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12 OPINIÓN CAMBIO DE GUARDIA PUEBLA LUNES, 20 DE NOVIEMBRE DE 2017 abc. es opinion ABC GABRIEL ALBIAC LEONARDO COLECCIONABLE El placer del coleccionista se cifra en una sentencia: es mío, es el más caro, es único UBO el coleccionista, antes de haber el museo. Y, cuando los revolucionarios de 1793 decretaron alzar un monumento a lo intemporal humano, no dispusieron más que de la amalgama de cachivaches y curiosidades de un ilustre coleccionista: el rey de Francia. Y las colecciones reales fueron consagradas templo laico: Museo del Louvre. Y, al caos placentero de quien amontonaba sin jerarquizar un Tiziano con una caracola irisada, un Apolo ateniense con la reliquia de un feto de dos cabezas, sucedió la catalogación sabia que Condorcet pedía. Sólo para lo más sagrado había lugar allí, sólo para los frutos sublimes de la inteligencia. Mas, por debajo del museo, sobrevivió el coleccionista, ese adorador de sus solos deseos. Hasta nosotros. Pocos ciudadanos habían oído hablar, hace dos meses, del Salvator Mundi, tabla que atesoraba uno de esos faraónicos nuevos ricos que han sido el único legado de la revolución bolchevique. Hoy, ni aun el menos sospechoso de haber puesto jamás los pies en un museo se priva de admirar la maravilla. La transfiguración la operan 450 millones de dólares. No hay ciudadano que escape a la iluminación mirífica que un récord así imprime en las conciencias. Para el caso, hubiera dado igual que lo pagado fuera una lata de chipirones o una rasta de Bob Marley. La sacralidad la pone el precio, no el objeto. No es la utilidad lo que hace preciosa una mercancía. Lo es la potestad de imponer sus equivalencias. A eso llamamos valor de cambio: pura metafísica. Ante una obra de arte, conviven dos criterios. El del coleccionista, individúa: lo precioso, para él, es atesorar lo que ningún otro tiene, lo único. El museo universaliza: precioso es aquello en que se nos da el ser de un tiempo o, tal vez, de lo humano. El coleccionista persigue firmas, de cuya posesión excluya a los demás coleccionistas: son sólo suyas. El erudito de museo analiza obras. Y disecciona los trazos que, en la larga noche del tiempo atravesada por la obra, marcan huellas de continuidad y de extravío. Ponerles firma, es poco más que un ornamento. Ante el Salvator Mundi, el sabio anotará la discordancia de ciertos elementos. De pincel, unos: el deterioro de zonas, generado por malas restauraciones. Es un inconveniente menor. Conceptual, otro: la esfera de cristal en la mano izquierda, que viola en modo explícito las leyes de la refracción óptica. Es un inconveniente muy grave, si se recuerda que a Da Vinci pertenece la primera anamorfosis conocida: la del ojo del Codex Atlanticus. Y que, en esa distorsión óptica, como en toda su pintura, a Leonardo lo guía un empeño de matematización innegociable, porque ninguna certeza hay allá donde uno no pueda aplicar las ciencias matemáticas Leonardo, que ve el mundo como una colosal ilusión óptica, difícilmente podría violar las leyes de la refracción en su pintura. Todo eso importa al erudito y al museo. Pero el placer del coleccionista se cifra en una sentencia: es mío, es el más caro, es único. Lo demás no existe. H EL ÁNGULO OSCURO JUAN MANUEL DE PRADA TOMAD UNIÓN EUROPEA El europeísmo resulta especialmente corrosivo, por tratarse de una ideología vacía de toda idea moral L papanatismo contemporáneo le gusta repetir que el engendro denominado Unión Europea constituye una defensa contra las veleidades independentistas. Para combatir una calamidad hay primero que establecer sus causas; y todo empeño por combatirla pretendiendo utilizar como remedios las causas conduce irremediablemente al fracaso. Dos han sido en España los factores principales del ascenso del independentismo: el primero, el régimen territorial consagrado en la Constitución, ese nefasto autonomismo que, como nos advirtiera Vázquez de Mella hace un siglo, lejos de servir de contrapeso al odioso centralismo, ha perpetrado una siembra de centralismos en todo análogos a aquél de que se partió (y tal siembra brindará frutos aún más pútridos con el federalismo que ahora quieren colarnos de matute) el segundo, el europeísmo, que nos ha convertido en una colonia controlada por burócratas extranjeros y sometida a los hórridos dictados del dinero apátrida. La única razón por la que la Unión Europea no apoya abiertamente la independencia de Cataluña es porque en este momento tal independencia no interesa al dinero apátrida; pero si mañana el dinero apátrida necesitase de la independencia de Cataluña para realizar más cómodamente sus enjuagues y escamoteos, la Unión Europea la apoyaría a rabiar. El europeísmo resulta especialmente corrosivo, A por tratarse de una ideología vacía de toda idea moral, que suple con la adoración maniática de los clichés ilustrados. Tales clichés nos aturden con sus palabras huecas, pero no generan ningún sentido de pertenencia común; y, a cambio, actúan como un poderoso disolvente sobre el patriotismo, que se nutre del amor a las realidades concretas de la vida, al que suplantan por la adhesión idolátrica a una farfolla de entelequias. Como bien sabemos, nadie entrega su sangre (ni siquiera su sudor, ni siquiera sus lágrimas) por entelequias; pero, mientras las entelequias nos aturden, el europeísmo puede dedicarse a satisfacer los intereses del dinero apátrida, a la vez que arroja a las masas cretinizadas el huesecillo de la ciudadanía europea que es al patriotismo lo mismo que las muñecas hinchables a las mujeres de carne y hueso: una sublimación patética para gente aniquilada espiritualmente que se ha quedado sin vínculos auténticos y sin sangre en las venas. Los efectos destructivos del europeísmo alcanzan su apoteosis en el culebrón chusco del prófugo Puigdemont, que se ha instalado en la capital de la Unión Europea para propagar más cómodamente sus tesis y hacer campaña política internacional. Puigdemont, que habla un francés de perlas, ha podido leer a Baudelaire, quien escribió que Bélgica es un palo mierdoso (bâton merdeux) que nadie se atreve a tocar, de donde nace su inviolabilidad y también que, aun resultando muy difícil asignar al belga un lugar en la escala de los seres vivos, se puede afirmar sin embargo que debe ser clasificado entre el mico y el molusco Y, tras leer a Baudelaire, Puigdemont entendió que debía refugiarse en Bruselas, palo mayor de la mierda europeísta, donde al instante se volvería inviolable, protegido por jueces de dudosa clasificación zoológica. Una tierra que fue la tumba de don Juan de Austria, el más gallardo patriota español, bien podía ser el refugio inviolable de un independentista prófugo. Puigdemont, en fin, demuestra ser mucho más inteligente que los papanatas empeñados en afirmar contra toda evidencia que la Unión Europea constituye una defensa contra las veleidades independentistas. Tomad Unión Europea, papanatas parece decirnos, mientras nos hace la higa y esboza su irresistible sonrisa zangolotina.