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12 OPINIÓN CAMBIO DE GUARDIA PUEBLA LUNES, 11 DE JULIO DE 2016 abc. es opinion ABC GABRIEL ALBIAC DESPUÉS DE OBAMA Obama ha sido un presidente débil. Rodham- Clinton será una presidenta fuerte BAMA ha sido un presidente débil. Lo cual tiene, sin duda, un gran encanto. Y un coste a la medida. La grandeza de ese encanto sucede en la escena histórica. El precio de su gestión se paga en la prosa política. La elecciones presidenciales de 2008 marcan una inflexión en la historia de los Estados Unidos de América. Diecinueve años hace que acabó la Guerra Fría, ese exterminio mundial de medio siglo. En el Cercano Oriente, el antipático George Bush ha logrado finalmente ganar una contienda agotadora. Estabilizar el territorio iraquí exige, sí, mantener indefinidamente allí tropas americanas. Pero, ¿qué es eso, comparado con los cincuenta años de acantonamiento en Alemania después de 1945? En suma, los Estados Unidos pueden, por primera vez en casi un siglo, volverse sobre sí mismos. Y afrontar sus últimas barreras internas. Dos de ellas pesan decisivamente en ese inicio del siglo veintiuno. Y son inaplazables: a) El último rescoldo de una segregación racial que estuvo legalmente vigente hasta la ley de derechos civiles de 1964. Al cabo de cuarenta años, no hay ya barreras legales entre comunidades en aquel año 2008. Pero falta el acto simbólico: un no- blanco en la presidencia. b) El acceso de las mujeres a la plena condición ciudadana ha sido en los Estados Unidos mucho más precoz que en Europa. Basta haber leído a Francis Scott Fitzgerald o a John Dos Passos para constatar, en sus retratos de las mujeres americanas de los años veinte, un protagonismo que era aún impensable entre las del Viejo Continente. Pero falta el acto simbólico: una mujer que presida la Casa Blanca. Woman is the nigger of the world, cantaba un John Lennon, todavía censurado a inicio de los setenta. Que la necesidad de ambas escenas simbólicas haya coincidido en el tiempo no es azar; es determinación histórica. Pero la gestión de esa coincidencia fue difícil. De entrada, los republicanos perdieron la partida: y eso los alejará, verosímilmente, de la Casa Blanca durante, al menos, dieciséis años. En 2008, el Partido Demócrata jugó sobre las dos alas del tablero histórico: Obama en el envite racial, Rodham- Clinton en el femenino. Primó la cura del trauma americano más hondo: el racista. Y Obama completó el primer movimiento. Fue un acierto histórico. No político. Rodham- Clinton poseía una experiencia excepcional para asumir el gobierno. Obama era un brillante aprendiz, además de un excepcional orador. Invertidos los turnos, ni Rodham- Clinton hubiera cometido los errores brutales que marcan la política internacional americana de los últimos ocho años, ni los hubiera cometido un Obama que hubiera llegado al poder en 2016. Pero la historia no pide permiso para irrumpir. Irak perdido, el yihadismo en ascenso... Obama ha sido un presidente débil. Rodham- Clinton será salvo hecatombe poco previsible una presidenta fuerte. A ella corresponderá dar con ocho años de retraso las guerras que su predecesor ha preferido ir perdiendo. Y el gran juego estará de retorno. O EL ÁNGULO OSCURO JUAN MANUEL DE PRADA CAPITALISMO Y DERECHOS DE BRAGUETA (II) Había que reducir al máximo la reproducción de los trabajadores, para que unos pocos pudieran enriquecerse RATAREMOS de mostrar cómo los derechos de bragueta no son, como el profesor Fernández Liria pretende, victorias de la razón ilustrada sino sobornos del capitalismo, que necesita que los trabajadores tengan pocos hijos, para debilitar su lucha (pues quien no tiene una prole por la que luchar acaba convirtiéndose en un conformista) poder pagar salarios más bajos y no tener que enfrentarse a masas de desempleados que un sistema de producción cada vez más mecanizado no puede absorber. Esta obsesión antinatalista es recurrente en todos los padres del capitalismo clásico; y sigue siendo hoy la obsesión de toda la plutocracia mundialista. En Adam Smith el odio a la procreación es todavía timorato y simulado, aunque no se recata de solicitar la prohibición de las Leyes de Pobres que aseguraban subsidios a las familias más necesitadas (lo que favorecía que tuviesen hijos) y Smith considera una deplorable supervivencia del régimen caritativo establecido en las parroquias católicas. En La riqueza de las naciones hay, por cierto, un pasaje enternecedor en el que Smith dimite de su tono morigerado para arremeter contra la que considera causante última de todos los males: La constitución de la Iglesia de Roma escribe este jeta máximo, defensor del libre cambio que trabajaba como aduanero debe con- T siderarse la conspiración más formidable que nunca haya tenido lugar contra la autoridad y seguridad del gobierno civil, así como contra la libertad, la razón y la felicidad humanas Pero serán los discípulos de Smith los que, en su (risum teneatis) amor a la libertad, la razón y la felicidad humanas, se esforzarán por reducir la natalidad de las familias pobres. David Ricardo, en su obra Principios de economía política, afirma que los subsidios a los pobres deben ser abolidos, porque los confirman en sus hábitos (procreadores, se entiende) y añade taimadamente: Si conseguimos que la prudencia y la previsión o sea, la anticoncepción sean percibidas como virtudes necesarias y ventajosas, nos iremos acercando gradualmente a un Estado más estable y más sano David Ricardo, que no tendría empacho en aplaudir en el Parlamento los esfuerzos de los empresarios por reducir la retribución a los trabajadores hasta la tasa más baja alertó también de que la caridad ejercida a favor de los niños de los pobres era muy perjudicial, porque estimulaba a sus padres a tener más hijos. Inevitablemente, Ricardo acabaría formulando la llamada ley de bronce de los salarios según la cual los salarios tienden de forma natural (nótese el brutal sarcasmo) hacia un nivel mínimo que se corresponde con las necesidades de subsistencia de los trabajadores; cualquier incremento de los salarios por encima de este nivel proseguía David Ricardo provocaría que las familias de trabajadores tuviesen un mayor número de hijos, lo que a su vez las haría más pugnaces en la exigencia de subidas salariales. Jean- Baptiste Say, otro padre del pensamiento capitalista, escribirá en su Tratado de economía política que el trabajador idóneo es el soltero, puesto que no necesita mantener una familia; y que, para conseguir que los salarios bajen, hay que conseguir que una mayoría de trabajadores sean solteros. Poco a poco, el capitalismo se iba atreviendo a formular su anhelo más irreprimible: había que reducir al máximo la reproducción de los trabajadores, para que unos pocos pudieran enriquecerse. Pero a este anhelo bestial había que darle primero un aderezo científico; y luego convertirlo en golosina, de tal modo que las masas idiotizadas creyeran que se les suministraba por amor a la libertad, la razón y la felicidad humanas (Continuará)