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ABC SÁBADO, 26 DE JULIO DE 2014 abc. es opinion OPINIÓN 13 UNA RAYA EN EL AGUA EL ÁNGULO OSCURO JUAN MANUEL DE PRADA CAIGA SU SANGRE SOBRE NOSOTROS Los prescriptores han defendido las tropelías de Israel, que no han servido sino para enviscar al mundo musulmán E N estos días escucho muchos lloriqueos en ámbitos católicos por la persecución que sufren los cristianos en Oriente Próximo; en cambio, escucho menos deseos de reconocer, mediante un acto de contrición sincera, cuáles son las verdaderas causas de esa persecución. También me llama la atención que en determinados medios sedicentemente católicos, cada vez que hay que explicar lo que está sucediendo en Oriente Próximo, se recurra a la autoridad de analistas de política internacional expertos en geoestrategia y demás ganapanes neocones, liberales o progres (bueno, en medios sedicentemente católicos a estos últimos se recurre menos, porque con los neocones y los liberales tienen ya cubierta la ración de alfalfa intoxicadora) y no se dé voz a cristianos iraquíes, sirios o palestinos, que son los que están sufriendo en sus propias carnes la persecución, y conocen perfectamente sus causas. Y no se les da voz porque se sabe que lo que van a decir no cuadra con toda la alfalfa que se nos ha obligado a deglutir durante estos años; que se nos sigue obligando a deglutir hoy. Lo acaba de decir Michel Sabbah, patriarca emérito de Jerusalén: Lo que está ocurriendo en Gaza no es una guerra, sino una masacre y es que, en efecto, no hay guerra justa donde no hay proporcionalidad en la respuesta. Los cristianos palestinos sa- ben perfectamente que las iglesias que han sido destruidas en Gaza no lo han sido por Hamás, sino por Israel. También los cristianos sirios saben quiénes han financiado y asesorado a la chusma que martiriza a sus hermanos. Y los cristianos iraquíes saben quiénes han sido los causantes de la feroz persecución y éxodo que padecen en estos días. Pero aquí nos basta con lloriquear por nuestros pobrecitos hermanos perseguidos, sin querer conocer las causas; o, todavía peor, impidiendo que nuestros hermanos perseguidos nos las expliquen, porque para eso ya tenemos nosotros a nuestros especialista tertulianeses, a sueldo de la embajada americana o israelí (o, todavía peor, gozquecillos que necesitan alinearse gratis con el Nuevo Orden Mundial, para aliviar el gravamen de su insignificancia) que nos lo explican a las mil maravillas, que nos lo llevan explicando a las mil maravillas años o décadas, apoyando la intervención de Estados Unidos en Irak, jaleando la primavera árabe, justificando la guerra en Siria y, por supuesto, aplaudiendo frenéticos con las orejas cada intervención militar israelí. Durante muchos años demasiados ya los prescriptores de los católicos españoles en cuestiones sobre Oriente Próximo han sido una patulea que se pone cachonda con el sonsonete de la extensión de la democracia (así llaman a la expansión del Nuevo Orden Mundial, los muy bellacos) como el coronal Kilgore de Apocalypse Now se ponía cachondo con el olor del napalm por la mañana. Estos prescriptores han jaleado el derrocamiento de todos los dictadores que toleraban o incluso protegían a los cristianos en Oriente Próximo (Sadam Husein, Mubarak, Gadafi, Al Asad... e impedían su persecución cruenta; estos prescriptores han presentado como luchadores por la libertad a la chusma islamista que, patrocinada y armada por el Nuevo Orden Mundial, tortura, martiriza o condena al éxodo a los cristianos de Oriente Próximo; estos prescriptores en fin, han defendido hasta lo indefendible las tropelías más infames de Israel, que no han servido sino para enviscar al mundo musulmán. Esta patulea, queridos católicos españoles, han sido ¡y siguen siendo! nuestros prescriptores, nuestros líderes y lideresas ideológicos. Ahora lloramos por la persecución de los cristianos en Oriente Próximo. Caiga su sangre sobre nosotros. IGNACIO CAMACHO EL PIANO DE CASABLANCA Hace tiempo que declinó el cine de historias humanas construidas con palabras y gestos. El de la épica de los sentimientos A B. B. y su ciudad del alba OLÍA decir cierto crítico célebre que la prueba de fuego de un cinéfilo consistía en conocer la marca del piano de Casablanca Si no la superaba era un simple aficionado al cine, un ratón videográfico forjado en la escuela dogmática de aquellos cineclubs universitarios que se hartaban de proyectar películas de Bertolucci o de Pasolini, al que el Papa Francisco ha hecho justicia con cincuenta años de retraso al proclamarlo el mejor cineasta cristológico. La progresía española de la Transición nunca se mostró benévola con Hollywood, a diferencia de aquel sesentayochismo francés que era hijo emocional de la nouvelle vague. No fue hasta los ochenta, con Pilar Miró, cuando la izquierda española despenalizó ideológicamente la cinematografía americana y descubrió que Bogart se había enfrentado, con gallarda apostura física y moral, a la caza de brujas de McCarthy. Sucede que en Casablanca hay dos pianos, y un tercero invisible que suena cuando Rick evoca los días felices de París, antes de que los alemanes entrasen con su uniforme gris para separarlo del vestido azul de Ilsa. De los visibles, uno era verde, precisamente el de París, y otro rosa, el del célebre café- escenario de la obra maestra: oscuro y claro en la fotografía expresionista de Arthur Edeson. El primero fue pronto a parar a manos de algún coleccionista privado; el segundo acaba de salir a subasta tras andar algunos años en el museo de los herederos de la Warner. Dicen que sus teclas aún pueden tocar la vieja partitura de As time goes by aunque la melodía de ese cine clásico, elegante y sentimental ya no suene afinada en la factoría digital que ha convertido en un gigantesco videojuego la antigua máquina de los sueños. Es lógico que lo vendan; debería ser declarado patrimonio inmaterial de la Humanidad, pero los mitos de aquella época ya no encajan en el vértigo efectista de la actual industria del entretenimiento. Hace tiempo que entró en declive el cine en que las personas vivían historias propias de su dimensión de seres humanos: el desamor, la soledad, la memoria, los celos, el exilio, los enigmas interiores, la pasión. Tal vez, a veces, la guerra, y siempre el dolor, el dolor íntimo, desgarrado, moral. Historias de adultos para adultos; historias puras que no necesitaban monstruos, ni clones, ni criaturas de un futuro apocalíptico, ni pretextos para la exhibición tecnológica: historias sencillas construidas con palabras, miradas y gestos. Historias donde no había más épica que la de los sentimientos. Historias que podían narrarse con el fondo de melancolía sedosa de una canción en torno a la que daban vueltas los recuerdos. Y en las que, como susurraba más que cantaba Dooley Wilson, las cosas esenciales suceden mientras pasa el tiempo Por cierto. Dooley Wilson no sabía tocar y ninguno de los pianos tenía grabada la marca. S JM NIETO Fe de ratas