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ABC VIERNES, 14 DE OCTUBRE DE 2016 abc. es opinion OPINIÓN 13 EL BURLADERO UNA RAYA EN EL AGUA CARLOS HERRERA QUÉ BONITA ES BADALONA Badalona se hizo bastante más bonita de lo que auguraba su evolución. Hasta llegó a ganar las elecciones un candidato del PP E STOS del PSC la tienen de cemento armado. Después de haber colocado como alcaldesa de Badalona a la tal Dolors Sabater con el apoyo de lo más rancio de la izquierda catalana y restos de la derecha más corrupta pretenden ahora removerla con el apoyo del PP... para gobernar ellos, que tienen cuatro concejales, cuatro, en lugar de que lo hagan los populares de Albiol, que obtuvieron diez regidores, diez. El desahogo y la falta de vergüenza llegan hasta el extremo de tomar el pelo a la mayoría evidente de los badaloneses no una vez, sino dos. Pero es que los socialistas catalanes son así. En Badalona, como en Castelldefels, gobernaba el PP, lo cual es una rara avis en el panorama municipal de Cataluña. La asombrosa corrección política catalana hace que un alcalde popular sea más extraño en el Principado que un torero en Islandia. Para que ello ocurriera hubo de surgir un tipo como Albiol, al que la muy cansina propaganda oficial le sigue asignando el rol de racista y xenófobo, pero que demostró que se podían ganar unas elecciones en una importante urbe siendo de derechas y no ocultando su filiación tan catalana como española, es decir, siendo como buena parte de la ciudadanía de ese territorio, para la cual la diatriba no está en tener que elegir a quién detestas, sino en solucionar los problemas del día a día, entre los cuales no está la pertenencia exclusiva a ninguna patria. Ba- dalona, adosada a Barcelona por su flanco derecho según se mira desde el mar, fue en su día un pequeño pueblo cercano a la capital en el que todos se conocían, algunos pescaban y otros cultivaban las tierras. Llegó el ferrocarril, que limitó su acceso a las playas, y se trazaron, con los años, las autovías de salida y entrada a Barcelona que separaron la ciudad en dos. Las muchas playas que cosen su fachada marítima se convirtieron, como consecuencia del desarrollo industrial, en impracticables: bañarse en Badalona era un ejercicio de amor por los residuos. La ciudad creció de forma anárquica, fue receptáculo idóneo para toda la inmigración peninsular, y se retiró de sus calles el sabor que algún día pudo tener, como ocurría en barrios colindantes, fuera Montgat o San Adrián del Besós. Pero un día llegó la democracia, y con ella la voluntad por hacer de la ciudad un lugar más vivible. De la mano de ayuntamientos del PSC, todopoderoso durante lustros, Badalona experimentó un cambio asombroso del que podemos dar cuenta quienes nos hemos criado a unos cuantos kilómetros hacia arriba. Aquella canción tan hermosa de Serrat que vacilaba de lo bonita que era Badalona quedó absolutamente superada por las nuevas hechuras: es imposible dinamitar todo el desastre urbanístico del desarrollismo español, pero sí se han podido hacer cosas que convierten esa ciudad en un lugar tan agradable para vivir como cualquier otro: las playas, por ejemplo, o el Pont del Petroli son lugares magníficos para el relajo de sus ciudadanos, sus parques son excelentes y el aspecto urbano, al menos en enclaves históricos, desmiente absolutamente aquel irónico pasodoble. Badalona se hizo bastante más bonita de lo que auguraba su evolución. Hasta llegó a ganar las elecciones un candidato del PP. Estamos de acuerdo en que Albiol, que también se apellida García, no es Adenauer, pero comparado con lo que compite y ahora gobierna parece el hijo alto de Roosevelt. A este tipo, badalonés charnego como tantos, es a quien el PSC le reclama apoyo para desalojar a la panda de majaderos que ellos mismos colocaron. El pívot del PP se ha negado: ya verán cómo le acabarán echando la culpa de que sigan en el Ayuntamiento los que ahora lo gobiernan, es un decir, entre proclamas populistas y desafíos a la legislación. IGNACIO CAMACHO LAS PUERTAS DEL CIELO El Nobel de Dylan no premia tanto su notable calidad literaria como su gigantesca influencia en la cultura popular S JM NIETO Fe de ratas Í, es chocante. Puede que incluso algo tramposo en la medida en que el impacto de su poesía no puede comprenderse sin el envoltorio de la música. Pero tal vez el Nobel de Bob Dylan no haya que entenderlo como un reconocimiento de su calidad literaria que la tiene, y mucha sino de su gigantesca influencia en la cultura popular del siglo XX. Ese es un plano en el que nadie puede discutirle el liderazgo; quizá sólo John Lennon, y está muerto. El debate sobre si es un poeta o un cantante carece de sentido si se atiende a los orígenes de la lírica y a una tradición oral y melódica que va de Homero al amor cortés o al mester de juglaría. Es un artista, un artista inmenso en todo caso. Aunque, al cambiar tan bruscamente su propio canon, la Academia sueca haya abierto un camino tan complejo que tal vez sólo le quepa en el futuro rectificarse a sí misma. Quizá le falten a Dylan la hondura y la depuración estilística de otros poetas galardonados Elitis, Walcott, Heaney, Tranströmer con una obra minoritaria y una difusión casi clandestina. Tampoco transmite, ya en su propio terreno, la conmovedora melancolía intimista de un Leonard Cohen. A cambio posee una garra descomunal, esa capacidad de penetrar el alma con palabras hasta provocar una sacudida de emociones. Los versos, frases y metáforas de sus baladas se han incorporado al lenguaje y al imaginario sentimental del mundo contemporáneo. Y puso texto, sonido y rostro a uno de los más potentes movimientos generacionales y culturales del tiempo reciente. Una ola social capaz de alterar el curso de una guerra. No de cualquier guerra: la de Vietnam. Lo que ha abierto la polémica intelectual agitada en las redes por tropeles de iletrados arrogantes es la vía populista que inicia el premio. Pero el Nobel suele dejar un reguero de querella, casi siempre por elitista, por su mandarinato literario. Su lista de damnificados, preteridos y olvidados es notable. La cuestión de cada año no es tanto la de si el elegido lo merece como la de quién podría merecerlo más. Y tal vez en esta ocasión sea el jurado el que haya decidido merecerse a Dylan como una forma de purgar pecados de ensimismamiento o de reclamar un foco de estrellato y multitudes. De llamar a las puertas del cielo de la iconografía de masas. De mirarse en un espejo autoaclamatorio. Si se trata de eso, han encontrado al cómplice idóneo. Un genio prolífico y torrencial cuyos registros alcanzan de la protesta a la mística, del desgarro a la burla, de la austeridad a la sofisticación, de la depresión al optimismo. Un creador intuitivo al punto de recoger en sus composiciones ecos de autores que no había leído. Un personaje poliédrico de dimensión global, un tipo capaz de cantar sin voz y de escribir sin papel, pero dotado del poder formidable de pulsar esa cuerda secreta del espíritu donde vibran los sentimientos. Eso para lo que se supone que sirve la literatura.