Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
14 OPINIÓN HORIZONTE PUEBLA MARTES, 28 DE OCTUBRE DE 2014 abc. es opinion ABC RAMÓN PÉREZ- MAURA DON TANCREDO Es más limpio el país que barre la basura que el que la oculta y procura que no se sepa nada de ella N mi país, cuando los medios hablan de España, sólo hay dos temas: Cataluña y la corrupción Y con esos mimbres, descritos por el embajador en Madrid de un país de peso casi idéntico al de España en la UE, uno se pregunta cómo ha conseguido nuestro país asegurarse el sitio en el Consejo de Seguridad de la ONU. Sin duda ha sido un éxito singular del ministro García- Margallo, que competía con rivales que compraban el voto de países que pesan en la elección exactamente lo mismo que las potencias nucleares aunque no tengan más que unos miles de habitantes en una isla perdida en mitad del océano Pacífico. No pretendamos aminorar la relevancia de lo ocurrido: las detenciones de ayer de varios alcaldes, el exvicepresidente de la Comunidad de Madrid y el presidente de la Diputación de León representan un chorro más que cae en un vaso hace tiempo desbordado. Hay que perseguir la corrupción porque, desde que el hombre es hombre, acompaña su actuación. Pero también es evidente que la corrupción se da, primordialmente, en quien tiene cuota de poder. En los partidos embrionarios, incluso en los de larga vida en la oposición, rara vez se da porque no han gestionado dinero público. La pregunta que parece legítimo hacerse en este momento es si en España florecen tantos casos de corrupción política porque somos uno de los países más putrefactos de Occidente (quizá sí) o porque hemos conseguido tener un sistema judicial verdaderamente independiente que persigue la inmundicia tanto si es del partido del Gobierno como si lo es de la oposición. Y me disculparán mi inocencia, pero yo creo que estamos ante el segundo caso. En España vemos jueces de instrucción procediendo contra la clase dirigente cada día. No hay partido que haya tenido cuota de poder y que no esté señalado. Pero, sin haber razón para estar orgullosos, tampoco hay que avergonzarse tanto. Es más limpio el país en el que se barre la basura que el que la oculta y procura que no se sepa nada de ella. Dicho lo cual, Mariano Rajoy tiene ante sí un grave problema. Los golpes a su partido llegan de todas direcciones. De la etapa anterior a su Presidencia y de la suya, con señalamientos a altos cargos designados por él es decir, que, aunque no hicieran nada ilegal en su etapa, no tenía el mejor ojo a la hora de seleccionar colaboradores Y llegado a este punto, debe actuar con urgencia. Confieso mi simpatía por el arte de Don Tancredo, que el propio don Antonio Maura practicó el 9 de octubre de 1904 en la plaza de toros de Boecillo, siendo presidente del Consejo de Ministros. Pero entonces no existían cámaras de vídeo. Casi no había ni cámaras fotográficas. Por ello las actitudes políticas y de otro tipo de Maura no son equiparables hoy. Rajoy hizo una buena apuesta por la recuperación económica. Llena de sentido común. Pero con eso no le va a valer si lo demás se desmorona... Como está ocurriendo. E COSAS MÍAS EDURNE URIARTE AUTODESTRUCCIÓN Tan importante como la lucha contra la corrupción es el tratamiento político y periodístico de la corrupción L A corrupción es una forma de autodestrucción de los partidos políticos, obviamente, pero el uso de la corrupción como un arma de lucha política lo es aún más. Por ejemplo, cuando el PSOE rompe el pacto anticorrupción con el PP, ayer, por una operación policial contra la corrupción en la que la mayoría de los detenidos y acusados están en la órbita del PP. En una decisión cínica, además de nefasta para los partidos tradicionales, dada la implicación de políticos socialistas, también, en la trama desmantelada. Y antepongo el uso político de la corrupción a la corrupción misma porque no estamos ante un problema específico de los partidos o de la política. Aunque lo parezca en momentos de escándalos mayúsculos como el descubierto en las últimas horas. Es un problema de la naturaleza humana, como la delincuencia en general. Por lo que afecta de forma muy parecida a todas las ideologías y partidos. Y es proporcional al grado de poder, sencillamente, independientemente de quienes lo ocupen. Y, por supuesto, afecta de la misma manera a todas las clases sociales, y ni la clase trabajadora es pura, como soñaba la utopía comunista, ni los ricos roban menos, como ha supuesto parte del liberalismo. No hay más que repasar algunos de los nombres del escándalo de las tarjetas de Caja Madrid. Y aunque todo lo anterior está avalado por los datos, parte de los efectos destructivos de la corrupción se debe a que muchos hacen caso omiso de esos datos. Comenzando por los propios partidos y siguiendo por los medios de comunicación. Los partidos tradicionales, porque se niegan una y otra vez a reconocer que la corrupción es proporcional al grado de poder y no a la ideología. Y los nuevos partidos, porque mienten a los ciudadanos sobre una pureza que solo está determinada por su falta de poder. Hay que sumar a los anteriores a una buena parte del periodismo que disfruta enormemente con el análisis de la corrupción de los políticos, pero corre un tupido velo sobre el que salpica a los propios medios. Como demuestran, por ejemplo, las escasas referencias al medio de comunicación acusado en el caso del supuesto dinero B del PP invertido en tal medio. O el nulo interés en la investigación de relaciones políticas y económicas sospechosas de algunos medios y periodistas. Por todo ello, tan importante como la lucha contra la corrupción es el tratamiento político y periodístico de la corrupción. Para lo primero, es imprescindible ese pacto que el PSOE ahora rompe y que debe extenderse a todos los partidos con sentido de responsabilidad institucional, a no ser que quieran verse engullidos todos ellos por la ola de los populistas. Y que, además de medidas comunes contra los corruptos y por la transparencia, debería excluir tentaciones populistas como algunos planteamientos poco realistas sobre la financiación de los partidos. Y para lo segundo, es esencial una actitud responsable de los medios sobre la corrupción. Que no pretendan etiquetarla como un problema de los demás, de los partidos, frente a la supuesta inocencia de analistas y observadores. Cualquier otra actitud es un espaldarazo más al ascenso del populismo que se tragará primero a sus más directos adversarios, a los que ayer rompieron el pacto. Y horrorizará después a ese periodismo que solo ve inmoralidad en la política y que, por supuesto, no va a ponerse a gobernar. Lo hará el populismo.