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92 ABCdelVERANO RELATO DOMINGO, 13 DE JULIO DE 2014 abc. es estilo ABC El día que lo cambió todo Por Juan Gómez- Jurado El tesoro del Museo del Prado Entrega 1 de 15 ABC recupera la tradición de la novela por entregas en la prensa con este relato, inspirado en hechos reales, en el que un grupo de amigos lucha por descubrir un tesoro escondido en el Museo del Prado antes de que dos de ellos pierdan su casa iego respiró hondo, intentando digerir la bomba que Salva acababa de soltarle. -Estás de coña. Dime que estás de coña. Salva meneó la cabeza con desesperación. -Ojalá lo estuviera. Debemos muchísima pasta al banco y a no sé cuántos más. Un par de semanas más, como mucho. Después nos echarán a la calle. -Pero... ¿tu padre no había encontrado trabajo? Ambos estaban sentados en un poyete, enfrente de un chino, comiendo pipas. Salva metiéndoselas en la boca de dos en dos y escupiéndolas al suelo. Diego abriéndolas despacio con los dientes y echando las cáscaras en la mano izquierda, para luego tirarlas a la papelera. Los dos sintiendo los labios agrietados por la sal y envidiando, casi con deseo, a todo el que salía del chino con una cocacola. Escaneando de reojo a las tías mayores al pasar, poniéndoles nota con una voz que empezaba a gallear y creyéndose muy hombres. Como cada día, como cualquier otro día de verano desde hacía un millón de años. Solo que este no era un día cualquiera. Era el día en que todo iba a cambiar. -Eso nos había dicho, para que nos tranquilizásemos. Pero no era verdad- -dijo Salva. Siguieron mirando al frente. Sus ojos no se encontraban, pero no hacía falta. Sabían de sobra lo que pensaba el otro. Sin abrir la boca Es tu novia, imbécil. Y no se lo merece. Ni tú te la mereces a ella gritó Diego a su mejor amigo Tener trece años Es una mierda. Tienes deseos de adulto, cuerpo de niño y bolsillos vacíos ¿Dónde crees que vas? Diego se dio la vuelta. Un vigilante le sujetaba, uno al que él no conocía D Tener trece años sólo es soportable porque tienes un mejor amigo. Alguien que se parte la cara por ti en el patio, que te sostiene la cabeza mientras vomitas cuando se te ocurre la estupidez de fumarte tu primer cigarrillo, que escucha tus miedos porque son los mismos que los suyos. Alguien, con los pies tan tiernos como tú, que da contigo el primer paso en el camino embarrado hacia la adultez. Alguien sin quien no puedes imaginarte la vida, bajo ningún concepto. -Nos vamos de Madrid- -continuó Salva. ¿Qué? -A un pueblo de Gerona. A casa de mi abuela. -Pero... eso está a tomar por saco. ¡Y está lleno de catalanes! -Lo sé, idiota. Yo nací allí, ¿recuerdas? levaban tanto tiempo juntos, que a veces olvidaba que Salva no había nacido en la capital. Diego tampoco. Era de Sevilla y sus padres, como los de Salva, se habían trasladado a Madrid por trabajo cuando ellos dos estaban en párvulos. Les habían puesto en la misma clase, y como los novatos que eran, acabaron gravitando el uno hacia el otro. Antes de que sonara la campana que anunciaba el primer recreo del primer día, ya eran los mejores amigos del mundo. -Allí las clases son en catalán. -Yo lo llevaré mejor- -dijo Salva, encogiéndose de hombros- Me duele más por el enano. No va a soportarlo. Diego asintió, comprensivo. Aunque tenía un año menos que ellos, Fran era superdotado, y le habían adelantado un curso, por lo que los tres iban a la misma clase. Ya era duro tener que estar con niños mayores que él, llevando gafas y siendo un cerebrito, pero hacerlo lejos de su ciudad lo haría todo más difícil. Al final sería Salva quien tendría que estar todo el rato peleándose con quien se metiese con él. Como aquí, pero sin Diego para cubrirle la espalda. Y sin alguien más. ¿Se lo has dicho a Gala? Salva no contestó. Se limitó a tirar al suelo las tres o cuatro pipas que le quedaban y limpiarse la sal y el sudor en el fondillo de los pantalones. -Se va a enterar, tío- -insistió Diego. -Ya. -Y será mucho peor si no se entera por ti. ¿Peor para quién? -Tienes que decírselo. El otro se puso de pie. -Muchas gracias, Diego. Como si no tuviera bastante encima. Es tu novia, imbécil. Y no se lo me- L ener trece años es una mierda. Tienes deseos de adulto y cuerpo de niño. Tienes necesidades auténticas y bolsillos vacíos. Entiendes los problemas de los mayores, pero ellos te siguen tratando como si fueras un bebé. Y tú procuras hacerte el tonto para no herir sus sentimientos y que no lo pases mal. Tener trece años es el peor, el más confuso momento de tu vida. Tus padres creen que es por las hormonas, pero es mentira. Es porque te das cuenta por primera vez de que los cuentos de hadas son una patraña, que los malos siempre ganan y que en la vida tienes que dejarte la piel para lograr cualquier cosa, y que seguramente, ni por esas. Intuyes ya que tienes todas las papeletas para ser un fracasado como tus padres, acumulando grasa en las caderas y pelos en la pila del lavabo durante el rato que no estás deslomándote para que otro se haga rico a tu costa. T