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58 CULTURA DOMINGOS CON HISTORIA EN BUSCA DE UNA IDEA DE ESPAÑA DOMINGO, 27 DE DICIEMBRE DE 2015 abc. es cultura ABC FERNANDO GARCÍA DE CORTÁZAR Mercedes Fórmica, palabra de mujer Escribió una de las mejores novelas sobre la guerra civil: Monte de Sancha C on el golpe de un renovado sectarismo, las calles se hacen anónimas y el aire de las plazas tiene el aliento descompuesto del saqueo. En esta confusión moral que nos aturde, en la que la historia no es meditación de lo que hemos llegado a ser, sino ajuste de cuentas, ni siquiera se deja espacio para que algunos nombres sigan haciendo de nuestros recintos urbanos lugares de homenaje merecido. En estos días en que España ha vuelto a interrogarse sobre sí misma en unas elecciones trascendentales, y mientras algunos cargos municipales se creen con el derecho a arrojar nuestro recuerdo por la borda de su infantilismo, he leído las memorias de una mujer que bien podría representar la tragedia de un sector muy definido de aquella España enfrentada a la violencia de una contienda fratricida. Mercedes Fórmica escribió una de las mejores novelas sobre la guerra civil, Monte de Sancha Magnífica, sobre todo, porque carece de épica impostada y de fanfarronadas confundidas con el heroísmo. Ejemplar por el paso quedo de sus personajes, una pareja de enamorados que atravesaron con su pasión tranquila el trastorno de unos meses de espanto en la Málaga del verano de 1936. Regresando sobre un asunto universal de la literatura, Mercedes Fórmica nos narró la breve y confiada existencia de quienes viven, comprometidos con lo mejor de su corazón, un ciclo majestuoso de la historia en el que lo individual carece de importancia. En los tiempos originales de nuestra cultura, un amor provocaba o detenía una guerra, aunque solo fuera para presentarla con necesaria dignidad en el cántico del poeta. El rapto de Helena, la cólera de Aquiles, la muerte de Patroclo. En nuestras tragedias modernas, los hombres y las mujeres tienden sus manos suplicantes al fragor impasible de los nuevos dioses secularizados: la revolución y la reacción, la tradición y el progreso, la España y la Antiespaña. La ejecución de Margarita Bradley se narra sin la exageración verbal que habría sido muy bien recibida en el interregno moral de la posguerra. No hay exaltación de causa alguna, ni martirio hipertrofiado por gritos de ordenanza, ni arriba ni muera España. Hay una mujer joven que sabe que va a morir sin haber cumplido la existencia a la que tenía derecho. Una mujer serenamente aterrada, que se pregunta dos cuestiones esenciales: si de verdad existe Dios para recibirla y si ella muere porque está desapareciendo toda una forma de entender la vida. ¿Por qué moría? De todos aquellos que habían desaparecido en Málaga, solo muy pocos lograrían saberlo. Miguel había intentado decírselo la noche anterior. El hecho de pertenecer a un grupo o algo semejante. Pero, aun así, moría de modo terrible, de modo desolado. Experimentó pena de sí misma, de saberse joven y bella y de todas las cosas que ya nunca lograría. Quizá muriese por pertenecer a un mundo condenado a desaparecer Tolerancia por las ideas Un mundo a punto de desaparecer. Eso es lo que, a diez años de la guerra civil, Mercedes Fórmica escribía con especial conocimiento de causa. Porque, para los analfabetos que pretenden arrancar su recuerdo, debería ser obli- gatorio leer el primer tomo de sus me- de Ignacio Sánchez Mejías. Degustó el morias. Visto y vivido Les llegaría sabor de la España de la inteligencia la fragancia de una España que y la sensibilidad, aquellos círculos ni siquiera imaginan. Veen que los únicos requisitos rían a la valerosa Merde admisión eran la toleVisión cedes consiguiendo rancia por las ideas de Un mundo estudiar una carrecada uno y el entusiasa punto de ra universitaria, mo por el saber de tocuando se le advirdos. desaparecer. Eso es lo tió que su decisión A Mercedes Fórque Mercedes Fórmica, podría condenarmica le rompió el coa diez años de la la a la soltería y la razón la elección de guerra civil, escribía maledicencia. Disun bando que nunca con conocimiento frutó de maestros hubiera estimado de causa ejemplares a los que como propio si eso panunca preguntó por su saba por considerar anideología, sino por el satiespañoles a quienes habían ber que eran capaces de transsido sus admirados amigos. Y, somitir: Jiménez de Asúa o Giménez Fer- bre todo, si ello suponía convivir con nández. Se enamoró del pensamiento los abyectos oportunistas de esas cirde José Antonio Primo de Rivera, aun- cunstancias terribles, aquella amalque sus amigas burguesas no lo enten- gama monstruosa, aquel gigantesco dieran. Devoró los poemas de García albondigón Con su mirada limpia de Lorca, asistió a las veladas en la finca cristiana con sentido del patriotismo y de española entregada a la justicia social, Mercedes Fórmica perdonaba a quienes se ponían la camisa azul tras haberla injuriado durante años, pero despreciaba a quienes se atrevían a convertir aquel ideario en pretexto de una masacre, que se matara en nombre de un credo que ella consideraba un modo ejemplar de vivir. Cayeron sobre Falange miles de personas sin más ideales que sobrevivir; y, lo que era todavía más peligroso, dispuestas a realizar méritos Por eso, la camisa azul de Mercedes Fórmica se confundía, torpemente, con tanta camisa azul recién bordada. Y en su inocencia limpia, la joven andaluza no llegó a descubrir que había un fondo de intolerancia en aquellas ideologías que solo se revelaron como incompatibles cuando el escenario excepcional de una guerra les dio toda su libertad de acción, toda su impunidad y todas las posibilidades de desviarse del patriotismo y honestidad de sus creadores. Con razón, el segundo volumen de sus memorias se llamó Escucho el silencio La España anhelada no pudo salir airosa de un baño de sangre como aquel, del que fueron víctimas y actores quienes habían compartido veladas literarias, sueños de atardecer, pasión por una nación desencajada que trataba de entenderse a sí misma. El desengaño prendió con fuerza en la conciencia de la escritora. Lo insoportable eran los muertos. No los que perdieron la vida en el frente, sabiendo por qué luchaban. Sino los muertos que perecieron en las esquinas solitarias, en los yermos desolados, en los crueles paseos, en las sacas de la cárcel. El gran problema de la generación del 36 es un problema de olvido; que alguien explique a uno y otro bando que olvidar no es sinónimo de traición