo. Después, llegan tres horas de tareas: mantenimiento, huerta, limpieza, cocina, las colmenas... A las doce vuelven a la oración para, después de comer, pasar toda la tarde en la soledad de su habitáculo hasta las siete y media de la tarde, que cenan y, a las ocho, una pequeña reunión en comunidad que les lleva hasta las nueve, hora a la que se acuestan. Viven de lo que producen, de los estipendios de los monjes sacerdotes y de unas pequeñas parcelas arrendadas a los agricultores de la zona, pero, sobre todo, de las ayudas del exterior, incluso del Banco de Alimentos. Al día de lo que sucede Ni televisión, ni radio, ni aparatos electrónicos, ni conexión a internet. Solo un teléfono móvil mantiene a los camaldulenses en contacto con el mundo, lo cual no es óbice para que no estén al tanto de lo más importante. Nos enteramos por las revistas religiosas que nos llegan vía apartado de correos y porque, si es grave, nos informa el padre prior detalla el monje, quien reconoce que la comunicación con el exterior es muy limitada aunque no lo suficiente como para no tener claro que lo que pasa en Cataluña no tiene sentido Nosotros consideramos que aportamos a la sociedad, a través de la oración, y nuestra función es buscar la unión con Dios, así que no tiene mucho sentido estar enterados de lo que pasa fuera concluye el padre Pablo, quien reconoce que la conversación le ha resultado escasa. Donativos Los 90.000 euros recaudados con donativos servirán para, entre otras cosas, construir una celda y un local para las visitas Padre Pablo Nuestras necesidades son mínimas. Con la ayuda de la providencia y poquito más, vivimos sin problemas ualquier balance eclesial sobre el año que expira y cualquier pronóstico sobre el que se avecina, debe tener en cuenta la relación que se ha establecido entre Madrid y Roma, que es también Barcelona- Roma, las dos pistas de aterrizaje del pontificado del Papa Francisco en España. Si en los tiempos postreros del cardenal Tarancón se decía que los obispos españoles tenían tortícolis de tanto mirar a Roma, en los medianeros del pontificado del Papa Francisco, Roma, o el entorno más inmediato del Papa por aclarar los términos, tiene una especial fijación con España. Por los pasillos del Vaticano, y también de Santa Marta, se considera que es necesario profundizar en un cambio. Una mutación debida, entre otras razones, a la maltrecha colegialidad y a la excesiva forma política de la imagen pública de la Iglesia. Diagnóstico que, no hay que descartar, también responde a interesadas informaciones. Al fin y al cabo, como se suele decir, lo que de Roma viene, a Roma fue. Tomemos como ejemplo los nombramientos de los obispos auxiliares de Madrid, o el de Getafe, o los más o menos inmediatos de Ávila excepto en el caso de recolocación y Albacete. Perfiles de obispos, y por tanto de Iglesia, pastorales y sociales, poco o nada académicos e intelectuales, con una espiritualidad o carisma sin acentos específicos y con pretensión de incidencia en el encuentro persona a persona. El Papa Francisco lo llena todo. Estamos en época de repeticiones de sus palabras y de sus gestos. Unas más naturales que otras; unas más acertadas y espontáneas que otras. Hay quien se pregunta si este momento responde a la idea ya asumida de haber perdido la batalla cultural, que habían alentado pontificados anteriores, y a la consiguiente búsqueda de nuevas estrategias. La Iglesia está en el tiempo y por eso tiene historia. Pero, a la vez, tiene pretensión de trascender el tiempo. Es una realidad compleja que no se puede abordar desde las simplificaciones a las que estamos acostumbrados. Los tópicos y los lugares comunes no ayudan. Las categorías clásicas ya no rigen. Están naciendo otras nuevas.