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12 OPINIÓN VIDAS EJEMPLARES PUEBLA SÁBADO, 26 DE JULIO DE 2014 abc. es opinion ABC LUIS VENTOSO VALLS Y LA GASEOSA El primer ministro francés le ha dado un repaso al sanchismo A PABULLANTE el repaso ideológico que ha propinado Manuel Valls a sus correligionarios socialistas españoles durante su visita a España. Para entendernos: Valls habita en el mundo real, mientras que Sánchez y compañía moran en los algodonosos mundos de Yupi. La izquierda puede morir si no se reinventa y si renuncia al progreso reconoció el francés con cruda franqueza. Vale la pena resumir, aunque sea chapuceramente, la historia del socialismo. Boqueante el Antiguo Régimen, y ante la ebullición del primer capitalismo, pensadores de alma filantrópica comenzaron a meditar sobre modelos de producción capaces de rescatar a los desfavorecidos. Entre esos primeros socialistas utópicos de finales del XVIII destacó el Conde de Saint- Simon, de buen corazón, pero con alguna bomberada, como abolir el derecho de herencia y el comercio. Luego en el XIX llegaron Marx y Engels, que aspiraron a convertir el comunismo en una ciencia, un dogma y una nueva religión, capaz de colmar todas las inquietudes y crear un paraíso proletario en la tierra. Escandalizados por las pésimas condiciones laborales de la Revolución Industrial, dieron por hecho que la fiesta comenzaría en Gran Bretaña. Pero fue en la vieja Rusia y el paraíso proletario devino pronto en una dictadura salvaje (y con el baldón añadido del genocidio de Stalin) Cada vez que han pasado del papel a la vida, los escritos de Marx han dado pie a regímenes ineficaces y fumigadores de la libertad. Hoy no queda duda: el comunismo es un cruento fracaso. Tras la Segunda Guerra Mundial, algunos países europeos buscaron una vía entre el comunismo dictatorial y el capitalismo sin alma. Nacían la socialdemocracia y el keynesianismo. Por ejemplo, Gran Bretaña la utilizó para socializar las penurias de la posguerra. Aunque no les gusta escucharlo, su éxito contó también con la solidaridad del dólar, porque Estados Unidos sufragó a las democracias socialdemócratas para evitar el contagio comunista en la cocina de Europa. A finales del siglo XX, algunas ideas de la socialdemocracia eran ya tan comunes en el continente (educación y sanidad gratuitas, pensiones, subsidios de desempleo... que los partidos conservadores las asumieron como propias, con el añadido de hacerlas presupuestariamente viables. Y ahí seguimos: la derecha le ha robado la cartera a la izquierda, pues se ha apropiado de su mejor idea, y la izquierda carece de una propuesta sustitutoria. Ante su inanidad intelectual, el progresismo se refugia en la anécdota (el viejo espantajo anticlerical, el igualitarismo de género... Pero no ofrece alternativas en lo vital: la economía. Y lo que es peor, todos los socialistas que gobiernan, de Zapatero a Hollande, acaban viéndose obligados a aplicar la consolidación fiscal, un postulado de... la derecha. En España, capítulo aparte, el debate intelectual deriva en farsa televisiva. Un tertuliano que propugna el comunismo más retrógrado se ha convertido en un fenómeno. Y el nuevo jefe del PSOE, huérfano de propuestas, hace experimentos con gaseosa (federalismo) repite clichés sobados (por favor, que alguien les prohíba repetir lo de se abre un tiempo nuevo e ignora la economía. Valls asume su problema. Los de aquí lo fían todo a una sonrisa. LLUVIA ÁCIDA DAVID GISTAU EL NUMERITO No hace tanto tiempo, las teorías negacionistas movían a escándalo H ACE algún tiempo, tuve ocasión de participar en una cena en la que estaba una persona que podría haber ocupado una jefatura de Estado europea. Por alguna razón que no recuerdo, la conversación derivó al Holocausto, lo cual provocó un rato de tensión en un ambiente que hasta entonces, con los rostros bronceados propios de la estación, había sido ligero y divertido. La persona en cuestión dijo dos cosas que me parecieron arraigadas en la cultura europea contemporánea. Que los judíos con los que trataba eran cerrados y desconfiaban de todos, a lo cual se le respondió que el recelo era como mínimo comprensible en un continente que hacía tan sólo un par de generaciones había metido en hornos crematorios a sus abuelos. Y que él se preguntaba hasta cuándo deberíamos cargar con un complejo de culpa colectivo: Estoy harto de que vengan enseñándome el numerito tatuado en el brazo Esta frase entrecomillada es textual, la pronunció golpeándose la cara interna del bíceps, que es uno de los lugares donde solía tatuarse el numerito Creo que la Europa posterior a los años cincuenta consideró un engorro tener que matizar una tendencia milenaria a la judeofobia por la influencia de ese mismo complejo de culpa, o de compasión, o de horror, del que en el fondo ansiaba liberarse como de un castigo ya cumplido. Véase que el cine y la literatura sobre la Shoa a menudo eran recibidos como manipulaciones de un lobby que deseaba mantener la ventaja del victimismo. Eran obras que venían enseñando el numerito, desde Spielberg a Lanzmann, Primo Levi o Raúl Hilberg. Por ello esta Europa abrazó con tanto entusiasmo la oportunidad de renovar un discurso judeófobo con el que se declaraba extinta la culpa y que se debió a dos factores. La incorporación del pensamiento de izquierda al antisemitismo, que lo rehabilitaba del vínculo fascista. Y las guerras de Israel, cuyo Thazal, al conceder poder militar a una víctima determinada a no volver a serlo, anulaba también el privilegio del victimismo concedido a regañadientes después de la apertura de las puertas de los campos de exterminio. Si a esto se agrega la neblina de distancia histórica que va envolviendo Auschwitz, resulta que el ambiente está preparado para que vuelva a fluir sin contenciones un odio incorporado a la genética europea. En un país en el que salta una alarma cada vez que aparece un renglón contrario a la corrección política, sin embargo es posible leer artículos que habrían abierto portada en Der Stürmer. Basta tomar como ejemplo el de ayer de Antonio Gala en El Mundo No es espantoso porque refleje conmoción por las muertes civiles en Gaza, lo cual sería comprensible incluso en el choque primario de propagandas que caracteriza todo conflicto. Lo es porque va más allá y, aprovechando que el clima de aversión inspirado por la entrada israelí en Gaza aceptaría durante estos días cualquier barbaridad, hace un análisis justificador de todas las persecuciones y expulsiones sufridas a lo largo de los siglos por el pueblo hebreo al que al menos, bien apegado al estereotipo del odio al que ni Shakespeare se mostró ajeno, el autor reconoce que sabe manejar el dinero. En todo lo demás, no es un pueblo, sino un monstruo que merecido tiene cuanto le ocurrió y cuanto le ocurra. No hace tanto tiempo, las teorías negacionistas movían a escándalo. Ahora salen publicadas sin reparo otras que ni se molestan en negar, peor aún, que aprueban como parte de una justicia histórica hasta lo que los nazis se resistían a admitir. Verdaderamente, el numerito tatuado ya no impresiona a nadie.