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72 CULTURA DOMINGO, 2 DE OCTUBRE DE 2016 abc. es cultura ABC El pintor italiano posa en su estudio de Nueva York FOTOS: ELENA CUÉ Francesco Clemente Mis cuadros van atados a los cambios de mi vida ARTISTA El pintor italiano habla desde su estudio en Nueva York de su vida, su obra y la mezcla de identidades que alimentan su espíritu ELENA CUÉ NUEVA YORK Andy Wa de genios rhol, Jean- Michel B y Frances asqu co de su cola Clemente en los ti iat empos boración artística Reunión Lanzado a la fama a comienzos de la década de 1980 por la transvanguardia italiana, la obra de Francesco Clemente (Nápoles, 1952) ha transcurrido en un estilo indeterminado, enigmático, en una continua transformación y fluir. El punto de inflexión que condicionó toda su trayectoria fue su iniciático viaje a la India durante la década de los 70, donde encontró la reconciliación espiritual. Clemente tuvo la sabia intuición de instalarse en Nueva York, donde ha desarrollado el núcleo de su obra. Gran parte de la producción pictórica de Clemente es figurativa, a través de retratos, cuya atmósfera fantasmal nos revela una visión de naturaleza transcendental. Esta mezcla de raíces culturales, donde Oriente y Occidente se encuentran es lo que le da su toque más personal. Desde su estudio en Nueva York abordamos su vida y su obra. -Me gustaría empezar preguntándole por su juventud. ¿Cuál fue su experiencia en Italia, teniendo en cuenta la agitación política al comienzo de su trayectoria artística, con el terrorismo de las Brigadas Rojas, el conflicto social... -Si se refiere usted a la década de 1960, estamos hablando de mi adolescencia, y lo que me viene a la mente es el aburrimiento. Soy muy afortunado, porque viví una época en la que uno podía aburrirse inmensamente. Pienso que sin el aburrimiento uno no puede sacar ideas nuevas de la cabeza. De ahí pasamos a los años setenta. Sí, la mía fue la última generación marxista. Y la de 1970 fue también la última década que produjo ideas, y algunas de esas ideas siguen siendo valiosas para mí. Soy un gran admirador del libro de Debord, La sociedad del espectáculo Hay aquí en el estudio una bandera que muestra una cita del libro, un libro profético... -Y en los años setenta viajó usted con Boetti a Afganistán y después a India... -Con Boetti viajé a zonas remotas de Afganistán. Llegamos al Pamir, el cruce de caminos entre Pakistán, China y Rusia. Está en la punta de Afganistán. Fue toda una osadía, pero por aquel entonces podía hacerse. -Y abrió un estudio en Madrás. ¿Qué buscaba en India? -Sentía que la historia me había llevado a un callejón sin salida. No veía hacia dónde ir. De modo que decidí que mi trabajo se basaría en la geografía, no en la historia. La primera vez que fui, no sabía nada de India. ¿Qué le interesó más de la cultura hindú: el aspecto más sensual con su cromatismo, el aspecto corpóreo... o prefiere el lado espiritual? -Ese es un dilema occidental: espíritu frente a cuerpo. Pero incluso en Occidente, en la tradición alquimista, dicen que deberíamos espiritualizar la materia y materializar el espíritu. De modo que buscaba la reconciliación. -También ha colaborado usted con artistas hindúes, y he visto aquí, en su estudio, que sigue trabajando con ellos. ¿Qué le aporta el proceso de creación conjunta? -Bueno, creo que la descripción más precisa de nuestra conciencia es la continuidad de la discontinuidad. De modo que con mi obra indico el hecho de que tenemos un yo fragmentado, y me interesan los vacíos que separan nuestros diferentes personajes. Muchas de estas ideas pueden hallarse en las tradiciones contemporáneas de Oriente. Todas esas tradiciones hacen referencia a esto.