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12 OPINIÓN SÁBADO, 16 DE AGOSTO DE 2014 abc. es opinion ABC DIARIO DE UN OPTIMISTA LA YIHAD CONTRA LAS MUJERES POR GUY SORMAN La guerra que se reaviva desde Afganistán hasta África Occidental no enfrenta en realidad al Islam con Occidente, sino a la esperanza en la modernidad para todos, en todas las civilizaciones, de todas las religiones, con una regresión crepuscular hacia aquella época en la que la vida era breve para todos y en la que las mujeres se veían reducidas a la esclavitud y a la maternidad forzosa ¿Q UÉ relación existe entre movimientos islamistas tan dispersos como Al Qaeda, Hamás, Hezbolá, Boko Haram, los talibanes o el Estado Islámico de Irak y Siria? Todos recurren al Corán, pero proponen interpretaciones diversas; todos pertenecen a culturas diferentes, desde la nigeriana hasta la afgana. Pero hay al menos un rasgo que los une y que tiene menos que ver con la religión o la ideología que con algo que podríamos denominar psicoanálisis de grupo: el odio hacia las mujeres. ¿No resulta extraño que la prioridad de estos islamistas dondequiera que libren sus batallas o tomen el poder, sea someter a las mujeres? En Teherán, los ayatolás no paran hasta que ni un solo cabello asoma por fuera del chador; en Kabul, el burka da un aspecto uniforme a las afganas, cuando no se las viola o se las reduce a la esclavitud, lo cual es su destino actual en Nigeria o Irak. No es en el Corán donde encontraremos el origen de este odio hacia las mujeres y de la obsesión con su cuerpo: el profeta Mahoma no trataba a las mujeres con violencia ni desprecio y su esposa Jadiya participó junto a él en sus conquistas y su revelación. En efecto, es cierto que en Occidente, hasta la época actual, las mujeres siempre han sido infravaloradas, pero no exterminadas como lo están siendo en este mismo momento, en nombre de Alá, en Nigeria y en Irak, en el monte Sinyar. Para entenderlo, en vez de leer y releer el Corán, la obra contemporánea de Sayyid Qutb Justicia social en el Islam publicada en 1949, me parece una fuente más esclarecedora del yihadismo que todas las supuestas referencias de los islamistas a los tiempos del Profeta. Qutb, maestro egipcio invitado a viajar a Estados Unidos en 1947 para completar allí su formación, sufrió en Nueva York un choque emocional cuya naturaleza desconocemos, pero que le transformó en el ideólogo fundador del islamismo moderno. Fue en Nueva York donde conoció al diablo: este, según Qutb, se manifestaba adquiriendo la forma de las mujeres estadounidenses, con sus brazos y piernas desnudos. Esta exhibición relativa (las mujeres de 1947 nos parecerían ahora de una castidad extrema) trastornó a Qutb, quien transformó lo que adivinamos era su frustración en una revuelta piadosa contra Occidente y sus criaturas, y luego en un llamamiento a la guerra santa contra el Occidente tentador. Sin duda, la exaltación de Qutb no habría tenido consecuencias en su país, Egipto, que estaba ex- perimentando una rápida occidentalización, si el dictador de la época no hubiese tenido la mala idea de encarcelarlo, junto a otros dirigentes de la Hermandad Musulmana, y de hacer que los ahorcaran. Nasser hizo que estos islamistas se inclinasen por la violencia y la obra de Qutb se convirtió en una especie de segunda revelación, una nueva lectura del Corán para uso de los yihadistas contemporáneos. Su aborrecimiento del cuerpo femenino, una obsesión personal de un joven inestable, se convirtió en un programa político. Evidentemente, el hecho de que la mujer, su cuerpo y su condición centren el combate entre los yihadistas y la modernidad (musulmana y no musulmana) va mucho más allá del destino particular de Qutb. La historia de la modernidad coincide con la de la liberación de las mujeres. Dondequiera que los pueblos sean miserables, dondequiera que reinen el despotismo y la ignorancia, las mujeres son víctimas de todo ello en mayor medida que los hombres. Dondequiera que la educación, la economía y la democracia progresen, las mujeres suelen ser las primeras beneficiarias y a menudo las impulsoras decisivas de estos cambios. Los yihadistas, al