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64 ABCdelVERANO RELATO SÁBADO, 16 DE AGOSTO DE 2014 abc. es estilo ABC El tesoro del Museo del Prado Por Juan Gómez- Jurado ...en realidad no lo está En el capítulo anterior Pablo ha logrado despistar a Tatuaje para que abandone su puesto con una valiente y ridícula maniobra, dejando el campo libre para que Diego, Fran, Salva y Gala se cuelen en la escalera de servicio. Pero cuando llegan al lugar que marcaba la carta de Vaamonde, no encuentran más que una pared blanca y vacía. iego metió la llave maestra en la cerradura y atravesaron la puerta, de madera marrón y desgastada, que debía llevar allí desde los tiempos de Villanueva, el arquitecto original del museo. El joven no la había atravesado nunca y, por lo que vieron al cruzarla, tampoco la usaba mucha gente. Era una vieja escalera de servicio, intrincada y sin rehabilitar. Los escalones estaban llenos de polvo. Contaron seis pasos desde la puerta, tal y como indicaba la última de las pistas, la nota que habían hallado en el busto de Julio César. Allí donde les llevaban los pasos no había más que una enorme pared blanca y vacía. -No puede ser... -dijo Diego, golpeando la pared con rabia- Tiene que haber algo. No podemos habernos equivocado. ¡Espera un momento! -dijo Fran, señalando al suelo- ¡Mira eso! Diego siguió la dirección del dedo de Fran, y vio que una fina capa de virutas de yeso y pintura había caído al suelo. -Lo que parece vacío, en realidad no lo está. -Vuelve a golpear- -dijo Fran. El joven negó con la cabeza. Había sido fruto de un impulso, pero ya notaba el dolor creciendo en los nudillos. -Paso, tío- -dijo Diego, frotándose las manos- Vamos a... -Déjame a mi- -espetó Salva, apartándole. Salva golpeó la zona donde había pegado Fran. Con el hombro, con el codo, con la planta del pie. Una y otra vez, descargando toda la rabia, todo el dolor, toda la frustración que había acumulado durante los últimos meses, ahora que por fin tenía algo contra lo que hacerlo, en lugar de ser una marioneta inerme, a merced de las equivocaciones de sus padres. Con cada golpe caía más yeso de la pared, que poco a poco se iba desconchando y revelando que aquella zona que sonaba a hueco no era parte de la pared, sino algo distinto. Uno de los golpes reveló una grieta particularmente uniforme y recta. -Es... ¡una puerta! -dijo Gala. -Rápido, sacad algo para buscar D esos bordes... ¡unas llaves, un boli, lo que sea! Todos se pusieron a trabajar con lo que llevaban en los bolsillos. Salva incluso se quitó el cinturón para usar la hebilla para ir limpiando y desvelando la grieta. Las uñas de todos se iban llenando de blanco, y trozos de yeso y pintura se les pegaban a la cara y al pelo, pero no se detenían. Sabían que tenían los minutos contados. A medida que los bordes aparecían a la vista, porciones irregulares de revoco iban cayendo al suelo. Revelando al fin una puerta pequeña, como la de una alacena, de madera de un color indefinido. ¿Cómo demonios abrimos esto? -dijo Salva. -Por aquí- -dijo Fran, tocando un punto de la puerta donde esta parecía moverse menos- Por aquí debe estar la cerradura. Rasparon un poco más, valiéndose de las uñas e incluso de una ficha de plástico de un huevo de chocolate con sorpresa. ¡Lo tengo! ¡Un agujero! Diego se echó la mano al bolsillo, donde guardaba la llave que había encontrado en el diario de Vaamonde. La introdujo en el ojo de la cerradura, rogando en silencio que funcionase. No entraba. -Las estás metiendo al revés, genio- -dijo Salva. Diego consiguió controlar el temblor de sus manos y sus nervios para darle la vuelta e introducirla en su sitio. Sorprendenmente, la llave giró a la primera, y la puerta se venció hacia afuera unos centímetros. ¿A qué esperas? ¡Ábrela! Diego tiró de la llave, y la puerta se abrió con un crujido, por primera vez en décadas. -Alumbrad aquí. Fran asomó el móvil por encima del hombro de Diego, iluminando el interior de un espacio de unos dos metros de fondo, dos de largo y uno de alto. Las paredes estaban desnudas y polvorientas, y casi todo el sitio lo ocupaba un gran arcón de madera. No tenía cerradura. Vaamonde pensaría que no era necesario. Y tenía razón. Nadie habría encontrado este escondite si no sabía que lo estaba buscando, pensó Diego. Con respeto referencial, alzó la tapa. La luz del móvil de Fran arrancó una miríada de reflejos dorados, plateados y ambarinos al interior del arcón. -Os- tras- -dijo Salva. -Ha estado años y años aquí encerrado y la gente pasando a su lado, sin saber que a pocos metros la pared ocul- taba esta maravilla... -dijo Gala. -Increíble. Increíble, ciertamente- -dijo Fran. Diego no dijo nada. Cualquier cosa que dijese en ese momento arruinaría lo que estaba pasando dentro de su corazón. Todo a lo que había estado dispuesto a renunciar, comenzando por el amor de Gala. Todo lo que había pretendido conseguir, empezando por ayudar a su mejor amigo. Todo lo que había hecho, se dio cuenta de que en realidad lo había hecho por sí mismo. Para vivir aquel momento. Tener trece años y encontrar un tesoro auténtico con tus mejores amigos... esa es la mejor sensación del mundo. Lástima que durase tan poco. -Vaya, vaya. ¿Qué tenemos aquí? Se dieron la vuelta. Allí estaba Tatuaje sosteniendo a Pablo por el brazo... Concluye mañana, domingo 17 de agosto