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70 ABCdelVERANO RELATO SÁBADO, 9 DE AGOSTO DE 2014 abc. es estilo ABC El tesoro del Museo del Prado Por Juan Gómez- Jurado La llave maestra En el capitulo anterior El busto de Julio César contiene las claves de la siguiente pista: Debajo del romano deberás buscar, y él te contará los pasos que has de dar Los cinco amigos están un paso más cerca de encontrar el legendario Tesoro del Delfín, pero hay un enorme obstáculo: el busto está guardado en las cámaras acorazadas del museo, y Diego está dispuesto a todo para conseguir entrar res horas después, pasada la comida, Diego cometió la segunda mayor estupidez de su vida. Accedió a la sala de Restauración, como cualquier otro día en el que iba a hacer los deberes con su madre. Estuvo un buen rato fingiendo resolver ecuaciones, mientras reunía valor para hacer lo que quería hacer. Cuando creyó tener suficiente, le dijo a su madre que iba al baño, y salió al pasillo. Dos puertas más allá, estaba la sala de seguridad del nivel- 1. Y como cada tarde en la que le tocaba a Benito estar de guardia, unos sonoros ronquidos brotaban del interior. A menos de medio metro de la puerta, atornillado en la pared, estaba el armario de las llaves. Como siempre, entornado pero no cerrado del todo. Allí abajo no hacían falta unas medidas demasiado estrictas, porque había que pasar el control exterior antes de llegar y sólo los trabajadores del museo o personas de mucha confianza estaban autorizados a estar allí. La caja se ofrecía a sus ojos, tentadora, pero Diego tenía miedo de que le descubriesen. A pesar de que era verano y que casi todo el mundo estaba de vacaciones, en cualquier momento podía aparecer alguien doblando el pasillo. Diego estiró la mano para coger la llave, y en ese momento el celador se desperezó y abrió los ojos. T vista que estaba encima de la mesa. Se suponía que debería estar mirando las pantallas de las cámaras de seguridad que controlaban esa planta, pero con casi todo el personal de vacaciones, aquel era el día más aburrido del turno más aburrido en la planta menos transitada. No era extraño que los celadores a los que les tocaba esa tarea se quedasen fritos a la hora de la siesta. Benito hojeó la revista desganado, con ojos semientornados. Estaba de espaldas, pero tan cerca de Diego que hubiese podido tocarle sólo echando su silla unos centímetros para atrás. Diego contuvo el aliento y apretó los dientes, durante lo que le parecieron horas. Al final, el celador apoyó la revista en su pecho, dejó caer los brazos y su respiración se volvió a hacer lenta y pesada, hasta convertirse en el rugido que había sido antes. os dedos de Diego se movieron despacio, cerrándose alrededor de la llave, que tintineó un poco al salir del gancho. Benito se agitó en sueños, pero no se despertó, y Diego se metió la llave en el pantalón y salió al pasillo, donde por fin pudo respirar hondo. Cuando miró el reloj, se dio cuenta de que apenas habían pasado un par de minutos. El tiempo se le había hecho eterno, pero por fin tenía las llaves. Eran dos, forradas de plástico amarillo en la parte superior, pulidas y brillantes en la punta. Hasta ahí la parte más sencilla. Ahora comenzaba lo realmente complicado. ¿Como que tenemos que colarnos? ¿No tienes las llaves? ¡Puedes ir a mirarlo tú! -dijo Fran, muy nervioso. Estaban en los bancos de piedra del Paseo del Prado. -No, no puedo hacerlo. De día hay un montón de cámaras y vigilantes. De noche hay menos. Y no es solo eso, hacen falta al menos tres personas para conseguir entrar. Las cámaras acorazadas tienen una puerta de doble cerradura que pesa una barbaridad. ¿Como sabes todo eso? -dijo Pablo. -Una vez acompañé a mi madre a otra de las cámaras, a la de los cuadros, para recoger una obra que iba a restaurar. Y aquello es más chungo que un banco... L enito era un tipo sencillo, aunque algo malhumorado, que reñía a Diego cuando le veía corriendo por los pasillos, pero siempre con amabilidad. Cuando supo que tendría que robar la llave en sus narices, y que con eso el buen hombre podría verse perjudicado, Diego se sintió muy culpable. Pero aún tenía más miedo a que Benito le descubriese haciéndolo. Probablemente se lo diría a su madre. Tendría que confesarlo todo y le caería una bronca monumental, pero lo peor serían las miradas que le echarían. Si había algo que Diego llevaba mucho peor que los gritos, era una mirada de decepción de alguien que le importase. Por eso, cuando Benito se removió en la silla y estiró los brazos, Diego sintió cómo se le encogía el corazón. Benito se giró levemente, y alcanzó la re- B La bronca Si había algo que Diego llevaba peor que los gritos, era una mirada de decepción Por fin tenía las llaves Cuando miró el reloj, se dio cuenta de que apenas habían pasado un par de minutos. El tiempo se le había hecho eterno -No podemos colarnos en el museo por la noche, Diego. Es un delito- -dijo Gala. -No hace falta que vengas si tienes miedo, cari- -dijo Salva, para fastidiarla. -No tengo miedo, pero tampoco soy imbécil. Lo que pensáis es imposible, y nos pillarían. Y no quiero que mi padre venga a buscarme a comisaría. Todos se pusieron a hablar a la vez, cada uno intentando hacerse oír. Hasta que Fran pegó un grito. ¡Callaos! Se subió las gafas, en eterno descenso por el puente de la nariz, mientras tomaba aire. -Tengo una idea- -dijo, con un tono de voz que sorprendió a todos- -pero es una locura... (Continúa mañana, domingo 10 de agosto)