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48 ESPAÑA DOMINGO, 9 DE NOVIEMBRE DE 2014 abc. es españa ABC Alfonso Guerra Hombre de Estado, a pesar de todo Tras 54 años en el PSOE, se va. España le debe su papel central en la Transición y su crítica al pacto entre Zapatero y Mas Primer cartel del cambio Madrid, 14- 9- 1982. Alfonso Guerra, vicesecretario general del PSOE, en el acto de colocación del primer cartel de propaganda de la precampaña electoral del PSOE. El cartel fue instalado en una valla situada en la confluencia de las calles Ríos Rosas y Bravo Murillo IVÁN MATA PILAR CERNUDA E s hombre de teatro, siempre lo ha sido, y su anuncio de que abandonaba la política activa tuvo algo de teatral. No hizo público un comunicado ni convocó una rueda de prensa, sino que, al finalizar la sesión en la Comisión de Presupuestos, que preside, dijo a los diputados que les agradecía la colaboración y la paciencia. Es mi último presupuesto Luego, en los pasillos, confirmó a los periodistas que en un mes deja su escaño y que ha llegado el momento tras cotizar durante cincuenta años a la Seguridad Social. Se retira con 74 años, y desde 1960 forma parte del PSOE. Sevillano por nacimiento y de corazón, en esa ciudad se forjó como el hombre que durante décadas ha estado en primera línea política. Creó un grupo de teatro y fundó una librería la Antonio Machado que se convirtió de inmediato en lugar de reunión de intelectuales y políticos progresistas. Defensor del Rey Juan Carlos Alfonso Guerra sabe de política y de estrategia política como ninguno, y sin ninguna duda es un hombre de Estado. Ha defendido al Rey Juan Carlos como si le fuera la vida en ello cuando vinieron mal dadas para la Monarquía, y su intuición para calar a las personas es proverbial. Por ejemplo, hace varios años, cuando Soraya Sáenz de Santamaría se estrenaba como diputada, Guerra comentó a un grupo de periodistas que era una mujer fuera de lo común y se iba a convertir en una política importante. En el lado malo de la moneda, no admite discrepancias ni réplicas. Lo que aplicó a rajatabla cuando dirigía el partido con mano de hierro. Su advertencia permanente era quien se mueve no sale en la foto Es decir: al que ponía mala cara, fuera. EFE El clan de la tortilla Estudió Peritaje Industrial y después Filosofía y Letras, y esta Facultad le cambió la vida, porque conoció a Felipe González y al grupo de sevillanos socialistas que se hicieron con el poder en Suresnes en el 74, el clan de la tortilla que inmortalizó el fotógrafo Pablo Juliá. Luego llegó la Secretaría Seneral del PSOE para Felipe González, con Guerra como secretario de Información y Prensa. Más tarde fue secretario de Organización, vicesecretario... la aventura imparable que llevó al PSOE al triunfo más importante de su historia: ganar las elecciones de 1982 con una mayoría aplas- tante. En el 74, en la clandestinidad, Felipe González se hacía llamar Isidoro y Guerra era Andrés. Ocho años después Felipe era presidente del Gobierno, y Alfonso, vicepresidente. Una carrera asombrosa, de vértigo, en la que trabajaron codo con codo en una relación que parecía indestructi- ble. Pero la política, ya se sabe, no solo hace extraños compañeros de cama, sino que rompe las amistades más estrechas. Los que siguieron de cerca los años apasionantes de la Transición vieron un paralelismo entre Fernando Abril Martorell y Alfonso Guerra, adversarios, pero a pesar de todo y por encima de todo amigos, hasta el punto de que los dos, mano a mano, lograron superar las asperezas que habían surgido entre los ponentes de la Constitución. En los bajos del restaurante José Luis, junto al estadio Bernabéu, escribieron los puntos del texto constitucional sobre los que no había acuerdo. Tanto Abril como Guerra, brazo derecho de Adolfo Suárez y Felipe González respectivamente, sus leales escuderos, rompieron amarras con los dos presidentes. Rupturas inimaginables en los dos casos y, también en los dos casos, amargas. En el caso de Guerra fue especialmente dolorosa por su vertiente personal: estuvo provocada por un presunto delito fiscal y de tráfico de influencias de su hermano Juan. Alfonso Guerra no deja indiferente. Sus detractores no le encuentran una sola virtud, ni una, y sus amigos le defienden a capa y espada. Su egolatría puede ser irritante, porque cree sinceramente que nadie le iguala en sus capacidades políticas y tampoco en sus aficiones, siempre culturales. Frente a ese Guerra de vanidad exagerada se encuentra el otro con los sentimientos a flor de piel, un pedazo de sentimental, como aseguran quienes mejor lo conocen. Con una lealtad hacia los suyos a prueba de bomba, como ha demostrado en los momentos más complicados de su partido o cuando su ruptura con González. El pacto Zapatero- Mas España le debe mucho. La necesaria moderación del PSOE para que la Transición fuera posible la capitanearon conjuntamente Felipe González y Alfonso Guerra, pero además está su empeño personal en mantener el consenso constitucional, o más recientemente su empeño en dar una vuelta al estatuto que llegaba de Cataluña. No fue el único que expresó su disconformidad con el pacto alcanzado por Zapatero y Artur Mas, y finalmente los críticos, con Guerra a la cabeza era entonces presidente de la Comisión Constitucional del Congreso lograron que Rubalcaba y Alfonso Perales dieran un buen repaso a aquel texto que tantos quebraderos de cabeza había provocado y que siguió provocando incluso después de ser pulido para quedar limpio como una patena Se va. Pero políticos como Alfonso Guerra nunca se van del todo: quedan los recuerdos.