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18 DON JUAN CARLOS ABDICA POSTALES PUEBLA LUNES, 2 DE JUNIO DE 2014 abc. es ABC JOSÉ MARÍA CARRASCAL EL MONARCA DE LA TRANSICIÓN Creo que la historia le tratará mejor que sus contemporáneos, sobre todo últimamente C ON la renuncia al trono de don Juan Carlos se acaba la Transición. Una Transición larga ha durado 39 años y complicada, por la que al principio nadie daba un céntimo, y, sin embargo, alcanzo su principal objetivo: pasar de una dictadura a una democracia sin violencia. Hubo en ella varias etapas intermedias, que incluían éxitos y fracasos, aciertos y errores, como en toda obra humana, pero lo importante es que aquí seguimos, tras un periodo en el que España, como el mundo cambió. Ha sufrido el natural desgaste del tiempo y presentaba síntomas de agotamiento, de los que luego hablaré, pues antes quiero hacer algunas observaciones imprescindibles. La primera de ellas es que la misión que se le planteaba a don Juan Carlos parecía de entrada imposible. No me refiero sólo a la conversión de que hablaba, sino a algo puede aún más difícil: asentar una monarquía en un país sin monárquicos y poner en marcha una democracia sin demócratas. El régimen anterior se había encargado de lo primero llegó a tener como lema lo de la monarquía gloriosamente fenecida y de lo segundo se había encargado nuestra historia contemporánea en la que democracia, lo que se dice democracia, no había habido nunca. El primero en saberlo era don Juan Carlos por haber vivido desde los nueve años en este país y haber padecido ambas carencias. De ahí que lo que el primer objetivo que se propuso fue ser el rey de todos los españoles y mediar entre ellos a fin de que no volviéramos a los enfrentamientos que han marcado, a veces con sangre, nuestros dos últimos siglos. Lo consiguió con tanta mano derecha como izquierda, con una simpatía personal arrolladora y por saber que no podía alinearse con ningún bando, su única lealtad era con España. Le ha sentado mal a muchos de sus colaboradores, pero esa es la soledad del Rey no tener amigos. La crisis, que no es sólo una crisis económica sino un cambio de ciclo o puede de era, unida a sus problemas de salud que ha tenido le han aconsejado retirarse. Personalmente lo siento, me hubiera gustado morir en su reinado, pero comprendo que tiene razón. Antes, los reyes y los papas morían en el trono. Pero las cosas cambian y vamos a tener un rey jubilado. El mismo ha dado las razones: hay que dar paso a una nueva generación, que afronte con la energía suficiente los desafíos que presenta el mundo globalizado, digitalizado y más complejo que nunca. Don Felipe ha recibido la educación para ello. Quienes le hayan observado durante los últimos años y aún meses habrán podido notar su proceso de maduración intensivo. La labor que le espera no es menos ardua que la de su padre: hacer de la democracia española, tan débil, tan cuestionada, tan poco arraigada, una verdadera democracia, con los españoles gobernándose a sí mismos y él como mediador. Su padre, en la alocución de despedida, nos dio las gracias. Lo menos que podemos hacer los españoles es devolvérselas. Creo que la historia le tratará mejor que sus contemporáneos, sobre todo últimamente. COSAS MÍAS EDURNE URIARTE EL REY Y LA DEMOCRACIA FUERTE Ese soy juancarlista aunque no monárquico es el reconocimiento de hasta los más escépticos a la aportación de Don Juan Carlos E encuentro entre quienes no deseábamos esta abdicación, entre quienes apostábamos porque Don Juan Carlos siguiera reinando hasta el último día de su vida. Por mucha confianza que tengamos en la capacidad del Príncipe para ser un gran Rey, que la tenemos. Por una cuestión de tranquilidad. Es decir, de estabilidad y fortaleza democráticas. Esa es la gran aportación del reinado de Don Juan Carlos a nuestra historia reciente y la clave en la que hay que valorar su abdicación, su trayectoria y el próximo reinado de Don Felipe. A la hora de escribir estas líneas, pocos minutos después del anuncio del presidente del Gobierno, se escuchan ya algunas teorías sobre la crisis institucional de nuestro país en la que se situaría la abdicación del Rey. Crisis de la que debemos ocuparnos, porque está ahí, porque existe, aunque es menor de lo que se dice, pero en la que es cada vez más difícil distinguir a los preocupados por la crisis de quienes quieren agudizarla. Por ejemplo, en los últimos meses, con durísimos ataques a la monarquía. Durísimos e irresponsables. Porque han minimizado la aportación fundamental del reinado de Don Juan Carlos a nuestra estabilidad democrática. El llamado juancarlismo, ese soy juancarlista M aunque no monárquico tan repetido por algunos desde el inicio de la democracia, es la expresión del reconocimiento de hasta los más escépticos y menos monárquicos a la aportación esencial de Don Juan Carlos a la estabilidad y fortalecimiento de la democracia. De los republicanos y de los poco partidarios de los beneficios de las tradiciones, que van desde comunistas hasta a algunos liberales. Don Juan Carlos ha conseguido que incluso los no monárquicos hayan apostado por él ante el vértigo de una España despojada de este símbolo de unidad suprapartidista. El juancarlismo ha sido un homenaje a los aciertos políticos, al saber hacer personal, a la simpatía y al carisma del Rey, pero, además, un reconocimiento de la importancia de esta institución y de esta tradición para nuestra democracia. Lo importante ahora, ante el nuevo reinado de Don Felipe, es que no olvidemos lo anterior. En lugar de ahondar en la crisis institucional, que existe, sí, pero mucho más matizada de lo que propagan algunos apocalípticos. ¿Que ha habido un descenso de la confianza en la monarquía en los últimos años? En efecto, pero de la misma forma que ha habido un descenso de la confianza en todas las instituciones políticas, en todas aquellos que tienen alguna responsabilidad en la toma de decisiones que afectan a los ciudadanos. También en las instituciones de la Unión Europea. Y, sobre todo, en las instituciones en todos los países democráticos. No se trata de un problema de nuestra democracia en particular sino de la democracia en general. De un Estado que ha asumido demasiadas funciones y de una cultura política que ha alentado la figura del ciudadano de muchos derechos y limitadas obligaciones, presto a señalar a los culpables que son siempre los políticos. Nuestra crisis institucional es una crisis europea y es una crisis de todas las democracias avanzadas. Pero frente a algunas de ellas, nosotros tenemos una ventaja que es una jefatura del Estado libre de tensiones partidistas, que aporta la fortaleza de la unidad, de la tradición y de la estabilidad. Don Juan Carlos ha encarnado esa ventaja y nuestro reto es que Don Felipe la encarne con el mismo acierto.