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ABC JUEVES, 6 DE NOVIEMBRE DE 2014 abc. es ENFOQUE 5 Guerra durante el último Debate sobre el estado de la Nación, en febrero de este año IGNACIO GIL Guerra deja la política Ni la madre que la parió JAIME GONZÁLEZ Tal vez porque a España ya no la conoce ni la madre que la parió Alfonso Guerra no repetirá en las listas del PSOE. O porque en política, la única posibilidad de ser honesto es siendo aficionado O porque podremos meter la pata, pero no meteremos la mano O porque el intelectual pedante oculta su ignorancia bajo la pretenciosidad O porque están ustedes locos (a Juan Carlos Monedero, de Podemos) En cada una de sus frases está explicado su adiós. Sospecho que no ha sido Alfonso Guerra quien deja la política, sino que la política ha dejado a Alfonso Guerra, convertido en un marciano en mitad de un paisaje de lunáticos. Guerra era el Johnny Ringo de la época, el pistolero más rápido de aquel saloon en el que los vapores de la libertad se destilaban detrás de la barra. Y la democracia quizás por necesidad era un espectáculo hermoso, porque se disparaba a quemarropa con la lengua, pero con mucho cuidado de no destrozar los muebles de un sistema que era nuevo y había que preservar a toda costa. A Guerra no le hacía falta llenar el cargador: le bastaba con una sola bala. Era un francotirador de la palabra que apuntaba al entrecejo con asombrosa precisión. Se le odiaba o se le amaba, porque su sola presencia en el Bird Cage de aquella democracia era un reclamo para esconderte debajo de la mesa. Entonces, la política era una profesión fascinante. Si la comparamos con el grado de hipocresía actual, Alfonso Guerra era un cínico admirable, un portentoso truhán que ohicano Con Felipe G onzález, dura nte el XXVII diciembre de Congreso del 1976 PSOE en sacaba el codo en todos los balones por alto, pero que no buscaba la aniquilación del rival: solo ganarle. En aquel saloon Guerra desenfundaba como Johnny Ringo, pero no remató a nadie en el suelo. Era un marrullero de libro, un cultivador de la ironía que utilizaba como si fuera una cuchilla de afeitar. Pero no era un degollador, ni un matarife. Entraba duro, al límite del reglamento, pero finalizado el partido era capaz de compartir los vapores de aquella libertad que se destilaba detrás de la barra con sus más fervorosos enemigos. Guerra se va en plena invasión de los lunáticos. Ahora es un marciano perdido en un planeta hostil, desubicado en mitad de un paisaje tan áspero que jamás habría pensado que le echaría de menos. Será porque yo también me estoy haciendo mayor. EFE El último m