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12 OPINIÓN VIDAS EJEMPLARES PUEBLA DOMINGO, 31 DE AGOSTO DE 2014 abc. es opinion ABC LUIS VENTOSO EL CUBO Aunque hay mucho exhibicionismo en los vídeos de los famosos, bienvenidos sean T ONY Judt, historiador británico de raigambre judía, era un pozo sin fondo y lo divulgaba con agradable claridad expositiva (en contra de lo que piensan muchos ensayistas, en especial los del palo jurídico, ser un turrillas que espolvorea palabros en frases kilométricas no te convierte en un sabio) Cuando se puso de moda aquel panfleto anémico llamado ¡Indignaos! llegó también Algo va mal exitoso librito en el que Judt defendía con elegancia su progresismo keynesiano, aunque no acababa de redondear muy bien sus argumentos. Pero el libro realmente fascinante del historiador pasó más desapercibido. Es su autobiografía, El refugio de la memoria Allí, en unas páginas obligadas por su lección de dignidad en una situación hórrida, cuenta su experiencia como enfermo de esclerosis lateral amiotrófica, la terrible ELA, que convierte a quienes la padecen en prisioneros de su cuerpo. La dolencia degenerativa afecta a 4.000 personas en España y 350.000 en el mundo. No hay cura. Tras una parálisis progresiva, llega el final. Judt, que no perdió su humor zumbón ni sentenciado en la jaula de su propia anatomía, la definió como una prisión progresiva sin fianza Le fue diagnosticada en 2008, al año estaba inmóvil de cuello para abajo y en el 2010 falleció. Dictó su último (y magnífico libro) cuando apenas podía articular palabra. Que alguien tan inteligente, con una mente que corta como un zafiro sin perder jamás el rigor, haya buceado en esa sima es un obsequio a la humanidad, y en especial, a las familias que se vadean con la más radical de las dependencias. Judt relata sus insomnios, cómo repasaba su vida cada noche mentalmente para fugarse de la cárcel en las horas eternas del silencio. Explica la tortura que es un picorcillo de espalda cuando yaces inerme. La guerra psicológica; la angustia de saber que primero perderás la sensibilidad de un dedo, luego de una extremidad, después respirarás con una bomba, al final, ni hablarás... Lo hemos visto en una amiga, que supo muy joven que el destino la había señalado. Hoy el enemigo la va agarrotando y su hijo presenta los primeros síntomas. Pero a veces, cuando mira, con esos imponentes ojos verdes donde aún titila la ilusión, vuelve a ser aquella chica preciosa de la panda de los 16 años. Sus alegría es su marido, siempre ahí, esas amigas parranderas que todavía se la llevan de terraceo, su familia. Ni un paso atrás. Famosos de todo el mundo han iniciado una campaña solidaria que consiste en echarse encima un cubo de agua helada y grabar la escena para recaudar fondos. La idea viene de Estados Unidos. Allá se han recaudado 53 millones de dólares. Aquí ya tenemos a nuestros bisbales, shakiras y casillas cubo en ristre, pero la recaudación es pírrica. Cuando los vemos tan jacarandosos con sus cubos, resuena aquella sentencia evangélica, que dice que en caridades tu mano derecha no debe saber lo que hace la izquierda. Si son tan solidarios: un donativo anónimo con muchos ceros... Pero pensándolo mejor, si el exhibicionismo de la farándula mojada ayuda contra la ELA, bendito sea. PROVERBIOS MORALES JON JUARISTI CIPRESES Los cipreses marcan transiciones: entre la vida y la muerte, el cielo y la tierra o entre el verano y la realidad T ODOS los años por estas fechas me despido de los miles de cipreses que flanquean la carretera de la costa adriática oriental, asomando como un ejército de pirulíes lúgubres tras los muros de las villas que se escalonan en la ladera kárstica. Árboles de hoja perenne, los asocio con el paisaje estival, pero ya en su declive hacia el inevitable otoño. Sé que es una asociación caprichosa y arbitraria, sin fundamento en la naturaleza, porque los cipreses, como honradas coníferas, no cambian de aspecto a lo largo del año. Arrastran, no obstante, un simbolismo mortuorio, aciago y melancólico. Qué pena. Ya se plantaban cipreses junto a las sepulturas en la Grecia arcaica, donde estaban consagrados a los dioses infernales. Desde entonces, basta la presencia de uno solo para arruinar el escenario más risueño. Lo he comprobado con numerosas promociones de estudiantes a los que he hecho leer en clase aquel poema de Antonio Machado que comienza Las ascuas de un crepúsculo morado detrás del negro cipresal humean... Cuando se les pregunta qué describe el poeta, contestan sin dudarlo: Un cementerio Pues no: una glorieta del parque sevillano de María Luisa. Porque Machado evitaba relacionar el ciprés con la necrópolis, y así, en su inventario de especies arbóreas, afirma que es del huerto la elegancia el ciprés oscuro y yerto Pero tuvo el poeta que calzarle ese epíteto funesto, yerto La descripción literaria más simpática que conozco del ciprés se debe a Julien Gracq, un geógrafo francés metido a escritor: El ciprés: intrusión severa, violentamente contestataria, del universo de los sólidos entre la loca agitación femenina histérica de las hojas y de las ramitas a cada instante movidas por el viento. Aquí todo es rechazo ejemplar de la flexión. Las ramas se cierran sobre el tronco como las varillas reforzadas de un paraguas, las puntas se pegan con fuerza como los pelos de un pincel encolado. Los frutos mineralizados, con la extraña rigidez de los fósiles, hacen pensar en minúsculos balones de fútbol de costuras estalladas, aunque a esos segmentos disjuntos que provocan a la uña ninguna fuerza puede separarlos ¿Creen los cipreses en Dios, como sostenía el título de la novela de José María Gironella? Gracq diría que no, que su solidez ¿masculina? tiende a lo inerte y mineral, como el ciprés yerto de Machado, dichoso porque es apenas sensitivo al modo del árbol genérico de Rubén Darío, próximo ya a la piedra dura. Es su tensión vertical la que lo convierte en imagen de la escala celeste, por donde suben las almas y descienden los ángeles. Enhiesto surtidor de sombra y sueño que acongojas el cielo con tu lanza llamó Gerardo Diego al ciprés de Silos, combinando en plan golfo y vanguardista el fervor místico con las connotaciones fálicas. Al contrario que el poeta cántabro, siempre he relacionado a los cipreses con caminos sobre la tierra, retorcidas llamaradas verdes junto a los trigales maduros en los óleos de Van Gogh, humaredas al borde de los campos segados y polvorientos, marcando siempre una ruta horizontal, una transición entre estaciones, como esta que nos lleva desde el tranquilo agosto propicio a los gorgoritos líricos hacia un otoño incierto. Sombra y sueño. Enhiesto surtidor de sombra y sueño Píndaro reescrito por Gerardo Diego. O por Luis Alberto de Cuenca: Somos el sueño de una sombra, amigo