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ABC DOMINGO, 31 DE DICIEMBRE DE 2017 abc. es opinion OPINIÓN 15 UNA RAYA EN EL AGUA EL RECUADRO ANTONIO BURGOS LOS WHATSAPP DE HOY Tengo medio centenar de felicitaciones de desconocidos, como si tuviera la obligación de saber que ese número era de Pepe C ONVIENE de vez en cuando ir contra corriente, como el salmón. Si el salmón no fuera contra corriente, río arriba, tendría el interés de una pijota, ninguno, y no estaría estos días en las mejores mesas. Pregúntenme lo que quieran de ir contra corriente, que tengo hecho un máster contra el aborregamiento general. Y aplicando sus enseñanzas, como me declaré enemigo en su día de los zapatos de rejilla y de los calcetines blancos, o de los platos cuadrados en los restaurantes de camareros vestidos de negro, ahora soy objetor de felicitar las Pascuas de Navidad y Reyes y el Año Nuevo por medio de WhatsApp, con estos teléfonos que, menos café, hacen de todo. Pues no desespere usted, que creo que Samsung tiene en estudio un nuevo móvil que no sólo hace café, sino que el hijo de la gran puta te pregunta si lo quieres solo o con leche; teléfono que, ya lo verá usted, es estrictamente la leche. Venía diciendo que soy de los raritos que no felicitan por WhatsApp; en todo caso, contesto lo recibido, si es de persona conocida. Porque encima los tíos no firman su mensaje, creyendo que los tienes en la agenda de tu teléfono, y que te aparecerá su nombre. Tengo aquí, desde antes de Nochebuena, por lo menos medio centenar de incógnitas felicitaciones de absolutamente desconocidos, que me mandaron la copia de lo que habían enviado a toda su agenda de direcciones, como si yo tuviera la obligación de saber que ese número era de Pepe. Tan raro debe de ser esto mío de que no querer en- trar en esa rueda, que si fue tremenda en Nochebuena ya verán hoy en Nochevieja, que estoy hasta por ponerlo en mi currículum y en la solapa de mis libros: Es hijo adoptivo de Cádiz y en su vida ha puesto un WhatsApp felicitando el Año Nuevo Y no lo crean mérito. Es torpeza. Admiro la destreza de los chavales que con una sola mano te escriben la Epístola Moral a Fabio con las teclas como lentejitas del móvil. ¡Qué optimista es usted! Los chavales no pueden hacer esas cosas. ¿Porque no dominan bien las teclitas como lentejas? No, porque no tienen ni zorra idea de la Epístola Moral. ¿Pues no que uno de ellos, en un examen, preguntado por Quevedo, ha contestado que es el personaje de una novela de espadachines de Pérez Reverte? Pues aunque no sepan que el tiempo muere en nuestros brazos, y ellos se lo pierden, admiro en los chavales su destreza en escribir tonterías y enviarlas a los amigos en las presentes Pascuas y Nochevieja. Y bien que me gustaría aguzar el ingenio y tener destreza en estos trabajos manuales de los mensajes cortos, para desearles a todos mis lectores, pero de un modo personalizado, un 2018 completamente Virgen de Fátima... ¿Cómo un 2018 completamente Virgen de Fátima, qué es eso? Sí, de por lo menos como estaba, Virgen de Fátima Y me encantaría poner en esos textos todas las contradicciones del sistema, con la brevedad de los anónimos redactores de estos grafiti de las nuevas tecnologías. Decirles que cómo es posible que el Gobierno proclame continuamente que la economía va de cine y que nuestro bolsillo esté cada día más de película de terror. Que cómo es posible que se haya desaprovechado de esta forma la aplicación del 155 contra el independentismo catalán. Que cómo es posible que en esta sociedad cada vez es más antinorteamericana y más proislámica, el que esté al alza sea Papá Noel, más yanqui que la Coca Cola, y que los Reyes Magos anden de capa de armiño caída. Den, pues, por recibido esos mensajes de Año Nuevo por el móvil que nunca escribiré. Mensajes tan proliferados y atosigantes que hasta me hacen creer que los Reyes Magos no son Melchor, Gaspar y Baltasar, sino Movistar, Vodafone y Orange. IGNACIO CAMACHO EL AÑO EXTRAVIADO España ha tirado nueve meses al vacío. Los que el Estado tardó en comprender la verdadera dimensión del conflicto I hay algo que todos deberíamos aprender de este año maldito es que el aplazamiento o la negación de un problema no evita su transformación en conflicto. La crisis de Cataluña representa el fracaso del pensamiento ilusorio: todo lo que el Gobierno sostenía, acaso hasta creía, que no iba a ocurrir ha ocurrido. Durante demasiado tiempo, el Estado ha justificado su incomparecencia en un cierto desdén por la temeridad del nacionalismo, que sin embargo ha cumplido punto por punto su programa íntegro. Toda la hoja de ruta secesionista fue anunciada por escrito. Las leyes de desconexión, el referéndum ilegal, la declaración de independencia; todo estaba advertido. Y todo fue ignorado, subestimado, puesto en entredicho hasta que se hizo tarde para entender que la revuelta iba en serio por mucho que pareciese un desvarío. Lo era, en efecto, pero un desvarío real, perseverante, granítico. Y ahí sigue, incluso después del artículo 155, encastillado en su fe casi religiosa, refutando sin respiro cualquier demostración oficial de optimismo. En 2017, España tiró nueve meses al vacío. Incluso ya en plena insurrección, el Estado tardó siete semanas más en aceptar la importancia del desafío, que sólo el Rey fue capaz de atisbar en su verdadera dimensión de asalto a las bases de la convivencia nacional, de embate subversivo ante el que no valía más opción que la cerrada defensa del constitucionalismo. Ese tiempo perdido ha resultado letal porque ha mermado los reflejos de autoprotección del sistema y ha condicionado la insuficiente respuesta al desafío. Las elecciones de diciembre muestran hasta qué punto se improvisó, sin convicción y sin estrategia, una solución de compromiso que se ha revelado un remedio fallido. Y ello ha sido así porque la cuestión de fondo sigue desenfocada: el independentismo no es un problema de Cataluña sino de España y lo tiene que resolver la sociedad española, que es a la que corresponden las decisiones soberanas. Es la nación entera la que debe decidir cómo afronta el cuestionamiento de su concordia democrática, puesta en solfa por un ejercicio insólito de deslealtad que invalida cualquier apuesta de confianza. Y ya no es posible fingir normalidad ni esperar el regreso a la razón de unas instituciones catalanas que en cuanto recobren la capacidad de autogobierno pondrán en marcha el procés 3.0. la nueva fase de construcción de la distopía identitaria. No cabe engañarse: esta legislatura ha reventado. El conflicto separatista la aboca al colapso porque no hay modo de gestionar un país cuya estabilidad esencial, la del pacto de entendimiento cívico entre sus habitantes, está en precario. El conflicto catalán no es un simple contratiempo político; se trata de una fractura sin reparar que va a seguir causando estragos. Y va a necesitar una cirugía de más riesgo y complejidad que la tímida laparoscopia practicada este año. S JM NIETO Fe de ratas