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ABC DOMINGO, 10 DE ENERO DE 2016 abc. es cultura CULTURA 73 FERNANDO GARCÍA DE CORTÁZAR DOMINGOS CON HISTORIA EN BUSCA DE UNA IDEA DE ESPAÑA Brasillach y el mito de la España fascista Brillante crítico literario, notable novelista y poeta exquisito, es una figura trágica del siglo XX M aría Zambrano habló de la universalidad de la sangre vertida en la guerra civil, que hacía de España el lugar de un compromiso moral con el sentido de la civilización, en el trance ominoso de una guerra fratricida. España como símbolo en el tiempo de una inflamación vitalista con la que, en el lado de la revolución social o en el de la revolución nacional, la juventud pretendía enfrentarse a la insoportable levedad de la decadencia. A España acudió la mirada de una cultura puesta a prueba con tanta violencia como la que fue capaz de ejercer la primera mitad del siglo XX. Fascinaba lo nuevo, lo joven, la tensión apresurada de una inmadurez que no esperaba serenarse. Pero también pesaba la oscura resistencia de lo que no desea cambiar, de lo que no está dispuesto a regenerarse, de lo que prefiere ser tierra baldía, silenciosa y reaccionaria. Sumemos a todo ello una crisis de legitimidad política y de singular envergadura económica para hacernos una idea del paisaje que se gestaba en los años treinta. Añadamos a todo ello esa España que se encontraba en el momento preciso para abordar con brillantez su incorporación a la historia. En la guerra civil, que hoy vemos como momento de frustración del deseo de convivencia y de una patria común, otros, muchos, demasiados, vieron la oportunidad de realizar su sueño revolucionario. O el rescate definitivo de la tradición, salvada del incendio de la civilización europea posterior a la Gran Guerra. En todo caso, España pasó a ser un espacio ético singular, que ningún otro episodio había alcanzado. Poseía una capacidad explicativa de lo que le sucedía al viejo continente y, además ofrecía la posibilidad de experimentación de un escenario bélico. La palabra y la acción, la plegaria y el pecado, la consigna y el crimen. En la tierra de España en guerra, la historia hallaba el lugar donde los sueños y la realidad dibujan sus contrastes. Robert Brasillach fue uno de los intelectuales para quienes aquella experiencia resultó determinante. La lucha de los españoles, a la que acudían voluntarios de todos los países a enrolarse en los dos bandos, era un escenario de definición moral del mundo entero. Un mundo que Brasillach con- cebía escindido ya en dos marcos ideológicos antagónicos y con aspiración totalitaria. El fascismo y el antifascismo. O, según lo indicó también, la revolución nacional o la revolución bolchevique. España acababa de transformar en combate espiritual y material a la vez, en verdadera cruzada, la larga oposición que se incubaba en el mundo moderno. Las contradicciones ideológicas se resolvían en esta vieja tierra de los autos de fe y de conquistadores, mediante el sufrimiento, la sangre, la muerte. España daba su consagración y su nobleza definitiva a la guerra de las ideas entregarse a una pasión que les parecía más De Gaulle auténtica, cuando Se negó a solo era menos ciconmutarle la vilizada. Hallaresentencia a muerte en mos tragedias si 1945. Creía que no podía milares en quieser perdonado porque nes apoyaron al y de ingenuidad otro bando. Drasu valía imponía ante las pretenmas basados en una especial ciosas analogías una fractura semeresponsabilidad a con los caballeros jante con las coordesus actos medievales y la ananadas fundacionales de crónica invocación del esla cultura occidental. En ese píritu de las guerras religioaspecto, la guerra de España, al sas. Brasillach, portavoz de una mi- cancelar la esperanza de una nación noría egregia, destinada a encauzar y que cumpliera el reencuentro entre moderar el impulso ciego de las ma- pueblo y Estado, entre destino histósas, se encontró en el camino de tan- rico y progreso, entre tradición y motos y tantos que, como él, abdicaron dernidad, anunciaba lo que también de su deber de liderazgo moral para se produciría en la Europa en llamas a partir de 1939. Arquetipos Robert Brasillach se entregó plenamente a lo que creía la labor de un intelectual de su tiempo. El vio en el fascista la encarnación perfecta de una época, como lo habían sido el caballero cristiano, apoyado en la cruz y la espada, o el pálido conspirador revolucionario en sus imprentas clandestinas El hombre nuevo fascista era el arquetipo, en el siglo XX, de lo que habían representado el cruzado y el jacobino. Y España había sido el lugar original, la tierra empapada en sangre universal para la verificación de tal arquetipo. De Gaulle se negó a conmutarle la sentencia a muerte en 1945. Cuando cientos de personalidades de la cultura trataron de convencerle aludiendo a la importancia intelectual de Brasillach, el general respondió que, por esa misma valía, que imponía una especial responsabilidad a sus actos, el escritor no podía ser perdonado. La deseada ejemplaridad de la vida había de conducir a la inevitable ejemplaridad de la muerte. Era la muerte que Brasillach había exaltado en España como condición de renacimiento, como cláusula de regeneración: Los hombres de nuestro tiempo habrán encontrado en España el lugar de toda audacia, de toda grandeza, de toda esperanza Guerra civil Estas palabras se escribieron para la crónica de la guerra civil que publicaron Brasillach y su cuñado, el prestigioso ensayista Maurice Bardèche. Con Henri Massis redactó también un estremecedor relato del asedio del Alcázar de Toledo, y dedicó después unas páginas cruciales de sus memorias a su experiencia española. Robert Brasillach es una figura trágica del siglo XX. Lo es, ciertamente, en lo que afecta a la historia francesa, pero también lo es como símbolo de una juventud que se creyó situada en un momento genital, en el que la alianza de la tradición cristiana y la ideología nacionalista podrían dar sustancia al renacimiento cultural de Occidente. Este brillante crítico literario, notable novelista y poeta exquisito pertenecía a un ámbito iluminado por la inmensa obra de Maurras. Pero, como ocurrió con tantos de sus compañeros de generación, la abrumadora crisis de los años treinta le hizo optar por un romanticismo heroico y vitalista muy alejado del clasicismo promovido por Acción Francesa. La defensa de la tradición nacional se consideró inseparable del nacionalismo mítico popularizado por el fascismo, que pronto se atestaría de fascinación por la violencia