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10 OPINIÓN POSTALES PUEBLA MIÉRCOLES, 20 DE AGOSTO DE 2014 abc. es opinion ABC JOSÉ MARÍA CARRASCAL LA COSA NOSTRA ANDALUZA ¿Cómo se puede pedir a Susana y a Pedro que condenen a quienes les pusieron en sus cargos? Sería suicidarse políticamente S casi imposible, dice la juez Alaya en su auto sobre los ERE andaluces, que don Manuel Chaves y don José Antonio Griñán no conocieran el entramado urdido desde la Junta para desviar dineros públicos hacia otras actividades de las supuestas. El casi es cortesía jurídica si pensamos que ambos eran presidentes de la Junta mientras se diseñó y ejecutó el plan, habiendo firmado los decretos correspondientes. Del mismo modo, es casi imposible que Susana Díaz y Pedro Sánchez condenen el comportamiento de ambos expresidentes, siendo la primera una creación de Griñán y el segundo una creación de la primera, ya que sin ella no sería secretario general del PSOE. Con lo que la refundación del partido que ambos pretenden se va a la cuneta ya en la primera curva. Sin que sirva invocar el precepto jurídico de que todo el mundo es inocente hasta no ser declarado culpable porque nos movemos en el terreno político, donde la norma es la mujer del César no solo tiene que ser honesta sino también parecerlo y no les digo nada el César mismo. Del mismo modo, el que Chaves y Griñán no se beneficiaran crematísticamente del desvío irregular de los fondos de la Junta que presidían es inaplicable porque su rédito fue de otra índole, puede que mayor: permitirles ganar elecciones y mantenerse en el poder, con todo lo que eso representaba en una Andalucía convertida en un cortijo. Tampoco hace falta leerse entero el mamotreto que la juez Alaya ha enviado al Tribunal Supremo para percatarse de que las instituciones oficiales andaluzas habían montado una red irregular de estructuras oficiosas que se retroalimentaban mutuamente. Se usaban las jubilaciones anticipadas de empresas en quiebra para meter de matute a amigos y familiares que nunca habían trabajado en ellas; se utilizaba la ayuda a los parados para beneficiar a compañeros de partido; se daban cursos y títulos de formación inexistentes a través de academias sin el profesorado adecuado; se creaban empresas ficticias para canalizar las subvenciones; se repartía pródigamente el dinero público y comunitario entre sindicatos y empresarios afines, para tener a todos contentos y, por si todo ello fuera poco, se ignoraban olímpicamente las advertencias de los controladores oficiales que año tras año advertían de las tropelías que se estaban cometiendo, que es la mejor señal de que las autoridades se creían inmunes. ¿A quién iban a temer si ellas decidían qué estaba bien y qué estaba mal? No creo, por tanto, exagerado calificar de cosa nostra el régimen andaluz, ni extraño que haya sobrevivido tres décadas. Ellos se lo guisaban y se lo comían. El precio ha sido alto el mayor paro de España y el menor crecimiento pero los treinta años de fiesta no se los quita nadie. En tales condiciones, ¿cómo se puede pedir a Susana y a Pedro que condenen a quienes les pusieron en sus cargos? Sería suicidarse políticamente, ellos que esperan llegar a lo más alto. E LLUVIA ÁCIDA DAVID GISTAU CAPRICHO HISTÓRICO Augusto encaja como nadie en la frase que León Bloy dedicó a Napoleón: el hombre al que la multitud implora que restaure el orden cuando hay gran caos YER reparé en que se cumplían dos mil años desde la muerte de Augusto. Y ahora es cuando algún despistado que de Roma sólo conoce lo que ha visto en la serie de la HBO me reprocha el spoiler como me ocurrió en La pasión de Cristo con un espectador a quien dije en broma: Al final, el prota muere Augusto, cuyo bimilenario constituiría un pretexto para uno de los extraordinarios perfiles históricos con los que Jacinto Antón nos redime en la lectura de periódicos de las Rihannas del verano, es mal llamado primer emperador de Roma. En realidad, el asesinato de César siempre le recordó lo peligroso que era soliviantar al Senado con pretensiones monárquicas intolerables desde la expulsión del etrusco Tarquino. Por ello, utilizó un eufemismo, el de Primus inter pares que permitió a los senadores salvar la dignidad en apariencia mientras a su alrededor se completaba el advenimiento de una dictadura militar que con el tiempo sí perdería los últimos pudores republicanistas para entregarse a absolutismos tan fuertes que Carmen Calvo, cuando era ministra de Cultura, y tal vez confundida por el secuestro de la palabra fasces por parte de Musollini, retiró la subvención a una excavación por considerar a los romanos fascistas que lo serían ya unos dos mil años y pico antes de la fundación de ese movimiento. A Ahora ya no tengo tan frescas las lecturas sobre ese periodo que siempre me resultó fascinante, el del turbulento final de la república cuyo símbolo terminal es el suicidio de Catón en Útica, arrancándose los vendajes y sus propias tripas después de que le saliera mal el primer intento con la espada. Pero Augusto encaja como nadie en la frase que León Bloy dedicó a Napoleón: el hombre al que la multitud implora que restaure el orden cuando hay gran caos. Napoleón provocó otro caos posterior al que reparó. Pero no así Augusto, quien, mientras obraba la famosa mutación arquitectónica de la ciudad del ladrillo al mármol gestionó una hegemonía pacífica en el interior cuyo único gran desastre militar fue la pérdida de los estandartes, por parte de Varo y a manos de Arminio, en la emboscada del bosque de Teutoburgo. Endeble, pálido, delgado, enfermizo, un verdadero outsider a quien nadie en principio vio venir, ni siquiera después de ser designado heredero por César, Augusto fue el amo del mundo conocido. Obtuvo la grandeza ambicionada por César. Terminó con un ciclo histórico, los últimos años de la república, caracterizado por una serie de escalofriantes guerras civiles. La de César contra Pompeyo (Farsalia) La de Marco Antonio y Augusto (entonces todavía Octavio) contra los asesinos de César (Filipos) La de Augusto contra Marco Antonio y Cleopatra, destrozados en Actium por la flota de Agripa y abocados a un suicidio banalizado y mal contado luego por el cine. Augusto fue prácticamente el único hombre que quedaba vivo después de que las guerras y las proscripciones arrasaran con los grandes nombres, repetidos a lo largo de la historia, de la oligarquía senatorial. No sólo la muerte de Catón fue símbolo de todo cuanto acababa con una desaparición republicana apenas demorada por la ejecución coral de César. Hubo otro episodio aún más estremecedor que Zweig incorporó a su compendio de la humanidad: la lengua y la mano de Cicerón clavadas en la puerta del Senado, cumplida la venganza que Marco Antonio se prometió mientras escuchaba las Filípicas. Perdón por la digresión. Pero, dos mil años después, estas noticias no envuelven el pescado de Walter Lipmann.