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12 OPINIÓN CAMBIO DE GUARDIA PUEBLA LUNES, 4 DE ENERO DE 2016 abc. es opinion ABC GABRIEL ALBIAC ENTRE ASESINOS Asesinos en serie asesinaban a asesinos en serie. Hubiera podido suceder al revés. Y hubiera sido lo mismo A lo largo de la noche del 29 al 30 de julio de 1934, los Escuadrones de Seguridad (SS) del NSDAP alemán, con el apoyo del Ejército y la Policía secreta, exterminaron a las Secciones de Asalto (SA) del NSDAP alemán. Los ejecutores cumplían orden directa de Adolf Hitler. Los ejecutados murieron entonando la wagneriana elegía de su más crepuscular Heil Hitler. El proyecto genocida de los ejecutados era idéntico al proyecto genocida que acabarían por hacer triunfar los ejecutores. Asesinos en serie asesinaban a asesinos en serie. Hubiera podido suceder al revés. Y hubiera sido lo mismo. El 2 de enero de 2016, o sea anteayer, el rey de Arabia Saudí y guardián de los santos lugares procedió a ejecutar a 47 opositores, entre los cuales se incluía al jeque Nimr Baqr Al- Nimr, jefe espiritual del chiismo saudí. Unos fueron decapitados, fusilados los otros: es todo cuanto sabemos. Al joven sobrino de Al- Nimr, Alí, le aguarda aún, parece, la ejecución más deshonrosa: crucifixión pública del cuerpo tras su decapitación. Nada sabemos del juicio. Fue estrictamente secreto. Técnicamente hablando, un asesinato judicial: lo más normal para una teocracia. Tan islamista es el monarca Abdulaziz cuanto lo es el jeque Al- Nimr. Al mismo Alá invocan ejecutores y ejecutados. Hubiera podido suceder al revés. Y hubiera sido lo mismo. Un ingenuo angelismo nos empuja, demasiado consoladoramente, a suponer que aquellos contra los cuales luchan los malvados tienen por fuerza que ser buena gente. No hay disparate mejor intencionado. Ni más falso. Ni de más alto peligro en política. Röhm era tan perverso como Hitler. Los yihadistas chiíes, bajo disciplina iraní, lo son tanto como los yihadistas suníes, bajo obediencia saudí. Ver a los matarifes cruzar armas requiere una milimetrada sangre fría: pésimo mata a pésimo; y la partida continúa. Blindémonos frente a ella. Es lo único sensato. La guerra entre suníes y chiíes remonta a la batalla de Kerbala. Año 680. Una simple escaramuza con 72 bajas. Allí, cuarenta y ocho años después de la muerte de Mahoma, el islam entra en guerra contra sí mismo a causa de la sucesión del Profeta. Es una guerra intemporal, que llega hasta hoy mismo, por el liderazgo político y religioso de los creyentes. Parece una locura, pero ambos contendientes dan fe por igual a la idea de que sólo la aniquilación del hereje abrirá la era triunfal del islam en el mundo. Y no hay retórica cuando el guía espiritual del chiismo iraní proclama que la divina venganza caerá sobre los políticos saudíes tras la ejecución del Al- Nimr. El avanzado proyecto nuclear de Irán tiene un primer blanco: el Riad sunita. Y la financiación saudí de la primaveral oleada suní en el norte de África despliega la estrategia del borrado de los chiitas en la zona: falta Siria. Daesh no ha sido más que la más rentable de las inversiones saudíes en yihad. Jamenei contra Abdulaziz. Hoy. Como en 1934, Röhm contra Hitler. Querellas entre asesinos. Mejor quedar al margen. EL ÁNGULO OSCURO JUAN MANUEL DE PRADA MALMENOREROS Pedirle a la partitocracia un partido o camarilla que defienda el Bien Mayor es como pedirle peras al olmo; pues de un mal nunca puede salir un bien l mal menor, como la tortuga de la paradoja de Zenón de Elea, no se para quieto ni aunque lo maten; y uno puede pasarse la vida corriendo detrás de él, como Aquiles, sin llegar a alcanzarlo nunca. Hace menos de veinte años, los malmenoreros nos decían que los conservadores debían pactar con los nacionalistas vascos o catalanes, pues había que expulsar a toda costa a los socialistas del poder, que eran peores que la tiña; y ahora resulta que el mal menor consiste en que los conservadores pacten con los socialistas, que ya no son tan tiñosos, porque al parecer la tiña ha emigrado a los mozos de Podemos, que son todos unos greñudos. Castellani, que era un gran detractor de la doctrina del mal menor entendida al modo hipocritón y clericaloide, escribió en cierta ocasión: Parodiando a monseñor Franceschi, que decía que la peor Cámara era preferible a la mejor camarilla, resulta que hemos llegado a un punto en que tenemos la peor Cámara junto con la peor camarilla. ¡Maldito sea el mal menor y el que lo inventó! Jamás votaré más por el mal menor, y no votaré más si no es por un Bien Mayor Pero pedirle a la partitocracia un partido o camarilla que defienda el Bien Mayor es como pedirle peras al olmo; pues de un mal nunca puede salir un bien. Y la razón de ser de la partitocracia no es otra sino alcanzar el consenso político (que es el lugar de encuentro de la gente sin princi- E pios) para lo cual es requisito previo indispensable borrar de las conciencias (mediante la demogresca) la noción de bien común, sustituyéndola por la más difusa y utilitarista de interés general que por supuesto es el interés de las oligarquías políticas. Para lograr este birlibirloque, el consenso político recolecta aquí y allá las opiniones más variopintas como el doctor Frankenstein recolectaba miembros de diversos cadáveres para fabricar su monstruo y, a través de engaños y manipulaciones, elabora una síntesis caprichosa que presenta como interés general Y, para ayudar a contemporizar a los más reticentes, aparecen los malmenoreros, que los llevan hasta el redil. Así, malmenoreando, los conservadores (que, a la postre, suelen ser eminentemente conservaduros) pueden conservar la tranquilidad (y los duros) ya que no los principios. A estos conservadores malmenoreros les dedicaba en su diario palabras muy duras el bendito cura rural de Bernanos: ¿Qué sería de mí si me resignara al papel de tantos católicos, preocupados tan sólo del conservadurismo social (es decir, en resumen, de su propia conservación) ¡Oh... No es que les acuse de hipocresía. Los creo, por el contrario, sinceros. ¿Cuánta gente que se pretende ligada al orden no defiende más que sus hábitos y a veces tan sólo un simple vocabulario cuyos términos son tan corteses y se hallan moldeados por el uso hasta el punto de justificarlo todo sin que jamás se someta nada a discusión? Pero este conservadurismo malmenorero que lo justifica todo está llamado al fracaso, pues acaba convirtiéndose según nos enseñase Balmes en conservador de los intereses creados de una revolución consumada y reconocida Hoy vemos a los conservadores suspirando por un pacto con los socialistas, a quienes hace veinte años consideraban unos tiñosos causantes de todas sus desgracias; dentro de veinte años los veremos implorando un pacto con los mozos de Podemos, que para entonces tal vez ya no sean tan tiñosos, porque se habrán quedado calvos. Y es que el mal menor, como la tortuga de la paradoja de Zenón de Elea, no se para quieto ni aunque lo maten. Y tiene la ventaja añadida de que nos permite ser chaqueteros sin necesidad de andar cambiando de bando.