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ABC DOMINGO, 27 DE AGOSTO DE 2017 abc. es opinion OPINIÓN 13 TODO IRÁ BIEN UNA RAYA EN EL AGUA SALVADOR SOSTRES ¡QUIERO IR A MADRID! Hay que mostrar la belleza y mostrarla desde el principio. Hay que mostrar el lujo y la sensibilidad para comprenderlo M I hija vive indignada desde el primero de agosto cuando le cerraron su restaurante preferido, Sushi 99, que desde hace algo más de un año tiene ya sede en Barcelona. No entiende ni yo tampoco cómo puede ser que un restaurante tan bueno y estiloso caiga en la vulgaridad de las vacaciones y encima un mes entero. ¿No quieren ganar dinero? me preguntó el viernes, sobre la una del mediodía, camino del club, donde habíamos planeado almorzar y bañarnos luego en la piscina. Era una conversación que yo creía que iba más o menos en broma pero que ella estaba manteniendo absolutamente en serio: y me dí cuenta cuando así como de paso se me ocurrió comentar que me extrañaba tan insólita dejadez en nuestra ciudad cuando el Sushi de Padre Damián continúa perfectamente abierto y a Maria se le iluminó la mirada y la sonrisa y empezó a saltar por la calle gritando ¡quiero ir a Madrid! lo que tal como están las cosas en Barcelona pareció una manifestación más que un júbilo. Y yo que siempre he pensado que lo que importa de la vida está hecho de estos mágicos momentos irrepetibles, y que hay que saber dónde nos llevan, cambié el sentido del paseo para volver a casa, preparar el mínimo equipaje y hacer las reservas. Padre e hija tomamos el tren de las 5. La emoción de la niña y mis recuerdos de cuando empecé a viajar para cenar. Llegar con el atardecer a una gran ciudad y con alguien a quien quieres de verdad. Sentir pasión por el restaurante donde irás a cenar. Estoy hecho de estas fascinaciones y compartirlo contigo da un sentido definitivo a mi vida. Muchas veces imaginé que haríamos esto juntos y aunque ahora te cueste entender lo que te digo, momentos como el que tuvimos saliendo de Atocha, esa euforia irreprimible, ese ímpetu que apenas pudimos contener, justifican una vida o como mínimo la mía. Mi ciudad fundacional fue Londres y un taxi bajo la lluvia me llevó por primera vez a Nobu cuando justo había cumplido los 25. Recuerdo aquella cena como el día en que naciste y si Sushi me gustó tanto cuando en 2010 lo descubrí fue porque me recordó a mi Nobu querido, hoy ya en decadencia y claramente superado por tu restaurante favorito, tal como tú me has superado a mí, porque yo a mis 5 años todavía estaba encerrado en los macarrones y el foie y sólo iba a Via Veneto y una vez al año. Me gustan los restaurantes y me gusta que te gusten. Todo está ahí: la civilización, la cultura, la inteligencia, el genio creador y las sobremesas. Que Sushi te agrade tanto dice mucho de ti, pero también de ellos, porque los grandes restaurantes siempre saben apelar a nuestras ganas de jugar. Me gustan los restaurantes y cómo te comportas cuando salimos a comer o a cenar y tu forma de sentarte y de dirigirte a los camareros. Alguien dirá que te educo como a una pija y probablemente lo diga desde un cámping o un chiringuito, criando a sus hijos en la apología de la cutrez y la rendición intelectual de cuando no te lo enseñaron lo bello desde pequeño y creces pensando que el mundo es una pocilga y entonces ya sólo es cuestión de tiempo hacerse okupa o un tatuaje o un pírcing. Hay que mostrar la belleza y mostrarla desde el principio. Hay que mostrar el lujo y la sensibilidad para comprenderlo, tan opuesta a la ostentación del nuevo rico y a la rabia del viejo resentido (que es exactamente lo mismo) Hay que tomar trenes con nuestros hijos y surcar atardeceres de ciudades con río. Los grandes restaurantes son escuelas, son catedrales. La alegría es la gran patria de los hombres libres. Más bien avergüénzate de lo deprimente que transmites a tus hijos y nunca de enseñarles a gobernar el fabuloso imperio de la maravilla. IGNACIO CAMACHO EN TIERRA HOSTIL El Rey tenía que demostrar el anclaje de Cataluña en España y en su Estado. No podía aceptar un veto de facto L Rey de España lo abuchean desde hace años en cada final de Copa que disputan equipos catalanes y o vascos sin que, a pesar de que ni la Federación de fútbol ni las autoridades gubernativas han tomado jamás medida alguna, haya dejado de acudir a los estadios. Si esto sucede en lo que al fin y al cabo es sólo un espectáculo, no iba a encogerse en la manifestación de repudio a un atentado. Un Rey ha de estar siempre donde debe, sea bienvenido o recibido con muestras de rechazo que por otra parte sólo califican a quienes las profieren, gente convertida en chusma que se retrata en su fanatismo zafio. Un jefe de Estado no puede intimidarse por unos silbidos para los que por otra parte lleva tiempo entrenado. La decisión de asistir a la marcha de Barcelona que como era de temer resultó penosa en su enfoque moralmente cobarde y políticamente sesgado es un salto cualitativo, por falta de antecedentes, que Felipe VI ha dado con plena conciencia de que iba a generar polémica y de que se exponía a un recibimiento poco grato. Pero de no haber acudido también lo hubiesen criticado. Así las cosas, el Monarca se ha dejado llevar por un instinto que tiene bien asimilado; no sólo se trataba de estar con el pueblo, ese borboneo familiar que mezcla populismo y tacto, sino de dejar claro el anclaje de Cataluña en España y en su Estado. La Corona sólo se puede expresar con un lenguaje simbólico y éste era un gesto necesario de afirmación institucional frente a y en medio de quienes se esfuerzan en desanudar lazos. La asistencia tenía un coste evidente y el riesgo de hacer un papelón en la posición secundaria que el malintencionado protocolo de los organizadores le había preparado. Pero era peor plegarse a la presión soberanista y quedarse en palacio, aceptar que las autoridades catalanas decretasen su veto de facto. Porque la verdadera oposición a la presencia real no estaba en la tropilla de radicales adiestrada para el caso sino en la displicencia oficial con que fue recibido y la desgana con que fue invitado. De los Puigdemont, Colau y compañía no salió ni antes ni después de los pitos una sola señal de amparo. Sin mostrarle hostilidad, mantuvieron la cortesía justa, lo más gélida posible, para no hacer un desplante diáfano. Lo trataron como si no hubieran podido impedir que se colase un pesado. El Rey hizo pues, lo que le correspondía: acompañar a sus conciudadanos en un momento de hondo carácter dramático y ocupar el espacio que España nunca debe abandonar en el Principado. El único reparo que cabe oponer a su determinación es de orden práctico: por más que la situación en Cataluña sea de una excepcionalidad crítica, ha sentado un precedente que ya no podrá ignorar sin agravio. Y de algún modo se obliga a sí mismo a personarse en cualquier otro sitio en circunstancias similares; lo que por desgracia ocurrirá tarde o temprano. A JM NIETO Fe de ratas