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106 GENTESTILO DOMINGO, 25 DE MAYO DE 2014 abc. es estilo ABC NADA POR ESCRITO Por Emilia Landaluce Todos somos gafes Hay quien no quiso ver el derbi de ayer porque le daba miedo dar mala suerte a su equipo. El temor a dar mal fario es válido en todos los campos. También en política isé un caracol y algo me crujió por dentro. Ayer corría sin rumbo fijo pensando en la final de Lisboa. Podría haber ido al partido, pero un extraño presentimiento me hizo rechazar la invitación. No voy, que seguro que pierden pensé. Todo español ha sentido alguna vez que es gafe. El mío me atacó en aquella final de Copa que celebró el Bernabeu en el día del Centenario. Vamos a ganar me comentaba un niño de los de antes, con pantalón corto en invierno y bocata de filete empanado. Yo le decía que por supuesto, que era imposible perder. Pero llegó el Deportivo de la Coruña y aquello finiquitó en la Armada Invencible. El niño lloraba pringoso de filete. No hay derecho se limpiaba en mi abrigo de cashemere. Y yo, que me creía gafe, sentí el estilete de la culpabilidad porque además pensaba en la factura de la tintorería. No hace mucho, me percaté que no era la única que creía llevar un cenizo incrustado en el esternón. Se trata de una sensación muy española, propia de esa propensión al ombliguismo que alberga todo ser humano. El sol dando vueltas a la Tierra. Este sentimiento de mal fario se hace especialmente insoportable en los partidos de Nadal; sobre todo, en aquellas agonías victoriosas contra Federer que duraban una tarde entera. Cambia de canal, que le estamos dando mala suerte solía increparme una suegra mía que se parecía mucho a Rosendo. Entonces apagaba la televisión, dejaba pasar unos minutos y volvíamos a Wimbledon. Rafa había ganado el set y todos nos sentíamos mejor. Esa empatía, sentir la victoria o la derrota ajena como propias, ha de ser precisamente la magia del deporte. Uno de aquellos momentos de comunión colectiva fue la pájara de Indurain en Les Arcs. Entonces el ciclismo era el deporte nacional y no solo el de Mariano Rajoy. Aquella tarde, nerviosa, me salí del salón en un par de ocasiones. La canícula arreciaba lejos del aire acondicionado, pero seguía pensando que quizás, así, nuestro Miguel remontaría. No cayó esa breva: el navarro subía la montaña como un Sísifo poco resignado a rodar la piedra hasta la cima. La imagen de su lengua hinchada y rosa, como la de un toro antes del descabello, impresionó vivamente a los espectadores. Era, sin duda, la derrota de todo un país, como también lo fue el ¡trata de arrancarlo, Carlos! de Luis Moya. El coche de Sainz parado a 500 metros de la meta y por ende del Campeonato del Mundo simbolizaba bien esa impotencia ante lo que pudo ser y no fue. Hace unas semanas cometí el error de ver el debate de Arias Cañete y Valenciano con una pepera de convicción. Deglutíamos salchichón de Auvernia y un tinto ligero. La dama sufría con el exministro como yo con Indurain. Pero ¿por qué lee? ¿Por qué no dice nada? se preguntaba. En un momento, puso en práctica el cambio de canal clásico del gafe para ver si se animaba Arias Cañete y le daba una larga cambiada a la morlaca. No hubo suerte. Al día siguiente se desayunó con el comentario machista Pregunté si se sentía gafe. Ella me dijo que si había un gafe, ese debía de ser Arriola. Tiene razón. Y sí, ayer vi el partido. P Rafael Nadal AFP Miguel Indurain ABC CANELA CHILE HABANERO Luis Miguel Dominguín Los toros Faltaba el cartel de No hay billetes y abundaban los extranjeros en Las Ventas. Los toros se ven en la plaza y se leen en ABC, sobre todo cuando los escribe Amorós. Era una tarde sin grandes expectativas. No había figuras ni artes que no temen al miedo sino una especie de romance de valentía, por el trágico sino que tomaron los acontecimientos. David Mora, Antonio Nazaré y Jiménez Fortes acabaron en la enfermería y aquellos guiris que asistían por primera vez a una corrida se dieron cuenta de la verdadera esencia del toreo, que no es otra que el peligro. No corren buenos tiempos para el toreo. La afición mengua precisamente porque, a veces, falta emoción en los tendidos y en el albero. Influye el precio de las entradas, prohibitivo en algunos casos, pero, sobre todo, pesa la falta de pique en las figuras, demasiado propensas al buen rollo. Celia Villalobos Una inglesa contaba el otro día que iba a votar a conservador pese a que le hubiera gustado decantarse por Nigel Farage, lider de UKIP. Hace dos años, el político británico fue multado por decirle a Van Rompuy, presidente del Consejo Europeo, que tenía el carisma de un trapo mojado y la apariencia de un empleado de banca de segunda Más o menos lo que les pasa a los candidatos que pasan por las manos de Arriola. No puede decirse lo mismo de su mujer, Celia Villalobos. La vicepresidenta primera del Congreso de los Diputados cargó esta semana contra VOX y llamó traidor a Alejo VidalQuadras. El suyo no es un verbo precisamente elegante: Los populares nos cabreamos, pero cuando nos afeitamos o nos metemos en la ducha, no cuando votamos, que tenemos muy claro a quién tenemos que votar Para ella, que puede cabrearse con el chófer que la recoge en el hemiciclo, es más fácil.