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ABC LUNES, 18 DE ABRIL DE 2016 abc. es ENFOQUE 5 DIARIO DE UN OPTIMISTA LA DEMAGOGIA AMENAZA AL CRECIMIENTO POR GUY SORMAN ¿Es mejor tener un empleo y un salario constante en una economía en crecimiento como en EE. UU. o vivir en una Europa más igualitaria, sin empleo y sin salario? ¿Qué piensa de ello Christine Lagarde? ARA adivinar en qué dirección sopla el viento, basta con escuchar a Christine Lagarde, la directora del Fondo Monetario Internacional. En sus últimos discursos, nuestra emperadora de los tópicos y de las relaciones públicas vuelve a retomar por su propia cuenta la hipótesis de que la desigualdad de las rentas aumenta y amenaza al crecimiento. ¿De dónde se saca esta propuesta en boga? Probablemente de la obra neomarxista de Thomas Piketty, un buen historiador y un pésimo economista, cuyo éxito ha sido organizado por Paul Krugman y Joseph Stiglitz, los editorialistas antiglobalización y anticapitalistas estadounidenses. También encontramos esta cantinela en las palabras pronunciadas en campaña por el candidato socialista Bernie Sanders como un eco del movimiento Occupy Wall Street y de los Indignados de Madrid. Pero el que una propuesta esté de moda no quiere decir que sea cierta. La relación entre desigualdad de las rentas y crecimiento nunca ha quedado demostrada; el propio Piketty admite que solo se trata de una hipótesis. En cambio, sabemos por experiencia que todo crecimiento viene acompañado necesariamente de una cierta dosis de desigualdad, y que esta es al mismo tiempo consecuencia del crecimiento, porque la innovación beneficia más a las actividades punteras que a las profesiones tradicionales, y que, probablemente, el deseo de enriquecerse más que el vecino fomenta el emprendimiento. Por el contrario, las sociedades perfectamente igualitarias (en teoría, no en la práctica) y comunistas, como Cuba, la URSS, China y hace poco Tanzania, se estancan. De lo que tratan de convencernos Piketty, Lagarde y compañía, y que es cualquier cosa menos científico, es de que nuestras sociedades modernas han alcanzado un nivel de desigualdad sin precedentes, hasta tal punto que los pueblos estarían dispuestos a rebelarse contra la economía de mercado; por marla con los cleptócratas de China, de Rusia y de Latinoamérica. El otro argumento anticapitalista que acusa a la desigualdad de frenar el crecimiento deriva del estancamiento del salario medio en Estados Unidos, a pesar del crecimiento y del pleno empleo. ¿Es mejor tener un empleo y un salario constante en una economía en crecimiento como en EE. UU. o vivir en una Europa más igualitaria, sin empleo y sin salario? ¿Qué piensa de ello Christine Lagarde? Es conveniente que consulte urgentemente a su departamento de relaciones públicas. A pesar de todo, es indudable que la media de los salarios estadounidense no varía, ¿pero es el instrumento de medida adecuado para describir la situación real de un trabajador estadounidense? En primer lugar, el número de asalariados tradicionales no deja de disminuir, porque una cuarta parte de la población trabaja ahora por cuenta propia, como empresaria o según el modelo exponencial de Uber, del empleo por horas. La crítica del estancamiento de los salarios no tiene en cuenta esta uberización de la economía. En segundo lugar, un mismo sueldo con un intervalo de diez años permite acceder a muchos más bienes y servicios que hace poco porque los precios bajan: la informática, el teléfono móvil o los viajes aéreos, entre otros, que eran productos de lujo o no existían hace diez años, se encuentran hoy en día al alcance de todo el mundo. En definitiva, el salario es constante, pero el poder adquisitivo real aumenta. Y, por último, todas las observaciones pesimistas sobre el estancamiento de los salarios conciernen a los salarios directos, y no tienen en cuenta deliberadamente las rentas finales que, en todos los países desarrollados, incluidos los Estados Unidos, se completan con numerosos beneficios sociales, prestaciones complementarias, atención sanitaria y colegios gratuitos, pensiones, ayudas para la vivienda, etcétera. En resumen, la verdadera amenaza no es la desigualdad denunciada por Lagarde, Piketty y compañía, sino el riesgo de que su postura se tome en serio, lo que perjudicaría al crecimiento real que solo genera la economía de mercado. P otra parte, los ricos, que son demasiado ricos, ya no tendrían ninguna razón para invertir por el futuro. Una vez más, nada de todo esto está demostrado, es pura ideología. ¿Y está respaldada por algunos hechos? Es cierto que, desde hace unos veinte años, se ha creado, sobre todo en Estados Unidos, una clase de superricos, que puede constituir el 0,1 por ciento de la población, más ricos de lo que nunca lo fueron los Carnegie y los Rockefeller. No se puede considerar que este grupo esté formado por verdaderos empresarios, ya que casi todos ellos se limitan a invertir los fondos que les confían unos clientes aún más ricos de China, Rusia, Qatar o Brasil, que encuentran en Wall Street un refugio para su fortuna, mal o bien adquirida. Pero estos superricos estadounidenses, además de que la fiscalidad en Nueva York es tan elevada como en Europa, redistribuyen la mayor par- te de sus ganancias en obras filantrópicas. ¿Cómo podrían ser un freno al crecimiento de EE UU? No vemos cómo. Los que perjudican al desarrollo de su país de origen son más bien los evasores fiscales que se refugian en Wall Street. Los ataques izquierdistas contra Wall Street se equivocan de objetivo: los que se preocupan por el desarrollo y la igualdad social deberían to- Rentas finales Todas las observaciones pesimistas sobre el estancamiento de los salarios conciernen a los salarios directos, y no tienen en cuenta deliberadamente las rentas finales