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12 OPINIÓN VIDAS EJEMPLARES PUEBLA DOMINGO, 13 DE JULIO DE 2014 abc. es opinion ABC LUIS VENTOSO UN GUIRI Igual no está tan mal que los hijos puedan apalancarse en casa de sus padres OR un avatar del destino, ayer me vi llevando en coche a Pamplona a un guiri estadounidense fascinado con la leyenda de los Sanfermines (el viejo Hemingway ha hecho mucha propaganda con sus epopeyas alcohólico- taurinas, llenas de trolas e hipérboles) El chaval, inteligente y agradable, tenía 23 años y se llamaba Dylan; no por Bob, sino por el cirrótico poeta galés Dylan Thomas, una esponja que con solo 39 años se mudó a un nicho a fuerza de darle a la frasca. En cuatro horas de coche, el americano tuvo tiempo para contar al detalle su corta vida. Vecino de un pueblo de California de 3.000 vecinos, antes de venir a España jamás había salido de su villorrio y solo había visto una gran ciudad en la tele. Su padre, que tiene la original profesión de cultivador de marihuana (legal en California, pero menos rentable desde que no es delito) acercó al chico al aeropuerto de San Francisco. Dylan estaba emocionado ante tal gesto, que valoraba como una formidable expresión de afecto paterno. Sorprendido, le pregunte: ¿Pero qué pasa? ¿No tienes relación con tus padres? Entonces relató una historia arquetípica: sus padres se divorciaron cuando él era un niño y ambos iniciaron nuevas relaciones. A su madre prácticamente dejó de verla; mientras que con su padre el trato no pasa de lo obligado. En cuanto cumplió 18 años, abandonó el hogar familiar y tuvo que buscarse la vida, según lo establecido en las normas no escritas, pero consuetudinarias, que imperan en su tierra. Currando aquí y allá, se costeó sus estudios de psicología. Su último trabajo fue descargar tomates ecológicos en una granja de hortalizas orgánicas. Ahora ha iniciado un garbeo de tres meses por Europa. Viaja solo, en compañía de una mochila más grande que él con una tienda de campaña dentro. Cuando le expliqué que aquí no es nada raro apalancarse hasta la treintena en el hogar familiar, que los padres le pagan a los hijos el móvil, los estudios y hasta las copas, me escrutaba con ojos flipados. El rapaz, que sabía tres palabras justas en español, planeaba apurar la noche pamplonesa, correr el encierro y luego intentar dormir donde pudiese. Un plan de pánico: carne de cañón bajo los codazos de la calle Estafeta, atestada los fines de semana. Le pregunté si su madre no estaba preocupada por él. Respondió que acababa de escribirle a su Facebook, con un prolijo relato de sus primeras aventuras europeas. Al parecer la única respuesta de ella había sido una sola palabra: Cool (algo así como nuestro guay La mirada se le enturbiaba contándolo, aunque rápidamente estalló en una risotada de disimulo. Al llegar a Pamplona lo invité a un bocata de tortilla de chistorra y unas cervezas de ambientación exprés, le enseñé a decir erres muy guuuapa y quierro caña y bocadi- io y le recomendé comprarse el pañuelo rojo para no desentonar y olvidarse de la coña de correr delante de los toros. Mientras se perdía entre la multitud blanca y roja, rumbo a la plaza del Castillo, me quedé pensando que igual no es tan malo vivir en un país donde los padres aceptan que sus hijos vegeten en su sofá hasta pasados los 30. En Pamplona había nubes. El aire corría fresco y limpio. La noche se intuía larga y golfa. P PROVERBIOS MORALES JON JUARISTI UTILIDADES La idea de utilidad de los saberes universitarios encubre la de su rentabilidad económica N El País del pasado jueves, el filósofo José Luis Pardo contribuye al debate intermitente sobre la decadencia de las humanidades con un artículo que rebosa sensatez. Ante la decisión ministerial de rebajar la exigencia de aprobados a los estudiantes de grados técnicos y científicos que opten a becas, manteniéndola para los de titulaciones humanísticas, Pardo se pregunta si no se estará confundiendo deliberadamente dificultad con utilidad cuando se comparan las humanidades con las ciencias. La opinión dominante es que los saberes humanísticos no sirven para nada, de lo que se infiere que su adquisición debe de resultar facilísima en comparación con la de los saberes científico- técnicos. Pardo se pronuncia contra esta doble superstición, alegando que aquéllos no son menos difíciles ni útiles que estos últimos. Estoy totalmente de acuerdo con dicha tesis, por supuesto, pero creo que su argumentación es incompleta. La modificación ministerial de los baremos tiende, como era de temer, a desalentar la demanda de unas titulaciones reputadas como inútiles. De hecho, desde hace un par de décadas, la política oficial viene siendo ésa, la de la inducción al desaliento, pero ello no se debe a que las humanidades sean menos difíciles o menos útiles que las ciencias, sino a que han perdido su relación con el dinero. Las humanidades no rentan. No existe una demanda laboral de titulados en humanidades. Nadie los quiere, ninguna empresa, porque se piensa E que no son útiles para cosa alguna, y, por tanto, los políticos concluyen que el gasto público no debe sostener una demanda de saberes y titulaciones que adolecen de demanda económica. Sería, suponen, una inversión estúpida y no retornable. Con lo que se consigue que la profecía se cumpla: los estudios humanísticos pierden aceleradamente calidad y van convirtiéndose en una modalidad de estabulación para los desechos de tienta, tanto en el caso de los docentes como en el de los discentes. Esta rápida degradación confirma los prejuicios dominantes e incrementa la aversión social hacia unos estudios percibidos como saqueo fraudulento del erario. Otro aspecto que falta, creo yo, en el alegato de José Luis Pardo es el efecto contaminante que la fobia antihumanística de raíz económica está teniendo ya sobre todo el sistema de saberes, tanto los humanísticos como los científicos. Todavía en el pasado siglo, la distinción entre unos y otros era epistemológica, no económica. Las ciencias se ocupaban de lo que existía por naturaleza y las humanidades de lo que existía por convención, ajustándose a una distinción que Platón había establecido en el Crátilo. La valoración económica no permite este tipo de distinciones e iguala a todos los saberes frente a la demanda o a la ausencia de la misma, de modo que determinados saberes científicos, como las matemáticas, o técnicos, como la arquitectura, pueden convertirse en tan deleznables como la historia de la literatura o la filosofía al perder su rentabilidad, como ya está sucediendo. En estas condiciones, no son ya las humanidades, sino la universidad misma lo que resulta insostenible y desaparecerá en breve plazo, y me refiero tanto a la universidad pública como a las universidades privadas, que se han construido sobre el modelo de aquélla y que no escaparán al mismo destino. Lo más consolador es que también desaparecerán los ministerios de educación. Y es que, cuando se relaciona con el saber, el criterio de utilidad es deletéreo por falso, como bien lo sabía don Antonio Machado (o Machacado, como lo llaman los actuales estudiantes de la ESO) ¿Dónde está la utilidad de nuestras utilidades? Volvamos a la verdad: vanidad de vanidades