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ABC SÁBADO, 24 DE SEPTIEMBRE DE 2016 abc. es opinion OPINIÓN 13 UNA RAYA EN EL AGUA EL ÁNGULO OSCURO JUAN MANUEL DE PRADA DEBERES Y VIDA FAMILIAR Nada remunera tanto a los padres como ver crecer a sus hijos en sabiduría; y nada gratifica tanto a los hijos como contemplarse en la sabiduría de sus padres N toda obsesión igualitaria descubrimos siempre, disfrazado con pomposos oropeles, el pecado de la envidia, que como nos recordaba Unamuno la democracia ha convertido en virtud cívica Manuel del Palacio lo sintetizaba maravillosamente en una quintilla: ¡Igualdad! oigo gritar al jorobado Torroba. Y se me ocurre pensar: ¿quiere verse sin joroba, o nos quiere jorobar? También, por cierto, Gómez Dávila en aquel demoledor escolio: El demócrata, en busca de igualdad, pasa el rasero sobre la humanidad para recortar lo que rebasa: la cabeza. Decapitar es el rito central de la misa democrática No hay otra igualdad entre los hombres que su común filiación divina, que obliga al buen gobernante a castigar cualquier intento discriminatorio y a vigilar que a todos se concedan las mismas oportunidades. Pero en lo demás no hay igualdad: pues el reparto divino de los talentos no es igualitario; y en quien quiere hacer iguales a quienes por naturaleza son distintos no hay más que berrinche contra el reparto de los talentos. O sea, cetrina y pestilente envidia. Naturalmente esta envidia tiene que emperifollarse para poder pavonearse en los salones. Ocurre así, por ejemplo, con esa pretensión de que desaparezcan los deberes escolares, alegando que (risum teneatis) afectan a la vida familiar Como cual- E quier persona que no esté completamente idiotizada sabe, avanzar en el conocimiento de cualquier disciplina requiere que los conocimientos transmitidos se ejerciten: no se digiere la aritmética si no se hacen problemas; no se digiere la gramática si no se escriben redacciones; no se digieren los primores de la literatura si no se lee a los clásicos, etcétera. Un niño sólo puede asimilar los conocimientos que le transmite el maestro en clase si luego los pone en práctica (y en solfa) si se confronta con ellos y es interpelado por sus dificultades. Para esto fueron creados los deberes escolares, que además son un excelente medio para enriquecer la vida familiar del niño, pues mientras ejercita los conocimientos que le han sido transmitidos en la escuela puede requerir la ayuda de sus padres, quienes al prestársela cumplen con el deber de enseñar a sus hijos y, además, aprenden muchas cosas de ellos. Nada remunera tanto a los padres como ver crecer a sus hijos en sabiduría; y nada gratifica tanto a los hijos como contemplarse en la sabiduría de sus padres. Y en este fecundo intercambio florecen los afectos; pues nada nos ayuda tanto a amar como un deber compartido. En esa pretensión de erradicar los deberes escolares, despojada de la alfalfa buenista, se esconde la execrable obsesión igualitaria, que no soporta que haya cabezas que descuellen (o sea niños que, a través de los deberes, muestren sus talentos) Pero se esconde también otra manifestación todavía más monstruosa de la envidia: pues el padre ignorante, holgazán o dimisionario que no ayuda a su hijo a hacer los deberes (porque al hacerlo delataría sus carencias, se le chafaría el partido de la Champions o la escapada del fin de semana) teme que los deberes de su hijo lo delaten, frente al padre que sacrifica el partido y la escapada, o aprovecha los deberes de su hijo para reverdecer conocimientos anquilosados. Y es que nada delata tanto las lacras familiares como los deberes de un niño; nada señala tanto el egoísmo, la vagancia o el analfabetismo de sus padres. Nada afecta, en fin, tanto a la vida familiar como unos padres que no cumplen con el deber de enseñar a sus hijos, y de recordarles que aprender es también un deber. Y todo ello, en último extremo, por envidia. O sea, por ganas de jorobar, como aquel Torroba de la quintilla de Manuel del Palacio. IGNACIO CAMACHO ABRAZAFAROLAS La memoria española del drama terrorista merece una celebración más contenida del tratado de paz colombiano U JM NIETO Fe de ratas N Gobierno como el de Rajoy, que tiene entre sus tachas más visibles la del descuido del relato posterrorista, debería mostrar cierta cautela, siquiera diplomática, ante el llamado proceso de paz qué resbaladiza palabra colombiano. En primer lugar porque el acuerdo está pendiente de ratificación plebiscitaria, aunque se trate de un referéndum trucado. En segundo término, porque una parte de la sociedad de Colombia está en contra del convenio, con el significativo apoyo de dos expresidentes cercanos a la ideología del PP que en su momento asumieron el duro coste de negarse a cerrar el conflicto en los humillantes términos ahora firmados. Y por último, porque España es un país que sabe, o debería saber, lo mal que sienta en casos como este, llenos de dolor, heridas y cuentas pendientes, el aplauso superficial y unánime de los foráneos. El concierto de Zapatero con ETA, más o menos subrogado por el marianismo, es la rendición del tren de Versalles comparado con el compromiso que ha aceptado el presidente Santos. Aquí hemos legalizado al brazo político del terrorismo, pero al menos los tribunales ponen freno a la reinserción exprés de ciertos etarras en comisión de servicio. Y bien que dolió que la Corte europea forzase, al tumbar con displicencia buenista la doctrina Parot, la excarcelación de algunos criminales sanguinarios. Sólo por eso convendría ser prudentes ante un pacto que blanquea a la narcoguerrilla, blinda judicialmente a sus componentes y les concede la posibilidad de convertirse en respetables próceres del Estado. Los importantes intereses españoles en la zona no justifican la alharaca oficial sobre un asunto que entre nosotros suscita odioso paralelismo con heridas sin cauterizar y sufrimientos mal aplacados. Ha tenido que ser Felipe VI el que matice el alborozo gubernamental negándose con cordura sea cual sea su opinión personal a avalar con su presencia la solemne firma del tratado. Irá Don Juan Carlos y ya es mucho rango para un evento que hiere la sensibilidad de tantos colombianos. Bastante lejos fue el Rey al dar su visto bueno en el discurso ante la ONU, como lejos ha ido el PP al encabezar el unánime respaldo del Congreso a la diplomacia abrazafarolas de Margallo. Si esta fuera una nación ajena al drama terrorista tendría la cosa un pasar; se da sin embargo el caso de que hemos vivido una larga calamidad que a escala resulta nimia comparada con la escabechina civil de Colombia. Ni nuestros 860 muertos ni los miles de allí se merecen el olvido y tal vez la derrota a los que los condena este brindis pancista, banal y apresurado. Es verdad que no son magnitudes ni circunstancias comparables... o sí. Porque terrorismo es terrorismo, democracia es democracia y Estado es Estado aquí y allá. Y porque nada se parece más a un terrorista que otro terrorista, ni un Gobierno pusilánime a otro Gobierno entregado.