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ABC SÁBADO, 16 DE AGOSTO DE 2014 abc. es opinion OPINIÓN 11 UNA RAYA EN EL AGUA EL ÁNGULO OSCURO JUAN MANUEL DE PRADA SI ME NECESITAS, SILBA Bacall era, también (y sobre todo) la viuda de Humphrey Bogart, aunque después de su muerte volviera a casarse otras dos veces T ENÍA unos ojos grandes que te hacían temblar de miedo o de deseo y una onda agreste en el cabello que a veces los ocultaba, como se oculta un pensamiento impuro. Era peligrosa como una pantera enjaulada, con una sonrisa socarrona que parecía estar de vuelta de todos los desengaños y de todas las resacas. James Ellroy podría haberla incluido en cualquiera de sus novelas ambientadas en aquel Los Ángeles pútrido y eléctrico de los años cuarenta cincuenta: un relámpago de satén iluminando la noche, una mirada felina arrastrando a la perdición a cuantos hombres se cruzan en su camino, una risa áspera y poco femenina acompañando la derrota mohína de sus pretendientes. Lauren Bacall era la femme fatale, la mantis religiosa, la gata de ojos de ágata. Y era, también (y sobre todo) la viuda de Humphrey Bogart, aunque después de su muerte volviera a casarse otras dos veces, aunque protagonizara multitud de escarceos eróticos; y es que no todos los días se casa una con un mito. Se conocieron durante el rodaje de Tener y no tener, adaptación de uno de los relatos más horrorosos (y ya es decir) de Hemingway dirigida por Howard Hawks. Hawks se había enamorado de la gata Bacall, después de verla en la portada de Harper s Bazaar: tenía tan sólo diecinueve años y ni puñetera idea de interpretación, pero Hawks consiguió convencer a los jefazos de la Warner de que su mera presencia física basta- ría para poner cachondo al público masculino. Por supuesto, a Hawks no se le pasó por la cabeza que su gatita pudiera enamorarse del coprotagonista, un gastado Bogie veinticinco años mayor que ella, con su incipiente calvicie, su perpetuo mohín de desencanto, su voz roedora, su aliento fragante de whisky y tabaco. Y, en efecto, durante las tres primeras semanas de rodaje, la gata Bacall ni lo miró a la cara; pero, a la tercera semana, a Bogie se le hincharon las pelotas, entró en el camerino de la gata y la besó como sólo saben besar los machos (los pocos que vamos quedando) Y la gata Bacall se rindió ante el feo Bogart, que se la llevó a casa, dejando con dos palmos de narices al Pigmalión Hawks. No hay nada que dé más placer que birlarle la novia a un amigo que va de sobrado. La gata Bacall, ya lo dijimos, era un relámpago de satén iluminando la noche; pero Bogie supo domarla. En lo que no quiso seguirla (y aquí se demuestra que Bogie era un hombre cabal) fue en sus simpatías pelmazas por el partido demócrata. Cuando los pulmones de Bogart, asfaltados de nicotina, enfermaron de cáncer, la gata Bacall se lió con Frank Sinatra, que se la llevaba de farra a Las Vegas, capital de su emporio mafioso, y le comía la oreja susurrándole baboserías de crooner. Bacall negó siempre que su relación con Sinatra comenzase antes de que muriese Bogart; pero varios biógrafos aportan pruebas que nos inclinan a sospechar lo contrario. Ya se sabe que no se puede tener una pantera enjaulada impunemente; y Bogart no creo que lo ignorase. Pero, si le fue infiel, recibió con creces su castigo. Porque Lauren Bacall, mientras el mundo sea mundo, será la chica de Bogart. Y estoy seguro de que ella misma, en la hora vertiginosa de la agonía, recordaría la risa roedora de su macho, el mohín desencantado de sus labios, su aliento fragante de whisky y tabaco, y volvería a escuchar, como en un bisbiseo, aquel diálogo inmortal de Bogart en Tener y no tener: Conmigo no tienes que fingir. No tienes que decir nada. Si me necesitas, silba. Sabes silbar, ¿no? Sólo tienes que juntar los labios y soplar. Y yo acudiré a la llamada Y Bacall silbó, llorosa y arrepentida de sus escarceos. Y Bogie acudió a la llamada. Los machos de verdad siempre se apiadan de las gatas sin dueño. IGNACIO CAMACHO HASTA EL HARTAZGO Advertencias del interventor: burocracia pejiguera. ¿La Ley? Como dijo Nixon, si lo hace el presidente es legal. Y lo hizo ARTAZGO. Eso es lo que dice la jueza Alaya en el escrito con que ha elevado el caso de los ERE al Supremo. Que el interventor de la Junta de Andalucía advirtió hasta la saciedad de la ilegalidad del procedimiento de transferencias que facilitó y sirvió de base administrativa al fraude. El hartazgo de aquel funcionario tiene cifras: fueron diecisiete veces, diecisiete avisos, diecisiete advertencias escritas con timbre oficial y enviadas por el procedimiento reglado. Y en otras tantas ocasiones fue desoído; una consejera de Griñán declaró incluso que metió los escritos en un cajón para no molestar al César con aquellas zarandajas de burocracia pejiguera. Había voluntad política, había mayoría parlamentaria, había decisión del Gabinete: qué más se necesitaba. ¿La ley? Bah, minucias: como dijo Nixon, si lo hace el presidente es legal. Y el presidente primero Chaves, luego Griñán lo hizo. Por acción u omisión. Era imposible que desconociese la estructura jurídica de aquel sistema opaco que establecía una partida presupuestaria camuflada para repartir fondos discrecionales. Así lo escribe Alaya: Resultaba imposible Podía ignorar la atribución irregular del dinero, los manejos estrafalarios de aquellos tipos que repartían subvenciones a su antojo, la existencia arbitraria de intrusos en los expedientes de prejubilación, el tráfico ilícito de comisiones. Sólo faltaría que hubiese estado al tanto. Pero el jefe de un Gobierno autonómico con poderes cuasi federales tenía que saber que en su Consejo ejecutivo se adoptaba contra el criterio expreso de la Intervención oficial una decisión que suponía menoscabo de los fondos públicos. Y si no lo supo se trata de negligencia grave: un gobernante que se inhibe de las responsabilidades de su propio trabajo. Tal vez el Tribunal Supremo opine de otro modo. Quizá sus magistrados decidan que los presidentes no fueron debidamente informados y los exoneren de la acusación de haber dado luz verde al soporte de una gigantesca estafa. Pero ya nadie, después del larguísimo auto de la instructora y de su prolija, farragosa, lenta e incluso excesiva investigación, de su exhaustiva acumulación documental de indicios, testimonios y pruebas, podrá dudar de que el escándalo de los ERE no fue una simple malversación cometida por venales mandos intermedios, sino la consecuencia de un subterfugio financiero urdido y coordinado en los despachos con la finalidad expresa de eludir el control de las cuentas. Es decir, un fraude estructural, sistémico y prolongado, denunciado hasta el hartazgo por quien tenía la obligación de hacerlo. Por cierto. Aquel interventor, un hombre de confianza del PSOE, terminó hartando, en efecto, a sus jefes. Lo utilizaron como cortafuegos de la plana mayor y lo señalaron, en la comisión parlamentaria que investigó el asunto, como el principal responsable. H JM NIETO Fe de ratas