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ABC DOMINGO, 19 DE NOVIEMBRE DE 2017 abc. es cultura CULTURA 69 de lo común, en el lado más oscuro del ser humano. La crónica negra española está escrita con nombres propios de hombres y mujeres convertidos en crueles monstruos que alimentaron sus vidas con la muerte de sus víctimas POR MARI PAU DOMÍNGUEZ Algunos de los acusados: Francisco Leona (1) Julio Hernández (2) José Hernández (3) y Pedro Hernández (4) ABC El Moruno y Agustina fueron ejecutados a garrote vil, la misma condena que Leona, pero éste murió en la cárcel. A los hermanos José y Julio les sentenciaron a diecisiete años de prisión y a pena de muerte respectivamente, pero el segundo fue indultado por su demencia. queño. La mujer le levantó la axila izquierda para que el Leona, con una navaja barbera de hoja finísima, de las que llaman verduguillo, le abriera una herida ancha que cortara las arterias principales. En un alarde de crueldad acordaron no anestesiar a su víctima intentando emular lo que sucede en la matanza de los cerdos, y es que cuanto más se mueve el animal mayor es el caudal de sangre que el cuerpo expulsa. De manera que cuando el pobre Bernardito despertó al borde del horror fue sujetado fuertemente por las bestias allí presentes. Crueldad hasta el final El Moruno se acercó provisto de una olla de porcelana, que arrimó para recoger la sangre que iba brotando del niño. Excitado ante lo que iba a suponer su posible sanación, gritó: ¡Mi vida antes que Dios! lo que en sus escasas entendederas venía a significar que la atrocidad cometida era una insignificancia frente a lo que suponía dejar de ahogarse, y que poco importaba que Dios jamás fuera a perdonarles. Y bebió, claro que lo hizo. Sentado en una silla baja junto al cuerpo, y tras añadir un poco de azúcar a la sangre de la criatura, El Moruno se tragó el contenido de la olla. Desde luego iba a ser difícil obtener el perdón de Dios... Leona continuó con el ritual del espanto. Pero el candil que le alumbraba se fue apagando. Entonces llamó a Elena, la mujer de José, que como si no pasara nada estaba preparando la cena en la cocina, para que le sujetara otro. Así hizo la muchacha hasta que se desplomó sin conocimiento. Demasiado macabro para soportarlo. Aunque al resto no parecía impresionarles demasiado, tal vez porque para entonces aquellos seres perturbados cabalgaban juntos a lomos del corcel desbocado del salvajismo. El barbero procedió entonces a rajar el cuerpo de Bernardito desde un poco más abajo de la boca del estómago hasta el pubis. Una herida de bordes limpios. El Moruno cogió las vísceras con ambas manos, las mantecas como decían Agustina y el Leona, y se las llevó al pecho, cerró los ojos y fue untándoselas lentamente ayudado por las manos de su esposa. Mientras, la cara de la infortunada criatura en los estertores de una muerte que se resistía, fruto de semejante barbarie, resultaba indescriptible. No parecía de este mundo. Menos aún las bestias que acababan de abrirlo en canal y destriparlo. El niño, vacío por dentro, seguía respirando pero se desmayó sumido en una inconsciencia total, posiblemente por el insoportable dolor de las heridas. Entonces se plantearon qué hacer con él, con el despojo de aquel ángel rubio víctima de la ignorancia y la barbarie. Mientras El Moruno marchaba corriendo a casa para abrigarse en la cama, pues al calor la manteca hacía más efecto, el barbero, Agustina y sus dos hijos llevaron el dantesco cuerpo del niño al barranco del Jalbo para hacerlo desaparecer. Lo metieron en un hoyo. Aún respiraba. La mujer lo desfiguró machacándole la cabeza con una piedra hasta dejarle esparcida la masa encefálica. Un terrible silencio tiñó el paraje con ecos del infierno.