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ABC DOMINGO, 31 DE DICIEMBRE DE 2017 abc. es opinion OPINIÓN 17 VIDAS EJEMPLARES ALTO TRAE EL POTOMAC ÁLVARO VARGAS LLOSA PERÚ: PACTO MEFISTOFÉLICO Desde que asumió el poder, el fujimorismo llevaba a cabo una política de acoso y derribo contra Kuczynski H AY que bucear a fondo en las turbias profundidades de la política latinoamericana para encontrar casos de deslealtad democrática comparables al pacto mefistofélico entre el presidente del Perú, Pedro Pablo Kuczynski, y Alberto Fujimori, responsable de crímenes de lesa humanidad, robos milyunanochescos, persecuciones crueles y la abolición de la democracia durante los años 90. Un caso comparable es el pacto en Nicaragua entre el tiranuelo Daniel Ortega y tres personalidades o sectores a los que había hostigado durante su primera dictadura, la sandinista, y representaban, se suponía, la defensa de la libertad: el ex presidente Arnoldo Alemán, monseñor Obando y Bravo y un grupo de empresarios. Gracias a ese acuerdo, Nicaragua es de nuevo una satrapía bananera. Lo de Kuczynski no sabemos cómo va a terminar, pero no puede descartarse que el fujimorismo, que ya controlaba el Congreso y ahora tiene de rehén al presidente, y está empeñado, en simultáneo con el Partido Aprista de Alan García, en una campaña de intimidación contra fiscales y jueces, concentre un poder suficiente para liquidar la democracia a la usanza contemporánea, es decir desde el interior de la propia democracia y sin que a primera vista lo parezca. No será fácil: la indignación por el indulto de Fujimori, gravemente cuestionado por la organizaciones encargadas de velar por el Derecho internacional, alcanza proporciones amplias entre los peruanos. Desde que asumió el poder, el fujimorismo llevaba a cabo una política de acoso y derribo conPedro Pablo Kuczynski tra Kuczynski. Él, en lugar de utilizar las armas de la Constitución, que son poderosas, para hacerle frente, bajó la cerviz, en parte por miedo y en parte porque nunca tuvo el corazón, como dicen los franceses, en la causa democrática, que en el Perú confunde sus lindes con las del fenómeno conocido como el antifujimorismo y que él había suya, momentáneamente, en la segunda vuelta electoral para derrotar a la hija del dictador. Cuando, la semana pasada, el fujimorismo intentó destituirlo, él volvió a envolverse en esa bandera y logró un vuelco en la opinión pública. Pero en pocas horas resultó evidente que, mientras posaba de antifujimorista de valedor de la moral pública y el Estado de Derecho negociaba con el dictador algunos votos que le salvaran el pellejo a cambio de poner en libertad, usando procedimientos ética y legalmente cuestionables, a Alberto Fujimori. En tres días, Kuczynski dio un brinco espectacular del antifujimorismo al fujimorismo, de la defensa de la libertad al contubernio con la peor tradición latinoamericana, la de la dictadura, y de la valoración de los derechos humanos al frío puñal que ha hundido en las carnes de las numerosas víctimas de las matanzas que perpetró un comando de la muerte comprobadamente autorizado, financiado y protegido por Fujimori y su monje negro, Vladimiro Montesinos, en los años 90. De semejante cosa ninguna democracia puede salir indemne. El fujimorismo, cuya conducta sigue tan aviesa como siempre, hará cuanto pueda para copar espacios y prevenir las investigaciones en curso por los vínculos de un reciente secretario general con el lavado de activos relacionado con el narcotráfico (según la DEA) y la posible financiación ilegal de sus últimas campañas electorales. Lo hará sabiendo que Kuczynski les dejará hacer lo que quieran con tal de que le permitan abocarse a reimpulsar la economía. Lo que no es seguro es que la sociedad civil peruana, herida en su honor y convicciones, baje su cerviz ante los hechos consumados como él bajó la suya ante Mefistófeles. Podría incluso ocurrir que a mediano plazo esa sociedad civil ofendida acabe, como dicen los ingleses, arrancando una victoria de las fauces de una derrota. LUIS VENTOSO FELIZ AÑO Hay gente extraordinaria que peleando en lo más difícil todavía anima a los demás D El Día de los Inocentes no puede pasarse por alto ABC, siempre fiel a su principios e