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ABC SÁBADO, 8 DE OCTUBRE DE 2016 abc. es opinion OPINIÓN 13 UNA RAYA EN EL AGUA EL ÁNGULO OSCURO JUAN MANUEL DE PRADA UNA LECCIÓN COLOMBIANA No hay paz verdadera si no se funda sobre la justicia; sólo de esa paz puede brotar el perdón T ODAVÍA enorgullece llevar sangre española en las venas, aunque el pueblo español, antaño tan valeroso ante las agresiones de sus enemigos, se haya convertido en una papilla amorfa y bardaje. Pero en América, allá donde la sangre de españolas venas se fundió con la sangre nativa para fundar la raza más hermosa, allá donde nuestra lengua se hizo dulce y fecunda, todavía queda dignidad. La lección que Colombia ha dado a su desnaturalizada madre y al mundo entero me ha llenado de una emoción recia auténtica emoción de la sangre, que nada tiene que ver con la emoción bobalicona y merengosa que azuza el mundialismo, para consumo de pueblos genuflexos mezclada con algo de sana envidia. Porque, al rechazar la paz inicua con la que los quieren sojuzgar, al resistir los embates del mundialismo (tristemente encabezados por quien más obligado está a distinguir la paz que brinda Cristo de la paz engañosa que brinda el mundo) los colombianos nos han demostrado que aún quedan vivos rescoldos del heroísmo hispánico. Ojalá algún día esos rescoldos lleguen a ser llama que alumbre la ceguera de una madre desnaturalizada. No hay bien más preciado por los hombres buenos que la paz; quizá porque los otros bienes a los que los hombres buenos aspiran, faltando la paz, no pueden alcanzarse en plenitud, ni disfrutarse sin temor. Pero la paz verdadera no es la ausencia de guerra, como pretende la farfolla mundialista, ni un equilibrio entre fuerzas adversas, ni una reconciliación fundada sobre mentiras que han nublado el juicio moral. No hay paz verdadera si no se funda sobre la justicia; sólo de esa paz puede brotar el perdón, el abrazo fraterno que lava para siempre la sangre. Pero la falsa paz que no se funda sobre la justicia es como la planta que crece sobre una charca pútrida, que brinda flores ponzoñosas y frutos pérfidos, más destructivos para los pueblos que la mera guerra. Y esta paz inicua era la que pretendía alcanzar Santos, el capataz del mundialismo, para someter a su pueblo. Una paz fundada sobre la injusticia es una herida que no cesa de sangrar; y que, como ha sido cicatrizada en falso, no tarda en enconarse y provocar septicemia. Cuando a los colombianos les ofrezcan una paz fundada sobre la justicia, sabrán perdonar, porque por algo llevan grabadas en el corazón las palabras del Sermón de la Montaña. Pero ni siquiera Dios puede renunciar a la justicia, a la hora de mostrarse magnánimo; y los colombianos, que son un pueblo muy anegado de Dios (como prueban sus paisajes y sus gentes) sabrán ser magnánimos, y amar a sus enemigos, cuando se den los requisitos de una verdadera paz. Esta paz inicua que el pueblo colombiano ha rechazado era en realidad como señaló Alejandro Ordóñez, el valeroso procurador general al que se arrancó de su cargo con modos perfectamente golpistas el acuerdo de dos élites: la élite oligárquica y autoritaria que representa Juan Manuel Santos y la élite criminal de las FARC El procurador Ordóñez fue defenestrado porque había anunciado valerosamente su propósito de vigilar que los funcionarios públicos mantuviesen durante este indecoroso proceso una posición de neutralidad, impidiendo que la máquina administrativa se pusiera al servicio del mundialismo. Fue defenestrado por denunciar que un acuerdo hecho de espaldas al pueblo se pretendía legitimar apelando a ese mismo pueblo al que previamente se había engañado. Pero los capataces del mundialismo midieron mal la dignidad de los colombianos. Ojalá esa dignidad vuelva algún día ¡mediante gozosa transfusión de sangre! a su desnaturalizada madre. IGNACIO CAMACHO ASÍ QUE PASEN SIETE AÑOS Caso Madoff: siete meses. Caso Gürtel: siete años. La diferencia entre una Justicia operativa y otra ineficiente IETE meses tardó un tribunal americano en sentenciar a Bernard Madoff a 150 años de cárcel por su célebre estafa piramidal, que alcanzó los 50.000 millones de dólares. El caso Gürtel, con un volumen de fraude cien veces menor en la más alta de las hipótesis, acaba de empezar a juzgarse en la Audiencia Nacional tras una instrucción de... siete años. Por más que se trate de un sumario mucho más ramificado, con decenas de imputados, cuestiones de aforamiento y dificultosas comisiones rogatorias a la banca suiza, es dudoso que la complejidad de su investigación sea de una escala tan proporcionalmente mayor que la de Madoff, que utilizaba sofisticadas estrategias internacionales propagadas por todo el planeta a través de los hedge founds. Y como no parece que la Justicia de los Estados Unidos sea menos garantista que la española, sólo cabe concluir que la nuestra es más ineficiente. Es decir, menos justa. Entre siete meses y siete años hay demasiada diferencia para no pensar que una democracia con un sistema judicial tan lento y poco diligente es una democracia imperfecta. Porque el de Gürtel es además un caso de corrupción política, cuyas consecuencias han enrarecido de forma decisiva el ambiente institucional, estigmatizado a un partido de Gobierno y sembrado una gigantesca desconfianza ciudadana. Cuando se produjeron las primeras detenciones, el PP estaba aún en la oposición, y sólo la rara habilidad resistente de Rajoy ha impedido que vuelva a estarlo en el momento de arrancar la vista oral. Algunos acusados han consumido de largo el plazo máximo de prisión preventiva, y a uno hasta le ha sobrevenido una enfermedad senil que inhabilita su testimonio. Los españoles hemos ido a votar varias veces sin que se hayan aclarado las responsabilidades penales de los dirigentes implicados, groseramente dilucidadas en una especie de juicio paralelo de opinión pública. Y todavía faltan por concluir varias piezas separadas del sumario, entre ellas las que conciernen al propio Partido Popular la de la destrucción de los ordenadores y a algunas actividades de su extesorero Bárcenas. Nada de esto es admisible en una sociedad moderna. El grado de desarrollo civil se mide también en la capacidad de depurar razonablemente los abusos y de ofrecer a los ciudadanos respuestas jurídicas seguras y confiables. La causa de los ERE, que afecta a todo el orden político aún vigente en Andalucía, padece de idéntica deficiencia en la gestión de plazos. Cuando ambas se sustancien, para lo cual habrá que esperar aún el recorrido procesal de los previsibles recursos, la velocidad política las habrá convertido en vestigios de arqueología social. Y el ajuste de cuentas será tan tardío que de ninguna manera reparará los daños causados en la credibilidad democrática. Lo malo es que esa avería estructural no tiene trazas de arreglarse así que pasen otros siete años. S JM NIETO Fe de ratas