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10 OPINIÓN VIDAS EJEMPLARES PUEBLA SÁBADO, 16 DE AGOSTO DE 2014 abc. es opinion ABC LUIS VENTOSO EL TRIUNFO DEL HISTRIÓN Ver a los chavales adorando a Raphael es un curioso gesto de justicia poética OS que fuimos niños en la era de Naranjito lo frecuentábamos más por sus imitadores que escuchando al original. En la tele a blanco y negro de finales de los setenta, parodiar a Raphael era una manera económica y resultona de rellenar las veladas televisivas. Si no estaba Uri Geller destrozando cucharas, o Rafaella Carrá enseñando un poco de cacha tolerada, siempre emergía el pobre Fernando Esteso haciendo la raphaelada. Eran los tiempos de La 1 y el UHF, cuando todavía no habíamos sido colonizados por las mamachicho de Berlusconi (que hoy sigue mamachizando nuestras vidas, inculcándonos una visión ceniza de una España que crece al 0,6 mientras la Italia que nos tele- adocena está en recesión) En el cambio del siglo XX al XXI, y cuando para nada nos acordábamos de él, nos regalaron unas entradas para un concierto de Raphael en un teatro de Madrid. Nos anotamos unos cuantos amigos, y hoy podemos confesar unas aviesas intenciones: nuestro aliciente era echarnos unas risas desatadas y casi crueles a costa del divo. Al arribar al teatro, todo parecía aliarse con nuestras pretensiones sardónicas, pues el elenco que festoneaba las localidades vecinas era un cóctel cañí, que parecía seleccionado por alguna revoltosa mano berlanguiana. En la izquierda de nuestra fila estaba Alaska, perenne moderna de guardia y fervorosa raphaelista; más allá se sentaba Carlos Iturgaiz, por entonces político en todas las salsas y hoy olvidado en el spa de Estrasburgo; a nuestra derecha divisábamos a Lina Morgan. Justo detrás de nosotros, como guinda de tan barroco universo, Parada y su pianista compartían confidencias. Raphael salió de luto, como siempre, y en tromba. Todavía no había sido revitalizado con un nuevo hígado, pero no parecía necesitarlo: se desgañitaba, agotando su catálogo de muecas, se giraba en airados desplantes, impartía órdenes imperiales a su magnífica orquesta, se reía sólo, o lloriqueaba con los melodramas de Manuel Alejandro. Por supuesto, acabó destrozando un espejo con un colérico chut de sus botines de tacón cubano. Seamos francos: las tres primeras canciones fueron lo que íbamos buscando, un carrusel de risotadas. Pero poco a poco, sin querer, fuimos sacudiéndonos los anteojos de la ironía, los prejuicios de la modernez postiza. A mitad de concierto aplaudíamos de pie, rendidos a las apabullantes capacidades de aquel hombrecillo diferente a todo. La voz afectada cobraba una categoría superior. La mímica que creíamos bufa empezaba a parecernos un elaborado teatro. El disparate del exceso se había convertido en arte pop. Un clásico. Los chavales indies acaban de celebrar al cantante, de 71 años, en un festival de rock alternativo. El contorsionista de Linares se los metió en el bolsillo. Sus nietos coreaban a voz en cuello Mi gran noche reconvertida en improbable himno juvenil. La bisutería pop forma parte del relicario sentimental de los países normales. En una tierra siempre cainita con su memoria, es sano celebrar sin prejuicios al imposible Raphael. L LLUVIA ÁCIDA DAVID GISTAU SE VA EL FAISÁN Ya en Moncloa, el PP nada hizo por aclarar las ramificaciones políticas del Faisán. Al revés. Procuró enterrarlo H UBO un largo periodo, cuando gobernaba Zapatero, en que los cronistas parlamentarios sabíamos que el Faisán nos dejaría resuelto un par de párrafos cada miércoles de sesión de control. Como velociraptores spenglerianos empeñados en salvar el honor de la civilización occidental, los diputados populares Gil Lázaro y Cosidó apretaban a Rubalcaba por delante y por detrás para que ahí mismo se desmoronara y confesara la infamia, qué digo, ¡la traición a la patria! de un chivatazo debido a una orden política que desbarató una operación antiterrorista en Irún relacionada con la financiación etarra. Haber asistido a aquellos debates contribuye a mi estupefacción por la mutación en estadista ejemplar que el PP dispensó a Rubalcaba cuando éste anunció su retirada. Le dijeron estadista ejemplar después de haberlo llamado traidor, golpista, portavoz del GAL, agitador del 11- M y espía orwelliano de todas las intimidades. Sólo les faltó atribuirle la capacidad, que se aprende en el reverso tenebroso, del estrangulamiento telepático. La indignación del PP por el chivatazo traidor fue remitiendo cuando en el partido comprendieron que iban a ganar las elecciones por la economía. Es decir, cuando Rajoy dejó de fotografiarse con las víctimas del terrorismo en las manifestaciones y empezó a hacerlo con los parados en la cola del INEM. Tanto se apaciguó el ambiente que, cuando Fernández Díaz sustituyó a Rubalcaba en Interior, pudo decir que recibía la cartera de un extraordinario ministro. Ojalá hubiera tosido en ese instante plumas de Faisán, como el gato Silvestre cuando se traga a Piolín. Ya en Moncloa, y con el anteriormente escandalizado Cosidó colocado como director general de la Policía, el PP nada hizo por aclarar las ramificaciones políticas del Faisán. Al revés. Procuró enterrarlo porque ya no lo necesitaba para hacer oposición y tampoco era cuestión de levantarle las faldas al Estado cuya gestión acababa de serle encomendada. Hasta el concepto de traición a la patria es instrumental. Tampoco la opinión pública insistió demasiado, pues también ella estaba imbuida de economía. El siguiente paso de la disolución del Faisán emprendida por el PP ha sido este apaño para dar, con sentencia firme, una salida pensionada, que no lo convierta en un juguete roto rencoroso, al policía Ballesteros, que fue el que introdujo en el bar Faisán el teléfono con el que se cometió el chivatazo. En estos casos, no veo necesidad de que la carga de culpa recaiga con excesiva crueldad sobre un funcionario de seguridad obligado a obedecer al que arruina la carrera un político que se va de rositas. Con la excepción de la puerta de la cárcel de Guadalajara, el político que trabaja para Mr. X suele irse de rositas, dejando atrás peones sacrificados. Lo escandaloso suponiendo que escándalo y Faisán sean términos que aún congenian es la revelación última de que todos los gritos de ¡Traición! proferidos por el PP, todos los interrogatorios parlamentarios a los que fue sometido Rubalcaba, fueron un ejercicio de cinismo e hipocresía política como ha habido pocos en la dilatada historia del cinismo y la hipocresía en política. Nada les importaba salvo ganar las elecciones, y ese regalo se lo hizo la economía: los parados del INEM en los que Rajoy atisbó el atrezo humano de su gloria. De saberlo, cuántos párrafos habríamos dejado de escribir, todos esos miércoles de sesión de control en el que también los cronistas, espero que sin saberlo, fuimos instrumentales.