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12 OPINIÓN LA FONTANA DE ORO PUEBLA LUNES, 23 DE JUNIO DE 2014 abc. es opinion ABC FÉLIX MADERO SUCESO EN EL RETIRO DE MADRID Pasan cosas porque estamos sometidos a lo que no comprendemos L A vida es un accidente que toca vivir. Pudiera ser una tontería lo que escribo, pero sucede que con el tiempo vamos llevando o conllevando lo que el escritor Caballero Bonald llama la costumbre de vivir. En ese itinerario, en esa rutina vital, los acontecimientos incomprensibles nos acompañan. De los periódicos de ayer la única noticia que no esperaba es la de un suceso en el Retiro madrileño. Un hombre espera en el parque a que su mujer termine una visita en el hospital cercano. Tiene dos hijos, uno de cuatro años y otro de uno. Ha jugado con ellos a la pelota y decide parar, sentarse a la sombra de un árbol. Quizás está mirando a sus hijos jugar cuando una pesada rama se desprende del árbol y rompe su cuerpo. Las asistencias llegan pronto, pero el médico termina certificando su muerte. Confieso que al terminar de leer la noticia no he sabido ni qué pensar ni qué preguntar. Pensar lo que no tiene explicación es un ejercicio de melancolía. Preguntar lo que no tiene respuesta es un ejercicio canalla que no está al alcance de un ser humano como yo. Entiendo bien al cantautor Quique González cuando canta no hagas planes, puede que mañana todo estalle. No hagas planes, no te embales, no te inventes todos los finales. No te engañes El periódico no cuenta mucho más. Pero podemos imaginar lo ocurrido, la desesperación de su esposa, el espanto congelado en la mirada de los pequeños, rehenes de un suceso que marcará sus vidas. Así hasta que dejen de preguntarse por qué suceden estas cosas, quién anda por ahí convirtiendo en un absurdo la existencia. Qué mano maneja el invisible hilo de nuestras vidas. Qué es lo que hace que en el final de una vida no quepa aquello que la justifique y explique. Incluso en la pena de muerte cumplida uno sabe qué ha pasado. Esa explicación no la tendrán la mujer y los dos hijos del hombre que ha muerto en el Retiro. La inocencia no es moneda a cambiar por la ironía, ni por el capricho, ni por el azar. Pasan cosas porque estamos sometidos a lo que no comprendemos. Pasan porque estamos huérfanos, víctimas de un juego sucio de la química, o de la física. Yo que sé. Asegura el escritor italiano Erri de Luca: Soy huésped de una sociedad que no reconozco No creo que pueda encontrar un pensamiento mejor para explicar un suceso que me disminuye y alarma. Cómo no pensar que podría haber sido yo. Cómo no imaginarlo. Y hasta es probable que el buen Rey Felipe haya leído la noticia que me quita el sueño. Ojalá que sea así. Ojalá que piense lo difícil que es el oficio, la costumbre de vivir. En esa rama que se cae y termina con la vida hay una lección que explica que casi nada está sometido a nuestro control. Esa que nos dice que somos poca cosa. Esa que determina lo que la evidencia esconde, que jamás nos acostumbraremos a vivir. Y que en eso consiste la vida, en aprender a vivir. Y punto final. EL ÁNGULO OSCURO JUAN MANUEL DE PRADA PUEBLOS SIN ÉPICA La eliminación de los tiquitaqueros es el justo castigo para un pueblo sin épica ECÍA Somerset Maugham que el periodismo deportivo es la literatura de los pueblos sin épica; pero al menos, poniéndolos a escribir crónicas de fútbol, nos libera de la amargura de los malos escritores No es magro beneficio, pues, el que el fútbol proporciona a las sociedades, si en verdad las libera de la amargura de los malos escritores, poniéndolos a escribir crónicas de fútbol; pues, como nos decía Unamuno sobre Azaña, un escritor sin lectores es la persona más temible del mundo. Tal vez si a Azaña lo hubiesen puesto a escribir crónicas de fútbol, los demócratas de antaño no se hubiesen puesto las botas a quemar conventos; y los demócratas de hogaño, deseosos de quemarlos otra vez, no añorarían tanto la Segunda República, con lo que al menos nos ahorraríamos la tabarra de las banderitas tricolores. La eliminación de los tiquitaqueros nos ha exonerado de leer cada día tropecientas crónicas de fútbol perpetradas por malos escritores; aunque temo que la ociosidad termine despertándoles a todos la amargura, anestesiada por las vicisitudes ineptas del tiquitaca, y, viéndose de repente sin lectores como Azaña, acaben poniéndose a escribir soflamas regadas de espumarajos y anacolutos en favor de la Tercera República. Escribía Spengler en La decadencia de Occidente que, en las sociedades decadentes, la tensión espiritual es suplantada por la tensión corpórea del deporte. La tensión espiri- D tual, que es la propia de los pueblos con épica, eleva al hombre y lo empuja a realizar hazañas gloriosas y trabajos ímprobos; y, llegada la hora de la derrota, inspira espíritu de sacrificio y santa resignación. La tensión corpórea, por el contrario, solo engendra el entusiasmo de la bravuconería y la exultación del matonismo; y, llegada la hora de la derrota, solo inspira una amalgama de derrotismo y rabia que enfanga a los pueblos en las pasiones más abyectas. Wenceslao Fernández Flórez, en una deliciosa sátira contra el deporte titulada El sistema Pelegrín, desgranaba las bajas pasiones que alimenta el fútbol: Al espectador no le importa nada el fútbol, aunque sostenga frenéticamente lo contrario. Ni le interesa que exista una humanidad vigorosa, ni que tal o cual individuo aislado tenga desarrollados al máximo sus bíceps o sus músculos gemelos. Tampoco le importa que el equipo más ligero, más enérgico o mejor preparado triunfe. Lo que le interesa, lo que persigue con intransigencia permanente, con avidez enfermiza, es el éxito de un cierto grupo, al que adscribe sus simpatías por razones de vecindad, de amistad o de una difusa preferencia enraizada a veces en las causas más incongruentes. El hombre enamorado quiere porque sí El fanático de un equipo procede por la misma razón Siempre fue España un país de gentes que quieren porque sí pues el español es por naturaleza hombre de querencias (y también de aversiones) inexplicables. Y el fútbol de los tiquitaqueros no ha hecho sino exagerar este rasgo, envileciéndolo fatalmente de una puerilidad que, mientras dura la fiesta, parece patriotismo; pero que realmente es la efervescencia propia de un pueblo sin épica que disimula su inanidad y poltronería de forma risible y penosa a un tiempo, mostrando mayor agitación, ansiedad más viva e inquietud más torturadora ante once maromos pegando patadas a una pelota que ante los muros ya desmoronados de su patria, que ni siquiera se molesta en mirar. La eliminación de los tiquitaqueros es el justo castigo para un pueblo sin épica. ¡Pero que Dios nos libre de la amargura de los malos escritores que ahora se han quedado sin excusa para sus derramamientos verbales!