tener como prioridad aplastar a las mujeres, no solo las matan a ellas, sino que condenan a todo su pueblo al retraso cultural, económico y político. La guerra que se reaviva desde Afganistán hasta África Occidental no enfrenta en realidad al Islam con Occidente, sino a la esperanza en la modernidad para todos, en todas las civilizaciones, de todas las religiones, con una regresión crepuscular hacia aquella época en la que la vida era breve para todos y en la que las mujeres se veían reducidas a la esclavitud y a la maternidad forzosa. En Occidente, siempre encontraremos algunos tontos útiles (expresión de Lenin para definir a los intelectuales que defendían el bolchevismo) que prefieran Hamás a Israel o que se opongan por principio a toda intervención del Ejército estadounidense; su única excusa es ser verdaderamente tontos o malvados o que, como Qutb, no soporten sin desfallecer la visión de una mujer con los brazos desnudos. CARTAS AL DIRECTOR Muerte a los infieles Produce verdadero estupor saber que barbaries cometidas por el ser humano pueden llegar a rozar el esperpento. Hemos sabido que el yihadista Estado Islámico ha acabado con la vida de 500 personas, incluidas mujeres y niños; además, 300 mujeres han sido convertidas en esclavas; todos ellos son miembros de la minoría yasidí en el norte de Irak. El motivo no es otro que negarse a renunciar a sus ideales religiosos para abrazar el Islam por la vía de la imposición. Se convierte en tarea agotadora tratar de asimilar que, en pleno siglo XXI, haya quienes prorrum- pen en la existencia de otros seres y les obligan a creer algo que les es ajeno y se escapa a su capacidad de razonamiento. Algunos de estos mártires, víctimas de la iniquidad más mezquina y miserable, han sido enterrados con vida. Se me escapa el calificativo que merecen estas acciones, hipérboles de la maldad, plétoras desproporcionadas que creía ajenas a la condición humana. Dios quiera que sus perfidias y desafueros contra la dignidad del hombre sean fruto de la ignorancia, de la indigencia intelectual o la ingenuidad de creerse profetas, emisarios de un dios que reclama venganza contra los infieles Como cristiana que soy, no puedo sino perdonar a estos verdugos que, a mi entender, obran conducidos por un fanatismo que les nubla el entendimiento. TERESA MELGAREJO MÁLAGA Adiós, Lauren Cuando, al final de esa joya que es Tener y no tener una muchacha de 18 años cruzaba delante de la cámara, grácil, armoniosa, moviendo la cintura de una forma que solo cabe calificar como irreal, la gran dama acababa de entrar en el panteón de los inmortales del séptimo arte, y seguramente ya había secuestrado el corazón del gran Bogart, el tipo duro, de una pieza, el pedernal con un corazón de mil quilates, que pese a su cubierta de ácido cinismo y su inquebrantable matrimonio, en la pantalla y fuera de ella, con el alcohol, no tuvo otro remedio que claudicar ante Lauren. Se había forjado la gran pareja de Hollywood. Lauren Bacall era magné- En Corea, con los más vulnerables El Papa pide cita con los más vulnerables en Corea, y es que en la misa del 18 de agosto en Seúl participarán también representantes de muchos grupos que viven marginados por la sociedad de Corea del Sur. Es un signo de la Iglesia y del Papa para estas personas. Y hará mucho bien a todos aquellos que están comprometidos con el buen gobierno y los derechos humanos en el país. VALENTÍN ABELENDA GERONA tica e inalcanzable al mismo tiempo, y de glacial elegancia. Su imperecedera mirada era el más excitante cóctel de ingenuidad y malicia, ternura y pecado que nos ha regalado la historia del cine. Era la manzana del árbol prohibido que, gracias a la inmortalidad del cine, podremos seguir disfrutando y paladeando por siempre. Desde donde estés, nunca dejes de mirarnos y engatusarnos, nena. MARTÍN SERRADILLA RAMOS MADRID Pueden dirigir sus cartas y preguntas al Director por correo: C Juan Ignacio Luca de Tena 7. 28027 Madrid, por fax: 91 320 33 56 o por correo electrónico: cartas abc. es. ABC se reserva el derecho de extractar o reducir los textos de las cartas cuyas dimensiones sobrepasen el espacio destinado a ellas.