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ABC LUNES, 11 DE JULIO DE 2016 abc. es opinion OPINIÓN 13 EL CONTRAPUNTO UNA RAYA EN EL AGUA ISABEL SAN SEBASTIÁN SÁNCHEZ Y EL JARRÓN CHINO El candidato popular tiene en su mano la llave para allanar el camino a los socialistas sensatos RES formaciones conviven dentro de las siglas PSOE. Una es la representada por Felipe González, más vinculada al pasado que a cualquier posibilidad de futuro. Otra, tributaria de José Luis Rodríguez Zapatero, languidece en estado de postración bajo el liderazgo de Pedro Sánchez. Y la tercera, todavía por delimitar numérica e ideológicamente, constituye una tenue esperanza de resurgimiento en torno a figuras como Guillermo Fernández Vara o Susana Díaz. Esta última es la que puede lograr que haya un gobierno en España. El PSOE de González tiene mucho más de español que de obrero o socialista. Al de Zapatero Sánchez, por contra, le sobran la E y la O, lo que hace que la S haya perdido el sentido. Felipe y algunas figuras de su tiempo, ya jubiladas, están demasiado integradas en el establishment como para resultar reconocibles por los suyos. Sus cartas abiertas en la prensa e intervenciones en televisión gustan mucho más al electorado del PP que a las bases socialistas. Las aplauden los comentaristas más del gusto de La Moncloa, los ministros del Gobierno y los prohombres del Ibex 35, mientras son objeto de un elocuente silencio por parte de los correligionarios a los que van dirigidas. González y esos veteranos ya no pertenecen al mundo del puño y la rosa ni poseen demasiada influencia en él. Tengo para mí, por T ello, que sus apelaciones públicas a una abstención responsable en una eventual investidura de Rajoy se enmarcan en el ámbito de lo gestual y constituyen actuaciones destinadas a salvar la propia conciencia, o quién sabe si la cara en determinados ambientes, pero carecen de impacto real. No será el jarrón chino quien empuje a Pedro Sánchez por el camino de la responsabilidad. Le falta sintonía con él y fuerza para amenazarle. Tampoco la mera aritmética bastará para desbloquear la situación. 137 diputados son 52 más que 85, cierto, aunque 39 menos que 176. De ser otras las circunstancias políticas, podría pensarse que el electorado de la izquierda constitucional, socialista, obrera y española aceptaría la supremacía popular con la misma naturalidad que el ex presidente. Pero las circunstancias son las que son y venimos de dos interminables campañas, precedidas de cuatro años de poder absoluto, durante los cuales todo han sido exabruptos y descalificaciones mutuas. De ahí que una parte sustancial de los votantes socialistas rechace de plano la posibilidad de apoyar por activa o por pasiva el regreso al poder de Rajoy, convertido en enemigo público número uno. Son sus propios dirigentes, empeñados en emular a Podemos, quienes les han llevado a esa creencia. ¿Cómo convencerles ahora de lo contrario? El dilema para Ferraz es de los de órdago. Forzar el bloqueo hasta el punto de la repetición electoral significaría rubricar un monumental fracaso colectivo cuyo desenlace, por añadidura, sería un escenario muy similar al actual, con algún escaño más para el PP y alguno menos para el PSOE. Por otra parte, responsabilidad entendida como abstención, suena muy parecido a suicidio De ahí que nadie quiera ser visto como el responsable ¿Triunfará la sensatez o se impondrá la cerrazón? El candidato popular tiene en su mano la llave. Si logra armar una base de 170 síes, junto a Ciudadanos y Coalición Canaria, allanará el camino a quienes, como Fernández Vara, optan por ser sensatos. Claro que para eso debe negociar y ceder. Si se limita a resistir, atrincherado en su ventaja, es muy probable que en el PSOE ganen los más sectarios. Y España necesita un gobierno, no una pugna de orgullos. IGNACIO CAMACHO LA CONDICIÓN HUMANA Los enfermizos animalistas que celebran la muerte de un ser humano desarman su causa no ya de razón sino de respeto A mi maestro, Rogelio Reyes Cano E JM NIETO Fe de ratas L antitaurinismo español tenía una dignidad, una nobleza histórica. Hasta bien entrado el siglo XX, cuando las corridas eran aún el gran espectáculo nacional de masas, la polémica sobre la lidia formaba parte del eterno debate sobre el ser de España. De Larra, Unamuno o Benavente a Ferrater Mora o Pániker, los detractores de la fiesta, eran gente docta que discutía con otros intelectuales en pie de igualdad; ilustrados que denostaban la tauromaquia como símbolo de una mentalidad anclada en el pasado. Hasta el más inflamado de aquellos propagandistas, como el bizarro Eugenio Noel, sustentaba su diatriba en un fundamento ético. Más que la lidia impugnaban la esencia del casticismo, un código de valores que mantenía al país varado en un atraso histórico. Esa controversia estaba inscrita en un contexto de reflexión patriótica y formaba parte de la preclara tradición filosófica del regeneracionismo. El menos profundo de esos escritores o ensayistas se sonrojaría ante la majadera liviandad de los actuales antitaurinos, ese ejército de desaprensivos mequetrefes tuiteros, de payasos antisistema y de ecologistas talibanes cuya compasiva bondad animalista inhibe cualquier atisbo de empatía por la muerte de un ser humano. Un oponente del toreo con mediana lucidez encontraría en la tragedia de Víctor Barrio una elemental munición lógica contra la continuidad de la fiesta; lo que a ninguno se le ocurriría es celebrarla como un triunfo de la res, una especie de acto de justicia poética. Semejante simpleza es algo casi peor que una felonía moral; constituye una clamorosa demostración de estupidez, un monumento de estulticia rencorosa y banal que desarma al movimiento prohibicionista no ya de razón sino de respeto. Con el exhibicionismo de su desnudez mental estos zascandiles deshonran la seriedad de su propia causa; no existe la mínima posibilidad de mantener una discusión racional con seres impregnados de una frivolidad tan mentecata, con tan fundamentalistas botarates de pensamiento enfermizo. Existen muchos españoles a los que la fiesta de toros aburre tanto como un partido de béisbol o que contemplan las corridas como vestigios de arqueología antropológica, reliquias vivas del patrimonio cultural. Lo que estos contemporáneos indiferentes y mucho menos aquellos honestos críticos novecentistas no podían, o no podíamos, siquiera imaginar era que llegaría un momento en que la defensa de la tauromaquia se convirtiese en un ejercicio de oposición a la intolerancia, en un compromiso necesario con la libertad. Menos aún, que acabaría relacionada con la simple salvaguardia de la compasión, con la reclamación imprescindible de la primacía de la condición humana frente a la indigencia ética de una sociedad envilecida. Y lo que es más grave, una primordial reivindicación de la inteligencia frente al inquietante imperio de la memez.