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ABC VIERNES, 30 DE DICIEMBRE DE 2016 abc. es opinion OPINIÓN 13 UNA RAYA EN EL AGUA VIDAS EJEMPLARES LUIS VENTOSO HIT PARADE Por fin llegó el día, aquí están los premios políticos de 2016 EUNIDOS en sanedrín secreto, los politólogos españoles más eximios han fallado sus Premios del Año 2016, cuya acta procedemos a reproducir tras hacernos con ella en un impresionante ejercicio de periodismo de investigación: Premio Arquímedes. Rajoy Brey, el hombre que flota como el corcho sobre todo tipo de jaleos. Un poco al galaico estilo Franco haga como yo, no se meta en política ha ido dejando en la cuneta a eminencias varias que en teoría le daban varias vueltas. Su mejor arma es que conoce el paño: sabe que los españoles somos un pueblo polvorilla, que arma unos carajales tipo gaseosa, fines del mundo que al final duran tres telediarios. Rajoy Brey ha descubierto que el inmovilismo puede ser el cloroformo de la histeria y curiosamente le funciona. Enigma del Año. ¿Por qué la cadena seis y allegados le zumban de sol a sol a todo el PP y los palos jamás alcanzan a Soraya? Sin duda una mera casualidad. Frase de 2016. No es no, ¿qué parte del no no entiende? Monumento metafísico del profesor Sánchez, con el que tuvo parada año y pico a España. Hoy sus fans caben en un taxi y hasta Luena ha desertado apeándose en la primera gasolinera a pillar clínex. Relegado ya a melancólico tuitero, a Sánchez le aguarda un futuro de tertuliano. Y es que, como bien saben los labriegos, donde no hay mata no hay patata. Premio Pimpinela. Para Íñigo y Pablo Manuel. R Boleros de rencor y desamor en la casita roja. La alegre pandi ya se despelleja por el poder. Cachada del Año. El pisito de Espinar. Papi con la tarjeta black y Júnior trapicheando con una vivienda de ayuda social mientras daba la murga santurrona en su podio televisivo. Ay, pillines. Bienvenidos a la casta. Premio Espejito Espejito. Aquí hubo codazos. El jurado sudó tinta, debatiendo entre mares de euforizante Rioja sobre quién ha sido el figurón del año. Eran tantos los aspirantes... Carlos Lesmes, esa barba que mata por una cámara. Pablo Casado, que ya sale del coche oteando donde asoma un micro para rajar. Cristina Cifuentes, que recurre incluso a las añejas inocentadas para buscar su dosis mediática diaria. Pablo Manuel, que ha metido hasta a su pobre chucho a trabajar en Twitter para la causa de su inmenso yo. La cosa estaba difícil, pero Rivera es imbatible y se acabó llevando el premio al gran narciso. Dense una vuelta por la sede de Ciudadanos junto a la plaza de Las Ventas. Estudien la fachada de la oficina del partido. Cuatro ventanales y cuatro fotos gigantes del mismo rostro lampiño y sonriente. En efecto, el del gran Albert. Premio Thelma y Louise. Para doña Manuela y Ada, por su pintoresco viaje al Vaticano para hacerse una foto con el Papa (después de haberse dedicado a puñetear a los católicos de sus ciudades) Francisco no bajó y al final no hubo selfie papal de autopromoción. Premio Pérgola y Tenis. Luis de Guindos, el único español que parece no haberse enterado de que muchas familias lo han pasado horriblemente mal con la crisis. Detrás de los números hay personas. Un poco de empatía, por favor. Qué alguien le regale por reyes un manual de conservadurismo compasivo. Turrada de Platino con encomienda de diamantes. Para el festival de xenofobia, golpismo y demagogia del separatismo. No es solidario ni moderno. Es retrógrado, desagradable y contraproducente para el pueblo elegido al que quieren liberar. Comunicador del año. El bebé de Bescansa, que logró pasar por el Congreso sin decir ninguna chorrada. IGNACIO CAMACHO OTRO AÑO MARIANO En la democracia de las emociones hay una que Rajoy maneja con sentido perceptivo: el instinto de estabilidad N el bar Mariano, junto al Congreso, brindó Rajoy por su propia supervivencia en el año más difícil y al mismo tiempo más cómodo de su mandato: estuvo en varios momentos más fuera que dentro de La Moncloa, pero logró mantenerse en el poder sin tener que gobernar. En una de sus más notables exhibiciones de funambulismo político, ha cruzado dos veces sin caerse el alambre electoral mientras sus adversarios se precipitaban a un vacío bajo el que esperaban cocodrilos. Tantas veces denostado por su inmovilismo, es el dirigente europeo que mejor balance presenta al final del ejercicio. El presidente es mucho más que un campeón de mannequin challenge, especialidad en la que desde luego alcanza un virtuoso dominio. Pero ni su habilidad estatuaria ni la autodestrucción de sus rivales bastan para explicar su éxito sin caer en el reduccionismo. La resistencia de Rajoy triunfa gracias a una destreza política escondida bajo su cansino estilo. Su falta de empatía es engañosa; carece de carisma convencional hasta para sus partidarios, pero en la democracia de las emociones hay un sentimiento que maneja con intenso sentido perceptivo. Se trata del instinto de estabilidad, despreciado en un debate público sobrecalentado de tensiones rupturistas y saturado de ruido. Esa silenciosa pulsión conservadora de las generaciones maduras de clase media es la que le permite mantenerse de pie, como un tentetieso, en medio de un ambiente crispado y compulsivo; su estrategia de fondo consiste en explotarla apoyado en la potente implantación estructural de su partido. Frente a la apariencia mediática de un vértigo de cambio, el marianismo ha demostrado que el moderantismo sigue constituyendo en España una mayoría social. Se le han escapado muchos votos jóvenes hacia Ciudadanos, pero esos electores responden a un mismo planteamiento ideológico y a un modelo vital refractario a las turbulencias. Mientras el PSOE perdía pie por alejarse de la centralidad sociológica y dejarse llevar por el aventurerismo, Rajoy ha mantenido la cohesión del PP anclándolo a la propensión estable de las capas burguesas. Esa inclinación natural se ha revelado más decisiva que el malestar por los ajustes o incluso que la repugnancia por la corrupción; el acierto del presidente ha consistido en sobreponerse a las dudas de los suyos y aglutinarlos alrededor de su propia convicción en la apuesta. Le espera una legislatura difícil, sometida a una incierta correlación de fuerzas. Un desafío de pragmatismo para un líder acostumbrado a manejarse con sus propias certezas. Pero no será peor que la que superó en clara minoría, aferrado a su determinación de permanencia. Lo van a freír, las pasará canutas, perderá votaciones y tendrá que tragarse sapos y afrentas; pero el poder desgasta sobre todo a los que no lo tienen y representa un más que aceptable cobijo para atravesar tormentas. E JM NIETO Fe de ratas