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ABC DOMINGO, 19 DE NOVIEMBRE DE 2017 abc. es opinion OPINIÓN 15 UNA RAYA EN EL AGUA EL RECUADRO ANTONIO BURGOS CÁRCEL Y HOSPITAL Los hospitales públicos de España andan de chungaletas para abajo. Ni punto de comparación con las cárceles M ENOS mal que el prófugo Puigdemor de la Pradera está rebosante de salud, con más pelambrera que nunca, después de esas comilonas que se pega, gratis total, convidado por los políticos flamencos que ha adoptado como sus homólogos para buscarse jueces simpatizantes del separatismo. Y menos mal que no necesita ingreso hospitalario alguno: sano como una pera limonera. Y que, por eso, antes de devolverlo por Seur a portes debidos, la Justicia belga ha preguntado a España por las cárceles donde puede y debe dar el prófugo con sus huesos y no por los hospitales. En examen de cárceles sacamos sobresaliente cum laude Las habrán visto en los telediarios. Sobre todo, esa cárcel que ni sabíamos que existía hasta el encarcelamiento de medio Gobierno sedicioso de la autonomía catalana, cual Estremera. De los enchironamientos por la corrupción de cada día conocíamos Alcalá Meco, Soto del Real, Alhaurín o Puerto II, pero a Estremera no teníamos el gusto de conocerla. Dicen que es una cárcel de cinco estrellas. Añado: cinco estrellas Gran Lujo, como un Ritz o un Palace con barrotes. La celda que no parece una habitación de un hotel de NH es porque semeja otra de Hotursa; y el cuarto de baño que no recuerda a los Meliá es porque evoca otro de la cadena AC. Hay una discriminación positiva, que le dicen, en las cárceles con respecto a los hospitales en algo tan simple como ver la televisión. Si estás ingresado en un hospital, tienes que pagar por ver la televisión en tu cuarto; en cambio en las cárceles, el Estado te convida a Sálvame y a partido de fútbol, gratis total. Donde de verdad hay televisión pay per view es en los hospitales. Por eso es una maravilla que Puigdemor de la Pradera goce de excelente salud y no necesite de hospital tras su regreso a nuestra España querida, que no es otra que su odiada España. Porque me estoy imaginando que esa Justicia belga hubiera preguntado por nuestros hospitales públicos al Gobierno, antes de proceder a la extradición del andova, para saber dónde iba a caer, pues andaba malusconcillo. Y con la mano en el pecho, como el caballero del Greco, el Gobierno le hubiera tenido que responder a la Justicia belga: Pues los hospitales públicos de España, la verdad, andan de chungaletas para abajo. Ni punto de comparación con las cárceles. Si extraditan al sedicioso como preso, lo normal es que esté en un chabolo individual en Estremera; pero si viene enfermito y tiene que ir a un hospital público, de momento lo entran por Urgencias y sus buenas tres horas en una camilla y en un pasillo no se las quita nadie. Y una vez pasado el triage y que lo haya visto el médico de guardia, si le manda unas radiografías, serán dos horas más esperando. Puede que entonces, con un poco de suerte, lo diagnostiquen y decidan ingresarlo. Y ahí vendrá la tela: no hay habitaciones libres. Y cuando la tenga, no crean que es en una habitación individual, con su cuarto de baño para él solito, sino que, en el mejor de los casos, será un cuarto para dos enfermos. Y eso si no hay que meterlo en otro con tres hospitalizados y sus correspondientes, gritones y habladores acompañantes. Si le duele algo y toca el timbre para que venga una enfermera, pueden entrarle agujetas en el dedo apretando el botón. Si no lleva acompañante que salga al Control de Enfermería a dar la voz de alerta, puede que todavía esté esperando. Ah, y al final, pero no lo último. No sabemos si la tarjeta sanitaria de Puigdemor de la Pradera será del Servei Català de la Salut en cuyo caso tendrá problemas administrativos para que se la admitan en un hospital del Servicio Madrileño de Salud, porque en España somos tan racionales que hemos organizado 17 servicios públicos de sanidad distintos y estancos, 17. Así que si lo que buscan es el bienestar del prófugo, mejor que nos lo manden a chirona y no a un hospital público IGNACIO CAMACHO LAS BACANTES El separatismo imposta ahora un sufrimiento fingido y se reclama víctima de la violencia con lágrimas de cocodrilo U JM NIETO Fe de ratas NA de las mentiras más eficaces del independentismo ha sido la del expolio español. El lema de España nos roba modulado con más o menos detalle según los segmentos sociales a que iba dirigido, penetró la sociedad catalana como un afilado cuchillo porque combinaba la queja pragmática con el victimismo. Ésa fue la base de expansión del sentimiento separatista, la que daba apariencia racional al mito. La predicó el propio Pujol: su frase España ya no nos trae cuenta fue la señal de que el procés entraba en el período crítico. Lo que sucedió en la revuelta de octubre fue que los que se creyeron la patraña comprobaron que la independencia tenía un precio. Y que se pagaba en efectivo, con fugas masivas de empresas y retiradas de depósitos por miles de millones de euros. A Artur Mas y sus colegas, los primeros apóstoles del destino manifiesto, los que decían que las grandes compañías se pelearían por asentarse en la nueva república, el butirreferéndum de 2014 les ha costado bastante dinero. De repente, muchos catalanes seducidos por la aventura se dieron cuenta de que les tocaba afrontar la factura de su sueño. El secesionismo parecía un buen negocio porque generaba compensaciones apaciguadoras, pero la secesión en sí misma era una ruina, una bancarrota, un hundimiento. Desmontado por el brusco aterrizaje en la realidad, el discurso de las ventajas económicas de la ruptura ha girado hacia el de la denuncia, igualmente embustera, de un régimen autoritario. El separatismo busca ahora la coartada que lo presente como víctima no ya de la violencia económica sino física del Estado. La fábrica de posverdades empezó a funcionar desde el 1- O a todo trapo y lo ocurrido después el 155, la fuga de Puigdemont, el encarcelamiento de su Gabinete sirve de combustible para la exaltación del agravio. El eje de su campaña electoral va a ser una agitación paroxística y truculenta de la idea del pacífico pueblo maltratado. La autocrítica forzosa ha durado pocos días porque ningún proyecto resiste la aceptación del fracaso. Como todo movimiento populista, el nacionalismo vive de inventar enemigos. Su estrategia esencial consiste en señalar un culpable de los problemas ciertos y adjudicarle también los ficticios. Como la trola del despojo español se ha hundido, la de la represión viene a sustituirla como vínculo colectivo. Acostumbrados a la sobreactuación, al simulacro desahogado, los soberanistas no van a ahorrar excesos de impostado sentimentalismo. Ya ha empezado Marta Rovira, estrella lacrimógena que promete dura competencia a Colau, y su impune denuncia de amenazas inventadas no es más que el principio. Si el Gobierno no se hace respetar, nos espera una avalancha de representaciones torticeras y fraudulentas de sufrimientos fingidos. Una función extra de lamentos elegíacos interpretados por un coro de bacantes plañideras con sollozos de cocodrilo.