idearios, ha defendido, defiende y defenderá el derecho del no nacido, algo que nuestros lectores saben y valoran. Es el caso de MIGUEL ÁNGEL LOMA PÉREZ: Como ABC es de los contadísimos medios de comunicación que siempre se pronuncian a favor y en defensa del derecho a la vida de los no nacidos, se ha echado en falta que el pasado 28 de diciembre, día de los Santos Inocentes, que se toma como recordatorio de las víctimas del aborto, alguna referencia en el periódico sobre este grave tema al que nos hemos (nos han) ido acostumbrando, como si se tratase de algo ya plenamente normal. Ojalá no abandonen nunca esta lucha Aunque este periódico, días después, desarrolló información sobre el tema al publicar los datos de la bajada de abortos en el año 2017, condenando que aunque hayan disminuido, siempre serán demasiados para un país civilizado como el nuestro. La errata Y finalizamos este último ABC y sus lectores del año con la falta de ortografía que se deslizó en el Al Oído titulado La realidad paralela de Villar donde un haya por un halla cantó en un periódico como ABC según MANUEL RICO. Pueden dirigir sus cartas y preguntas al Director por correo: C Juan Ignacio Luca de Tena 7. 28027 Madrid, por fax: 91 320 33 56 o por correo electrónico: cartas abc. es. ABC se reserva el derecho de extractar o reducir los textos de las cartas cuyas dimensiones sobrepasen el espacio destinado a ellas. ICEN que los ordenadores funcionan en última instancia gracias a un código binario, combinaciones de ceros y unos. A veces me da por pensar que nuestra anatomía debe operar de un modo similar. Cuando estamos sanos, el código se combina a la perfección. Todo encaja y fluye con una normalidad casi milagrosa, pero que ni siquiera valoramos, pues la damos por descontada. Sin embargo a veces, por la lotería genética, o por hábitos de vida arriesgados, o por un contagio, un número de la secuencia salta repentinamente de su lugar natural. El sistema se trastoca, o se corrompe, e irrumpe el inesperado shock de la enfermedad, una realidad para la que nadie está preparado. La existencia de la persona entra entonces en otra dimensión, muy dura si la dolencia es de pronóstico retorcido. Las horas de la eternidad juvenil quedan atrás y se arriba a la orilla sombría de los desvelos en la noche, de las habitaciones impersonales de los hospitales, de la atosigante sensación de finitud. Estas navidades, en un mediodía de neblina y fresco, llegué a una estación de tren del norte para la cena familiar. Al bajar del ferrocarril me esperaban las caras expectantes de mis seres queridos en el andén, que venían a recogerme. Nos subimos al coche. Cuando estábamos en la cháchara algo voceras de los primeros saludos, una mano golpeó la ventanilla situada a mi derecha. Me sobresalté y miré al cristal. Entonces vi la cara jovial de un amigo que vive exactamente al otro lado del planeta. Desde hace un tiempo, él pelea sin un solo comentario de queja contra una enfermedad seria, con los inevitables altibajos. Sabía que en los últimos días había pasado por el hospital y aunque veníamos en el mismo tren no lo había visto durante el viaje. Nos saludó con una cordialidad y un afecto que ensanchaban el ánimo. Su sonrisa irradiaba la luz del bien (y no estoy siendo lírico ni cursi, solo empírico) Verlo allí, con su presencia tranquila y cariñosa, supuso una enorme alegría, un auténtico regalo de Navidad. Fue además una lección de principios, un recado para esas horas absurdas en que sacralizamos fruslerías laborales, o posesiones materiales, cuando corremos como pollos sin cabeza tras la bisutería de lo trivial y lo frívolo (que es casi siempre) Esta noche es fin de año. Habría que guardar un brindis, o un rezo que a veces son lo mismo por todas las personas que navegan por las incertidumbres biológicas que un día nos zarandearán a todos. La sonrisa de mi amigo en el parking de la estación. Las lágrimas anoche de ella, que siempre ha sido tan valiente, pero que esta vez... La mirada ausente, extraviada en la nada, del padre o la madre que ya no se recuerdan. La rememoración serena, pero dura, de aquel cáncer superado. La congoja de un corazón que ya ha dado un aviso serio... Y siempre el único salvavidas en las horas desoladas: el amor.