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ABC SÁBADO, 20 DE SEPTIEMBRE DE 2014 abc. es PRIMER PLANO 29 Fracasa el desafío al Reino Unido DESDE EDIMBURGO POR ESPERANZA AGUIRRE El referéndum escocés visto por una española L a casualidad ha querido que, por sidir ahora fuera de su tierra y sí lo motivos estrictamente privados, han podido hacer ciudadanos, como estuviera en Escocia desde el pa- los españoles que me encontré, cuya sado miércoles, de manera que he po- relación familiar o sentimental con dido vivir, sobre el terreno y en con- Escocia se limita a estar trabajando tacto directo con la socieallí desde hace muy poco dad escocesa, la jornada División y odio tiempo. Tampoco estoy previa al referéndum en el segura de que un referénque sus ciudadanos han te- La votación ha dum de esta trascendendividido a los nido que decidir si querían cia sea la mejor ocasión escoceses y o no seguir formando parpara rebajar por primera te del Reino Unido, el mis- avivado el odio vez la edad para votar a mo día de la votación y, lo los 16 años. de los más que también es muy imTambién he constatanacionalistas portante, el día de después do que los partidarios del con las reacciones de unos sí han presentado su y otros. propuesta de independencia como la Esto me ha permitido tomar el pul- panacea del buenismo. La indepenso a la calle, charlar con algunos esco- dencia de Escocia han intentado asoceses partidarios del sí con otros ciarla a todas las reivindicaciones escoceses partidarios del no y con buenistas imaginables. Así, según algunos ingleses, ver mucha televisión ellos, en una Escocia independiente y hacerme una idea personal acerca no habría energía nuclear, no habría de la atmósfera que se ha respirado en Escocia en estos días trascendentales. No pretendo, claro está, que mis impresiones y opiniones tengan más valor que el de ser las impresiones y opiniones de una espectadora que, eso sí, siempre sigue con enorme interés la política británica, y con pasión, la española. Con esto quiero decir que admito desde ahora mismo la precariedad de este análisis de urgencia. Al fin y al cabo lo que he hecho en estos tres días, apasionantes para los británicos y para el resto de los europeos, ha sido solo mantener conversaciones con la dueña y huéspedes del Bed and Breakfast donde he estado alojada, hablar con los encargados y clientes de los pubs donde he comido, abordar a algunos de los yesers y de los noers (los propagandistas del sí y del no que podías encontrarte por la calle y que, incluso, estaban apostados a las puertas de los colegios electorales, charlar con algunos españoles que me reconocieron (y que, curiosamente, tenían derecho a votar por el simple hecho de ser residentes en Escocia y haberse inscrito en el censo habilitado para esta ocasión) conversar con bastantes amigos escoceses e ingleses, pasear mucho por las calles y poner el oído a lo que se decía en ellas, y en la televisión. Empezaré por señalar que, para un referéndum de tanta importancia, el censo de los ciudadanos con derecho a voto me parece que estaba elaborado con criterios muy discutibles. No acabo de entender por qué escoceses de muchas generaciones no han podido votar por el simple hecho de re- Seguidores del no duermen mientras esperan en la noche el resultado ejército, no habría contaminación ni se emitiría CO 2 y todo el mundo viviría como en la Arcadia feliz. Pero lo más alarmante de todo lo que he percibido en estas tres inten- REUTERS sas jornadas vividas a pie de calle es que esta votación ha dividido a la sociedad escocesa y me atrevo a asegurar que, además, ha avivado un sentimiento que, aunque me cueste reconocerlo, no tengo más remedio que identificarlo como de odio de los más nacionalistas hacia el resto del Reino Unido y, especialmente, hacia los ingleses. Aunque la peculiar flema, la proverbial contención, la educación, la tradición y la profunda y ancestral cultura democrática de los británicos han colaborado eficazmente a que la campaña y la votación se desarrollaran en un clima de libertad y calma absolutas, yo he percibido el encono con que muchos escoceses hablaban de los ingleses y se expresaban sobre ellos con un desprecio y una saña que se acercan peligrosamente a eso, al odio. Lo que, por otro lado, no debería sorprendernos porque esa es la esencia de los nacionalismos. No es el amor a lo propio (que sería la característica ingenua, positiva y esencial del patriotismo bueno) sino el odio al otro y, sobre todo, al vecino. Cuando he detectado ese odio, ese desprecio de algunos nacionalistas escoceses por los ingleses, junto a los que han muerto a miles durante las guerras de los últimos doscientos años, me he corroborado aún más en mi convicción de la condición letal de los nacionalismos. Y, ya que hablo de esas guerras en las que escoceses e ingleses han muerto codo con codo por defender a su Patria común, no está de más recordar la Guerra del 14, cuyo centenario estamos conmemorando, y tener en cuenta que fueron, precisamente, los nacionalismos exacerbados de unos y otros lo que les llevó a la carnicería más absurda y demencial de la Historia de Europa.