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ABC SÁBADO, 29 DE NOVIEMBRE DE 2014 abc. es opinion OPINIÓN 15 UNA RAYA EN EL AGUA EL ÁNGULO OSCURO JUAN MANUEL DE PRADA LA JUSTICIA DEL REY Los pueblos leales a sus tradiciones merecen gobernantes capaces de enfrentarse a los poderes más altos UBLICADO antes por la Unión de Bibliófilos Taurinos para coleccionistas, Gonzalo Santonja acerca ahora a los lectores su estudio La justicia del rey (Ediciones Cálamo) donde reconstruye un episodio menor, pero muy significativo, de nuestra Historia, en el que un pueblo leal a sus tradiciones y un gobernante dispuesto a velar por ellas ante los poderes más altos logran preservar la fiesta de los toros. Ocurrió en El Burgo de Osma, en 1584. Dos décadas antes, el Papa (y no cualquier Papa, sino san Pío V, el hacedor de Lepanto y promotor de la misa tridentina) había promulgado una bula (seguramente inspirada por cuervos de la curia romana que le habían hecho creer que los toros eran una supervivencia del circo romano) en la que condenaba a excomunión a quien asistiera a espectáculos taurinos. En otro libro anterior, Luces sobre una época oscura, Santonja ya nos había contado cómo el rey Felipe II se las había ingeniado para evitar la aplicación de esta bula, logrando además que los sucesores de San Pío V atenuasen sus rigores, hasta persuadir a Clemente VIII de que la derogase para los reinos de España. Pero en El Burgo de Osma el obispo que era señor de la villa se empeñó en querer aplicar la malhadada bula, impidiendo que se corrieran toros en la plaza de la catedral. El concejo reclamó entonces justicia al rey. Gonzalo Santonja aprovecha aquí para explicar- P nos el juego de equilibrios que regía la composición y funcionamiento de los concejos abiertos de las villas viejas, donde la gente del común podía formular quejas y apelar al Consejo real. También aprovecha para proponernos una etopeya llena de donaire del rey Felipe II, el más odiado de la leyenda negra, del que rescata algunas conmovedoras cartas a sus hijas Isabel y Catalina, escritas desde Lisboa, donde se muestra lleno de dulzura y pródigo en chanzas: Paréceme que se da mucha prisa vuestra hermana escribe en una en salirse los colmillos; deben de ser en lugar de dos que me andan por caer y bien creo que los llevaré de menos cuando vaya ahí Tampoco se recata Felipe II en sus cartas de burlarse de los predicadores plúmbeos me hicieron los dos más largos sermones que he oído en mi vida, aunque dormí parte de ellos y en ponderar la fogosidad de Catalina, que al poco de casarse con el duque de Saboya se ha quedado preñada: Que de estarlo muchas veces no tengo duda escribe su padre muy pícaramente según la buena maña que vos y el duque os debéis dar para ello, que nunca pensé tal de vuestra mesura y muy bien es hacerlo así Entre las cartas no faltan menciones a la afición de Felipe II a los toros, al menos tan rendida como la que muestra por las devociones religiosas: Si los toros que hay mañana son tan buenos como la procesión, no habrá más que pedir Tal vez esa afición ayude a entender que se negase acérrimamente a aplicar la bula antitaurina de San Pío V; y también que su Consejo real dictaminase a favor de la gente del común de El Burgo de Osma, para fastidio de su obispo, que tuvo que soportar que en la plaza de la catedral se siguiesen corriendo toros. Antes de evacuar este dictamen, el Consejo del Rey se preocupó de requerir testimonio a los más viejos del lugar, para probar que esas corridas eran tradición arraigada. Y es que los pueblos leales a sus tradiciones merecen gobernantes capaces de enfrentarse a los poderes más altos; como los pueblos que reniegan de sus tradiciones merecen gobernantes que los vendan a poderes extranjeros, para que les expolien la hacienda y el alma. En dar a cada uno lo suyo consiste la justicia. Este delicioso libro de Gonzalo Santonja nos enseña que en otro tiempo la merecimos mejor que en el nuestro. IGNACIO CAMACHO AUTODEPURACIÓN Centrada en discutir sobre la reacción a los escándalos, la política ha perdido la iniciativa de defenderse a sí misma ODAVÍA está por ver en España que un partido político denuncie a un militante o a un dirigente por corrupción. Hasta ahora el debate regeneracionista se centra en la reacción de mayor o menor tolerancia ante los casos revelados por la justicia o la prensa, lo que en la práctica viene a poner el destino de las listas electorales y los equipos de gobierno en manos de los jueces y los periodistas. A veces, y se trata de un asunto muy serio de violación de garantías democráticas, es la policía la que filtra investigaciones sin contrastar o simples sospechas que sirven de base para la demolición moral de algunos personajes públicos; miedo da que las fuerzas de seguridad, siempre al servicio del poder, dispongan de esa capacidad de señalamiento. De cualquier modo en todos los casos la política va por detrás de los acontecimientos: ha perdido la iniciativa de defenderse a sí misma. Mientras las nomenclaturas partidarias sólo estén pendientes de minimizar el impacto de los escándalos no habrá manera de que la gente crea en su voluntad de autodepuración. El único protocolo creíble de ejemplaridad es el que ha aplicado el Papa en el turbio affaire de los curas granadinos: ordenar él mismo la denuncia penal e iniciar por cuenta propia las investigaciones internas. La ocultación y el amparo sólo contribuyen a promover más desconfianza en las instituciones. Pero a Francisco le llegó hasta Roma la queja de un feligrés porque tiene demostrada su intolerancia ante el abuso; en este momento a ninguna víctima de soborno o extorsión se le ocurre ir a buscar ayuda en el líder de un partido. Consta sin embargo que algunos de los recientes y más sonados episodios de agio eran conocidos, o al menos sospechados, en el entorno político de sus protagonistas. Desde la soltura de Guerrero el de los ERE hasta el desahogo financiero de Granados; desde los manejos comisionistas de los pujoles hasta los regalos de Mato o las visitas de Bárcenas. Indicios patentes, signos externos de actividades subterráneas ante los que nadie quiso hacer otra cosa que apartar la mirada. Lo más lejos más que ha llegado nuestra dirigencia es a apartar con discreción a algún sujeto de apariencia comprometedora, por lo general dejándolo caer en otro puesto menos relevante. El día en que un responsable institucional u orgánico vaya al fiscal contra uno de los suyos habrá empezado de verdad la limpieza de las cañerías de la política. Hasta tanto podemos discutir sobre el momento procesal exacto en que un alto cargo debe abandonar o ser expulsado; la sociedad, erigida en tribunal sumarísimo y a menudo precipitado, aplica por su cuenta penas de telediario. Alguien dijo que la virtud de gobernar consiste en elegir a los mejores y vigilarlos como si fuesen los más deshonestos. La primera premisa falla en España desde hace mucho tiempo pero la segunda no admite más aplazamientos. T JM NIETO Fe de ratas