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ABC LUNES, 24 DE NOVIEMBRE DE 2014 abc. es cultura CULTURA 67 Umberto Eco derriba el mito medieval de la Tierra plana Dice en su nuevo libro que el positivismo acusó al pensamiento cristiano de olvidar el saber de la antigüedad ÁNGEL GÓMEZ FUENTES CORRESPONSAL EN ROMA Crítica de ópera Attila según Verdi Música: G. Verdi. Int. I. D Arcangelo, R. Aronica, A. Smirnova, A. Ódena. Orquesta Sinfónica de Euskadi, Coro Ópera de Bilbao. Dir. de escena: R. Raimondi. Dir. musical: F. I. Ciampa. Temporada ABAO. P Euskalduna, Bilbao. 22 de noviembre COSME MARINA ATTILA Todos lo sabían Pitágoras Pitágoras, que la consideraba esférica por razones místico- matemáticas. Lo habían comprendido también Parménides, Eudosso, Platón, Aristóteles y Euclides. Igualmente lo habían calculado Tolomeo y Eratóstenes La Tierra nunca ha sido plana Con este rotundo titular el escritor Umberto Eco hace en el diario La Repubblica un repaso a los autores que en la antigüedad consideraban que la Tierra era redonda, entre ellos San Isidoro de Sevilla. En el artículo, síntesis de su nuevo libro La Filosofía y sus historias. La Antigüedad y el Medievo que Umberto Eco presenta el 4 de diciembre, el filósofo y semiólogo señala que, a pesar de las muchas leyendas que todavía hoy circulan por internet, todos los estudiosos de la Edad Media, y desde siglos anteriores, sabían que la tierra era una esfera. Sin embargo, una parte del pensamiento del siglo XIX, irritado porque varias confesiones religiosas se oponían al evolucionismo, atribuyó a todo el pensamiento cristiano la idea de que la Tierra fuera plana. Se trataba de demostrar que, al igual que se habían equivocado sobre la esfericidad e la tierra, así también las Iglesias podían equivocarse sobre el origen de las especies. Que la Tierra fuera redonda, con la excepción de algunos autores presocráticos, lo sabían ya los griegos, desde los tiempos de Pitágoras, que consideraba esférica por razones místico- matemáticas. Lo sabía igualmente Tolomeo, quien había dividido el globo en 365 grados de meridiano, y lo sabía el astrónomo Erastótenes, quien en el siglo III a. C. había calculado con una buena aproximación la longitud del meridiano terrestre, considerando la diversa inclinación del sol. Pero lo habían comprendido también Parménides, Eudosso, Platón, Aristóteles y Euclides. Umberto Eco cita a San Isidoro de Sevilla (Cartagena, 556 Sevilla, 636) quien calculaba la longitud del ecuador en ochenta mil estadios. Quien habla del círculo ecuatorial evidentemente asume que la tierra es esférica. Además, la medida que hace San Isidoro no se distancia mucho de la actual. El escritor subraya también que, a pesar de la solidez de tales autores, una parte de historiadores de la ciencia ha sostenido que la Edad Media había olvidado esta noción antigua, y la idea se ha abierto paso también en el ciudadano corriente, hasta el punto que incluso hoy, si preguntamos a una persona culta qué es lo que Cristóbal Colón quería demostrar cuando intentaba alcanzar el levante por el poniente, y qué es lo que los eruditos de Salamanca se obstinaban en negar, la respuesta, en la mayor parte de los casos, San Isidoro de Sevilla Nacido en Cartagena en 556, calculaba la longitud del ecuador en ochenta mil estadios. Quien habla del círculo ecuatorial evidentemente asume que la Tierra es esférica. Además, sus cálculos no se distancian mucho de la medida actual de la línea ecuatorial será que la Tierra era redonda. ¿Porqué entonces se ha podido sostener que la Edad Media considerase la Tierra como un disco plano? se pregunta Umberto Eco. El escritor señala que la impresión de que la Tierra fuera vista como un círculo plano es consecuencia de los mapas que aparecen en muchos escritos medievales. ¿Cómo es posible que personas que aseguraban que la Tierra era esférica hicieran mapas donde se veía una Tierra plana? La primera explicación es que eso lo hacemos también nosotros hoy. Se trataba entonces como hoy de una forma convencional de proyección cartográfica afirma Umberto Eco. En definitiva, Eco argumenta que una interpretación que encuentra sus raíces en las polémicas del Positivismo (s. XIX) ha pretendido mostrar que la Edad Media había removido todos los descubrimientos científicos de la antigüedad clásica para no contradecir las letra de las Sagradas Escrituras. Pero la Tierra nunca ha sido plana. Mereció la pena esperar estos dos meses porque la temporada de ABAO arrancó de forma espléndida con la recuperación de un título muy infrecuente de Giuseppe Verdi, Attila El perfil de estas obras verdianas de sus años de galeras tiene en común la presencia de libretos infumables, mal construidos, y números vocales cerrados y a veces no demasiado bien yuxtapuestos a los que sólo un reparto de buenas voces consigue dar brillo e interés. Aquí, dejando de lado un exceso de celo en lo que al refinamiento expresivo se refiere, puede decirse que, en líneas generales, los cantantes mantuvieron un alto nivel y notable presencia escénica y vocal. En primer lugar el Attila de Ildebrando D Arcangelo, bien planteado musicalmente por el intérprete aunque con algún problema en el primer tramo de la obra. Da plenamente el carácter que el personaje requiere y eso en el panorama actual es mucho. Siempre en primer plano, con un canto vibrante en el que se echó de menos algo de matiz Roberto Aronica fue adecuado Foresto mientras que Anna Smirnova cuajó una Odabella que tuvo sus puntos fuertes en la rotundidad vocal y en el registro agudo, un poco menos en cuanto a una búsqueda estilística que hubiera requerido mayor atención a ciertas agilidades vocales que no se dejaron ver. Muy bueno el Ezio de Ángel Ódena, pletórico, rocoso e imponente en su decurso dramático. Todos ellos tuvieron la complicidad desde el foso del joven director Francesco Ivan Ciampa, verdadera sorpresa de la noche, que llevó en volandas a la sinfónica de Euskadi con una versión de la obra tensa y compacta, con brillo verdiano y un servicio a la partitura encomiable. A él, se debe, en buena medida el éxito de la velada. La producción, proveniente de la Ópera de la Wallonie y Monte Carlo, estaba firmada escénicamente por Ruggero Raimondi que buscó, sobre todo, ordenar la confusa dramaturgia, y un cierto esteticismo pictórico. A su favor jugaron la opulenta escenografía de Daniel Bianco y la impecable iluminación del Albert Faura, no tanto el vestuario de Laura Losurdo que puede venir bárbaro para reciclarlo en una cabalgata de Reyes Magos.