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12 OPINIÓN CAMBIO DE GUARDIA PUEBLA LUNES, 6 DE JUNIO DE 2016 abc. es opinion ABC GABRIEL ALBIAC CASSIUS Arrogante, bocazas, despectivo de todo y todos. Y brillante. Sus insultos salían del mismo tiralíneas que sus golpes a evocación me viene en blanco y negro. Es el único canon con el que yo puedo medir ese recuerdo: épico cine pugilístico de los años cuarenta. Una sola vez en mi vida me he parado a mirar un combate de boxeo que no fuera ficción fílmica. Fue en 1964. Blanco y negro: pantalla de televisor. El camino del cole a casa era, con mucho, el mejor rato del día. O el menos malo. Aunque ya la ansiedad de la ineludible reválida de Cuarto pesaba demasiado en nuestras carteras escolares. En el centro del escaparate de una tienda de electrodomésticos, una tele en marcha transmitía imagen sin sonido. En blanco y negro, dos tipos cruzaban golpes sobre un cuadrilátero. Alguno de nosotros, sin duda muchísimo más sabio que yo, nos informó de que aquel energúmeno, con pinta como del abominable hombre de las nieves en nuestros tebeos, era el campeón mundial de los pesados. Y que iba a darle una tunda atroz al incauto chaval que le habían colocado delante. Ni yo sabía que aquel armario se llamaba Sonny Liston, ni que la joven víctima propiciatoria respondía al senatorial nombre de Cassius: yo, por entonces, no había leído a Fitzgerald y no sabía que la esencia primera de lo norteamericano consiste en llamarte como te dé la gana. Lo que sí percibí, lo percibimos todos a los quince segundos, era que la virtud profética de nuestro colega sabio corría grave riesgo de romperse los dientes. Tal vez por el perverso placer de constatarlo nos quedamos allí plantados. El veinteañero, esbelto y elegante como un dandi de paseo en Kensington, jugueteaba con el mastodóntico campeón como una araña con la mosca que se prendió en su red. Bailaba alrededor de aquella mole muscular, con la segura displicencia del geómetra que despliega los pasos milimétricos de un teorema. A riesgo de llegar tarde a casa y de ganarnos una bronca equitativa, nos quedamos clavados hasta el fin de aquello. Cuando el rocoso horadado pidió el fin del combate. Y el elegante finteador siguió dibujando esgrimas contra el aire. Como si todo aquello hubiera sido una delicada ceremonia de salón. No he vuelto a ver una pelea de aquel que, en febrero del 64, se llamaba Cassius Clay. Y que, enseguida y porque es la esencia primera de lo norteamericano llamarte como te dé la gana, dio en ser Muhammad Alí. Pero su imagen no él me volvía regularmente a lo largo de todos estos años. Primero, en fotos desafiantes de las páginas deportivas de los periódicos. Después, en desafiantes proclamas contra la guerra de Vietnam, que acabarían por privarlo de todos sus títulos. Y, al fin, en el retrato desafiante que de él hiciera Warhol. Tan icono pop de los sesenta como Marilyn de los cincuenta. Arrogante, bocazas, despectivo de todo y todos. Y brillante. Sus insultos salían del mismo tiralíneas que sus golpes. Ha muerto ahora, porque todos mueren: morir es lo menos noticioso del mundo. El icono persevera. Imágenes de televisor en blanco y negro, tras un escaparate. 1964. Esgrima de florete que fulmina a un blindado. L EL ÁNGULO OSCURO JUAN MANUEL DE PRADA FALACIAS Y SOFISMAS Linde pretende que los salarios se adecuen cuando la empresa atraviesa dificultades, pero no cuando goza de una situación aliviada D ECÍA Bernanos que la democracia es una forma política cuyo fundamento filosófico es la indiferencia entre lo verdadero y lo falso y su finalidad práctica la dictadura económica, esperando poder ser, allá en el futuro del dirigismo universal, algo aún peor Y, como si quisiera confirmar esta demoledora definición de Bernanos con ejemplos prácticos, ha aparecido el gobernador del Banco de España soltando por esa boquita todo el catecismo del dirigismo universal. Luis María Linde ha recomendado, para reducir la excesiva contratación temporal, potenciar el atractivo de la contratación indefinida, evitando que su excesiva protección siga incentivando la temporalidad y desincentivando la creación de puestos de trabajo estables Aquí Linde usa una falacia lógica de libro, no exenta de recochineo, a la que recurren frecuentemente los demagogos, a veces con éxito. Se trata de presentar la causa de un mal como su remedio, al modo malicioso y socarrón en que lo hacía el ciego cabrón del Lazarillo de Tormes, que después de descalabrar al protagonista estampándole una jarra de vino se burlaba de él, aplicándole vino en las heridas y diciéndole con sorna: ¿Qué te parece, Lázaro? Lo que te enfermó te sana y da salud Linde afirma que, para fomentar la contratación indefinida, lo mejor es evitar su excesiva protección es decir, propone que el despido se abarate ¡toda- vía más! y que el trabajador sea despojado de garantías legales ¡todavía más! Es tan grotesco como afirmar que, para fomentar el matrimonio, lo mejor es evitar su excesiva protección para lo cual se despenaliza el adulterio, se fomenta el divorcio y se exonera a los cónyuges de sus deberes recíprocos. Salta a la vista que se trata de una burda falacia; pero lo cierto es que esto, exactamente esto, se hizo para destruir el matrimonio, y la gente picó el anzuelo tan ricamente. Linde pensó sin duda que una falacia que tanto éxito ha procurado a los demagogos en ocasiones anteriores serviría también en esta; pero para que una falacia tan gruesa funcione se requiere, además de gente corrompida que ya no distinga lo verdadero de lo falso, una golosina a modo de cebo que la ofusque (así, para destruir el matrimonio, se ofreció la golosina de santificar laicamente las debilidades de la carne) a Linde se le olvidó tal vez demasiado urgido por el dirigismo universal ofrecer la golosina que disfrazase su burda falacia lógica. En otro momento de su intervención, Linde recurrió sin rebozo al sofisma, defendiendo la adecuación de los salarios a las condiciones específicas de cada empresa; o, lo que es lo mismo, que los salarios no estén fijados por convenio, sino que se determinen en cada momento, en función de la situación por la que atraviesa la empresa. Aquí Linde desliza un sofisma más sibilino, pues parte de una premisa plausible para justificar el descenso de los salarios; sin embargo, escamotea la conclusión lógica que exige la justicia: si un trabajador acepta reducir su salario cuando la empresa para la que trabaja se halla en pérdidas, a cambio debe participar de sus beneficios cuando se halle en ganancias. Linde, sin embargo, soslaya esta exigencia de la justicia, pues pretende que los salarios se adecuen cuando la empresa atraviesa dificultades, pero no cuando goza de una situación aliviada. En definitiva, lo que propone es que el trabajador padezca las pérdidas y no disfrute de los beneficios, que es el procedimiento favorito del dirigismo universal. Nadie podrá discutir que Linde sea un riguroso servidor del fundamento filosófico y la finalidad práctica de ese dirigismo universal. Tampoco que sus palabras vayan a darle un chorro de votos a Podemos.