Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
ABC DOMINGO, 13 DE JULIO DE 2014 abc. es estilo RELATO ABCdelVERANO 93 rece. Ni tú te la mereces a ella, gritó Diego a la espalda de su mejor amigo, que se alejaba con pasos enfadados. Lo hizo sin abrir la boca, ni emitir sonido alguno, ni recibir el menor desahogo. Cobarde. Eres un cobarde, pensó. Lo que no dejaba de ser irónico, considerando que jamás se había atrevido a decirle a Gala lo mucho que le gustaba. Ella también iba a su curso, aunque a una clase distinta. Diego se había fijado en aquella pelirroja vivaracha desde siempre, al otro lado del patio, en corrillos distintos, perteneciente a otro mundo. Hasta que Salva había tenido las agallas que a él le habían faltado. ardo media hora en llegar hasta el trabajo de su madre. En julio los autobuses de la EMT se convertían en un pequeño milagro que tardaba largos minutos en acaecer. Cuando atravesó la puerta de Jerónimos, se abrió paso por entre la enmarañada fila de turistas. Cámara colga- T da al hombro, expresiones de admiración, jerga extranjera. Pasaba por allí casi a diario, y cada vez veía menos españoles. Aquello le ponía bastante triste. Si tan sólo supieran las maravillas que escondía aquel lugar... Se deslizó por debajo de la catenaria, pero una mano le atenazó la camiseta. ¿Dónde crees que vas, chaval? Diego se dio la vuelta. Un vigilante le sujetaba, uno al que él no conocía. Un tipo grande con la cabeza completamente rapada y dos brazos como dos jamones. En el derecho lucía el enorme tatuaje de un tigre apostado a la puerta de un templo en ruinas con las fauces abiertas. -Verá, usted no entiende... ¿Qué no entiendo? -espetó el vigilante- Tienes que sacar una entrada y esperar tu turno, como todo el mundo. -Eh, tranquilo. Conozco al chico. Su madre es restauradora. Allí estaba Rosa, una de sus celadoras favoritas. Ella iba con un traje de chaqueta azul marino porque era de la plantilla del museo, no un simple temporero contratado por una empre- sa de seguridad, como el que le estaba agarrando. ¿Tiene pase? -No le hace falta. Diego es más del Prado que Las Meninas. ¿Verdad, Diego? El niño sonrió, mientras Rosa le revolvía el pelo. -No puedo dejar entrar a nadie sin pase. -No le dejas entrar tú, le dejo entrar yo- -replicó Rosa, poniéndose seria de repente. No iba a permitir que aquel novato se le impusiera, aunque fuese una cabeza más alta y treinta kilos más pesado que ella- Ve a la puerta de Murillo y dale el relevo a la compañera. l del tatuaje gruñó ante la perspectiva de abandonar el bien refrigerado aire del interior del museo por el calor agobiante del exterior. Intentó sostenerle la mirada a Rosa, pero la celadora no la apartó, y el vigilante acabó cediendo. -Está bien. Tú sabrás lo que haces. Ella se lo quedó mirando mientras se alejaba, y luego se volvió hacia el joven visitante, que venía, como siempre, cargado con su mochila. ¿Pero tú no deberías estar ya de vacaciones? Diego se revolvió, incómodo. -Me han cateado mates para septiembre. Mamá quiere que haga un montonazo de ejercicios de recuperación. Rosa soltó un respingo de incredulidad. -Lo que me faltaba por ver. ¿Desde cuándo sacas tú malas notas? Venga, anda, que te acompaño al ascensor. Hacía falta una llave especial para descender a la sala de restauración del sótano. La vigilante la introdujo, apretó el botón correspondiente, y después le acarició la mejilla. -Tienes mala cara. Con lo majo y lo atento que eres tú siempre, y voy yo y meto el dedo en la llaga. Anímate, que sólo son unas semanas. En septiembre apruebas seguro. Diego, a quien no podían importarle menos las matemáticas en ese momento, no quiso contarle lo que le preocupaba. Y tampoco le dijo nada a esta cuando le abrió la puerta de acero y le dejó pasar a la enorme sala con olor a trementina, pintura y productos químicos que los enormes tubos de ventilación no conseguían erradicar. E -Pon tus cosas por ahí. Llegas un poco tarde- -dijo su madre, que enseguida se afanó en subir de nuevo a su plataforma, esgrimir el pincel, calarse las gafas de aumento con luz incorporada y volver al trabajo. Le prestaba la atención justa. Era una mujer moderna y agradable, pero vivía más interesada en la composición de los pigmentos que en lo que tenia su hijo en la cabeza. Era tarde y estaban solos en la sala. Diego sacó su cuaderno de matemáticas y fingió despejar unas cuantas equis, cuando la única incógnita en la que era capaz de pensar era en su amigo Salva. ¿Cadaqués está a muchas horas, mamá? Su madre no levantó la nariz del lienzo que estaba restaurando, un enorme paisaje de un discípulo de Velázquez. -En bici, a bastantes, Diego. Dudó si contárselo, pero ya imaginaba lo que ocurriría. Ella le restaría importancia, y cambiaría de tema. Prefirió ahorrárselo y pensar en una solución para que su mejor amigo no desapareciese. No sabía cuánto dinero debían sus padres, pero seguro que era más que los 63,57 que Diego guardaba en la hucha, confiando en que algún día las monedas se reprodujesen y le alcanzasen para esa consola nueva que veía cada día en un escaparate. -Haz el favor y acércame un par de pinceles del 2, cariño. l niño se levantó, obediente, y fue al arcón donde se guardaba el material nuevo. Era un mueble muy antiguo, con la madera barnizada y gastada salpicada de restos mal raspados de etiquetas antiguas. Una placa de bronce sobre la tapa se leía: MINISTERIO DE INSTRUCCIÓN PÚBLICA Y BELLAS ARTES Lo abrió con cuidado y sacó un par de pinceles. Cuando iba a cerrar de nuevo el arcón, uno de ellos le resbaló de la mano y rodó por la cara interior de la tapa. Al ir a cogerlo, vio que se había quedado encajado en el borde, junto a la cerradura. Tuvo que ayudarse del extremo del otro pincel para intentar destrabarlo. Al introducir la punta en la juntura, escuchó un crujido. ¿Qué es esto? pensó Diego, sintiendo como el corazón se le aceleraba. ¡La tapa tenía un doble fondo! La madera que la formaba se abrió, desvelando un pequeño compartimento que contenía un sobre, marcado con las letras Sr. P. Rasgó la solapa y puso el sobre boca abajo. De él cayó una única hoja de papel amarillento. Comenzó a leerla. Y ya desde la primera línea, el niño supo que aquello era lo más asombroso y extraordinario que le había sucedido jamás. E Salir de Madrid No sabía cuánto dinero debían sus padres, pero seguro que era más que los 63,57 euros que guardaba Restauración Su madre no levantó la nariz del lienzo, un enorme paisaje de un discípulo de Velázquez (Continuará el próximo sábado) JUAN GÓMEZ JURADO es periodista y escritor. Autor de El paciente y La leyenda del ladrón