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ABC SÁBADO, 11 DE JUNIO DE 2016 abc. es cultura CULTURA 51 Ópera Blanca Portillo, en una escena de El emperador de la Atlántida Posibilidad estética La escenografía es enorme y fatigosa, y apunta hacia el feísmo como expresión plástica trágico, allí donde todo se imagina quebradizo, arriesgado e incómodo, es donde esta producción se vuelve excesivamente pesante. La orquestación de Halffter, con independencia de sus méritos entre los que es indudable el esfuerzo de proponer un acabado en el estilo del autor, otorga solemnidad y aparato a una obra que se defiende estupendamente en un entorno más íntimo. Él propio Halffter dirige la obra ante la orquesta titular del Teatro Real, que responde con corrección y no siempre absoluta finura en el acabado. La escenografía diseñada por Ricardo Sánchez Cuerda es voluminosa, enorme, fatigosa y apunta hacia el feísmo como expresión plástica. Es una posibilidad entre otras muchas y, por tanto, el debate no debería estar en la opción estética sino en cómo esta acaba por convertir El emperador de la Atlántida en una especie de teatro fastuoso. A él se entrega con vehemencia un reparto bien construido. Y a todos ellos dirige Gustavo Tambascio. Al director teatral nunca le faltan ideas y muchas de ellas se entrecruzan en este espectáculo: las cuidadas coreografías que dan coherencia a los intermezzi orquestales, la consideración de dos mundos con acceso al subsuelo en el que habita el emperador, incluso la más obvia referencia entre este y la voz en off, quizá del führer También hay que incluir al grupo de deportados que circulan por la escena, pues ellos son quienes acabarán encerrados en la cámara de gas dando sentido final a la presencia salvadora que aquí tiene la muerte. JAVIER DEL REAL La importancia del contexto EL EMPERADOR DE L A ATL ÁNTIDA Música: Viktor Ullmann. Libro: Peter Kien. Dir. musical: Pedro Halffter. Dir. escena: Gustavo Tambascio. Escenografía: Ricardo Sánchez Cuerda. Figurines: Jesús Ruiz. Coreografía: Nuria Castejón. Int. Blanca Portillo, Alejandro MarcoBuhrmester, Martin Winkler, Torben Jürgens, Ana Ibarra. Orquesta titular del Teatro Real. T. Real, Madrid, 10- VI. ALBERTO GONZÁLEZ LAPUENTE Hay algo de inquietante en el espectáculo que anoche estrenó el Teatro Real. Es fácil entenderlo, pues la realidad se hace muy presente. Surge a través de la proyección de varias imágenes de Terezín, aquella ciudad paradisíaca ofrecida por el führer a los judíos; se entiende a partir de algunos sobretítulos dedicados a puntualizar lo ya conocido; incluso se desprende de alguna escena como aquella que sirve de final y en la que se reconstruye una cámara de gas donde las personas acaban siendo simples cuerpos. La realidad siempre es obvia y es poderosa, y en ella encuentra su mejor baza esta producción de El emperador de la Atlántida la ópera de Viktor Ullmann y Peter Kien, estrenada anoche. Pero el espectáculo va más allá pues asume una complejidad en la que acaban por reunirse cosas disímiles. Como prólogo a la representación de la ópera se interpreta El canto de amor y muerte del corneta Christoph Rilke música de escena escrita por Ullmann para un rotundo texto de Rainer Maria Rilke. La actriz Blanca Portillo lo dice de manera extraordinaria apoyada en una megafonía un tanto artificiosa pero necesaria para salvar a una orquesta que suena un punto excesiva. Inmediatamente se oye música construida por Pedro Halffter a partir de movimientos de la séptima sonata para piano de Ullmann. Un buen sostén que contribuye a enriquecer aquellas imágenes perturbadoras, pero una difícil conjunción como preámbulo a una ópera que implica, o al menos así lo ha comunicado la historia, otros códigos. En este mundo donde habita el emperador y la muerte, allí donde la certeza se convierte en metáfora narrada en forma de cuento inevitablemente