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ABC SÁBADO, 15 DE NOVIEMBRE DE 2014 abc. es opinion OPINIÓN 15 UNA RAYA EN EL AGUA EL ÁNGULO OSCURO JUAN MANUEL DE PRADA INTERSTELLAR Parece que el guión de Interstellar lo hubiese escrito un Hawking en plena resaca de anisete S OSPECHO que Christopher Nolan pretendía (y, desde luego, los que cortan el bacalao así nos lo han hecho creer) que su nueva película, Interstellar, fuese un hito de la ciencia- ficción trascendente en la estela de 2001: una odisea del espacio o Solaris; pero lo cierto es que le ha salido una versión pelmaza de Gravity. Cuando describimos Interstellar como pelmaza no queremos decir tan sólo que sea aburrida, que lo es por arrobas, sino también que es fastidiosa y cargante, entreverada de morcillitas seudocientíficas, para deslumbramiento de la parroquia geek, que no son sino cháchara altisonante para epatar palurdos. Por momentos, parece que el guión de Interstellar lo hubiese escrito un Hawking en plena resaca de anisete, tal es su empacho de cosmología especulativa, su utilización pachanguera de las ecuaciones de Einstein, su desprecio de la indeterminación cuántica, su morralla abracadabrante sobre viajes en el tiempo, agujeros negros y agujeros de gusano. Y conste que con tales elementos pueden tejerse (y, de hecho, se han tejido) maravillosas historias; lo enervante de la película de Nolan es su pretensión petulante de rigor científico que la hace oscilar entre la aridez y el ridículo, con creciente propensión hacia el segundo extremo, a medida que avanza el metraje, largo como un día sin pan. No hace falta ser un lince para descubrir que Nolan es un tipo con un caos mental importante; y me atrevería a decir, incluso, que por ello mismo se ha convertido en uno de los cineastas más idolatrados de nuestra época, cuyo panorama mental se parece bastante a una empanada de berberechos. En su cine siempre hay pacotilla disfrazada de trascendencia, soplapolleces servidas muy embrolladamente, puerilidades engalanadas de sofisticación, como de lector de recuelos del Reader s Digest que se hace pasar por niño prodigio, sabio clarividente y artista visionario, todo en uno (aunque todos sus regüeldos, a la postre, siguen apestando a recuelo del Reader s Digest) A veces, Nolan sirve sus pacotillas con perifollos visuales y alambicamientos argumentales que los convierten en brillantes engañabobos (pensemos en Origen) pero otras se olvida del aderezo y el oropel y la pacotilla resulta árida e irrisoria, una plasta indigesta aderezada con una turra intempestiva de versos de Dylan Thomas y diálogos sonrojantes, como de almanaque para gafapastas con almorranas (en Interstellar hay, entre otras perlas de la digresión soporífera, un diálogo con pretensiones tarkovskianas sobre el amor que merece figurar en cualquier antología de la farfolla) resuelta al modo más chapucero, con un torpísimo montaje paralelo que hubiese hecho cortarse las venas, por desesperación o melancolía, a un David Ward Griffith que volviese para comprobar la vigencia de su legado. En el fondo de esta gran gayola geek (en la que nunca se alcanza el orgasmo, por impotencia creativa) subyace el empacho de seudociencia propio de una época huérfana de ciencia: la física sin metafísica, la antropología sin teología, etcétera. Por eso allá donde en las películas de Kubrick o Tarkovsky anidaba el secreto de una entidad trascendente ¿acaso Dios? en Interstellar sólo hallamos la autosuficiencia del hombre, convertido en fatuo diosecillo de sí mismo. Y es que, como decía Pasteur, poca ciencia nos aparta de Dios, pero mucha nos devuelve a Él; y al olmo idolatrado por una época con catadura de empanada de berberechos no se le pueden pedir divinas peras. Huelga añadir que Interstellar ya ha sido entronizada como un gran hito del cine de nuestra época. IGNACIO CAMACHO ACEPCIÓN DE PERSONAS Duros con las espigas, blandos con las espuelas. Los partidos recitan el discurso regeneracionista con lengua de trapo E han arrugado. No es lo mismo fulminar a un alcalde de Parla o a un diputadito de Teruel que despedir a un presidente de Extremadura o a dos ex de Andalucía. Hay cargos, carguetes y altos cargos, y hay pajaritos y gerifaltes. Acepción de personas se llamaba en el antiguo catecismo. Los partidos, que son organizaciones de nomenclatura, tienen muy presente el valor simbólico de las jerarquías. Resulta muy fácil atizarle un estacazo a un monterilla con las manos largas para presumir de implacable pero darle boleto a un dignatario en entredicho son palabras mayores... que obligan a envainarse las menores. Y eso es lo que les ha pasado esta semana tanto al PP como al PSOE, para regocijo del podemismo rampante: que les han faltado agallas a la hora de ser coherentes con sus altisonantes discursos regeneracionistas. Se ponen duros con las espigas y blandos con las espuelas. El partido del Gobierno ha atropellado sin matices a un parlamentario que viajaba a cuenta del pase oficial a la casa de la mujer con la que convivía, es decir, a su propio domicilio, pero se le han aflojado las piernas para reprocharle al presidente Monago sus contradictorias explicaciones sobre idéntica conducta. No solo eso sino que el mismísimo Rajoy se abrazó al hombre equivocado. La razón es que Teruel existe pero pesa poco y Extremadura es una autonomía en la que se ventila el poder a cara de perro. Pelillos a la mar... océana, o al Guadiana que ya los arrastrará corriente abajo. Y en la acera de enfrente ha cundido el tembleque solo de imaginar a Chaves y Griñán entrando juntos, a su pesar por la puerta del Supremo. Esos no son ediles de pueblo sino próceres de pata negra, profetas del Antiguo Testamento. Don Pedro el Justiciero y doña Susana se han tentado la ropa con casuismos muy alambicados sobre la presunción de inocencia que le negaron al exministro Virgilio Zapatero, que fue gente en el gonzalismo pero ahora solo es un catedrático jubilado. Los dos expresidentes andaluces lo fueron también del PSOE y su expulsión sumaria equivaldría a arrancarle unos pétalos a la rosa del escudo. O a mellar el yunque de Pablo Iglesias el Viejo, que el joven se está partiendo de risa en los recitales de Javier Krahe, Cuervo ingenuo el que le cantaba a Felipe aquello de hombre blanco hablar con lengua de serpiente Sánchez y Díaz hablan sobre la corrupción con lengua de trapo y sus balbuceos le están engordando la bolsa de votos a los coletudos, que ni en sus más estimulantes fantasías podían haber soñado hasta qué punto la realidad iba a adaptarse a su creativo discurso de la casta Y eso es lo malo. Que los dos grandes partidos de la democracia aún no se han acabado de dar cuenta de lo comprometida que está su hegemonía social y política. O tal vez que aunque lo sepan no puedan reaccionar porque están bloqueados por el peso de sus propias inercias. S JM NIETO Fe de ratas