Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
56 CULTURA MIÉRCOLES, 4 DE MAYO DE 2016 abc. es cultura ABC Mark Rothko La forja de un rebelde siempre en crisis Cuentan que su tardía vocación artística surgió cuando acompañó a un amigo que posaba como modelo en una clase de dibujo en el Art Students League. Esta es la pasión de mi vida pensó entonces. Y así fue. Siempre enfrentado a todos odio y desconfío de los historiadores del arte, expertos, críticos. Son una panda de parásitos perteneció a asociaciones de artistas independientes, como The Ten, y fue uno de Los Irascibles. Entre los quince pintores rebeldes norteamericanos, fotografiados por Nina Leen para la revista Life estaban Rothko, Pollock, Motherwell, Still, Gottlieb, De Kooning... La flor y nata de la abstracción norteamericana. El niño ruso se reinventó, dejando atrás el pasado: obtiene la ciudadanía norteamericana en 1938 y dos años más tarde se cambia el nombre por Mark Rothko. Fue unos de los judíos que contribuyeron a impulsar el arte moderno en Estados Unidos, junto a Peggy Guggenheim, Leo y Gertrude Stein, Alfred Stieglitz... La pintura de Rothko evolucionó de lo figurativo a lo mitológico, surrealista, Mark multiforme y absRothko. tracto. Entre sus Buscando cuadros favoritos, la luz de la La familia de capilla Miró, y El estudio Autora: Annie rojo de Matisse, Cohen- Solal. que le sumergió Ed. Paidós. 274 para siempre en la páginas. 26 euros abstracción. Rothko halló su propio lenguaje pintando lienzos con franjas de colores de gran dramatismo e intensidad psicológica. Miedo escénico Aunque el artista siempre rechazó cualquier analogía entre el arte religioso y su obra, hay cierta espiritualidad y trascendencia en sus creaciones, que consiguen crear una atmósfera muy especial. Rothko quiso comprar la capilla Lelant, a las afueras de St. Ives (Gran Bretaña) para hacer un museo. Fascinado por Fra Angelico, decía que él era un hombre renacentista que no tenía nada que ver con la pintura de su tiempo Se abrió una sala Rothko en la Phillips Collection de Washington, una especie de santuario que invitaba a la meditación, y, ya de forma póstuma, se inauguró en 1971 la Capilla Rothko en la Menil Collection de Houston (Texas) adonde peregrinan los fans incondicionales de Rothko. Es su obra maestra. Aceptar el encargo de unos murales para el comedor del restaurante del rascacielos Seagram en Manhattan, cuenta la biógrafa, fue una maldición para él: Espero pintar algo que arruine el apetito de los que coman en esta sala Finalmente lo rechazó y acabó donando las obras a la Tate. Exponer le provocaba ansiedad, vómitos... Padecía miedo escénico. El éxito le agotó dice Cohen- Solal Fue un artista consumido por sus preocupaciones intelectuales, culturales, espirituales y políticas. Mark Rothko, ante una de sus obras ABC Ve la luz una biografía del genial artista norteamericano, que regresa al mercado con una de sus cotizadísimas obras NATIVIDAD PULIDO MADRID P ara entender cómo un niño judío que estudiaba en una escuela talmúdica de los 4 a los 10 años, vestido de riguroso negro y del que se burlaban sus compañeros en la Rusia zarista de comienzos del siglo XX, acabó poniendo patas arriba el mundo del arte norteamericano, es preciso leer su biografía. Acaba de aparecer en español Mark Rothko. Buscando la luz de la capilla escrita por Annie Cohen- Solal y publicada por Paidós, en la que se esbozan todas las aristas de esta personalidad tan compleja y desgarrada: estudiante insaciable (leía a Platón, Nietzsche, Freud, Jung y Shakespeare) tenía un innato liderazgo político y una marcada conciencia social. Rebelde de todas las causas que se cruzaron en su camino, se pasó toda su vida luchando contra los demás y contra sí mismo, siempre en crisis. Según la crítica Dore Ashton, que lo conocía muy bien, era un hombre a la defensiva Sus demonios y conflictos personales le arrastraron a un final trágico al que parecía predestinado. Marcus Rotkovitch ese era su verdadero nombre nació en 1903 en Dvinsk (Rusia) hoy Daugavpils (Letonia) Diez años después huía con su familia de los pogromos rusos. Pusieron rumbo al sue- ño americano. Nunca fui capaz de aceptar aquel traslado a un país en el que jamás llegué a sentirme como en casa confesaría años más tarde. En los colegios de Portland donde continuó su formación se dio de bruces con la realidad: el rechazo a los inmigrantes judíos. El mismo rechazo que sufrió en carne propia cuando en 1921 fue admitido en Yale. Tan solo estuvo dos años. Pese a sus esfuerzos por integrarse, era excluido por los cachorros protestantes de clase alta de la prestigiosa universidad. Se consideraba un polizonte en un crucero de lujo advierte su biógrafa. Un año antes de su muerte, en 1969, pudo servir fría su venganza: recibió el doctorado honoris causa por la universidad que nunca lo aceptó. Aquel hombre alto, con una mirada ardiente e intensa, atenuada por unas gafas de cristales gruesos que siempre llevaba camisa y corbata, incluso cuando trabajaba en su estudio, decidió probar mejor suerte en Nueva York.