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ABC DOMINGO, 25 DE MAYO DE 2014 abc. es ENFOQUE 5 La Décima del Madrid Casillas, cuyo error permitió al Atlético adelantarse en el marcador, abraza a Sergio Ramos, que volvió a ser de nuevo, con su tanto al filo del final del encuentro, el revulsivo de su equipo AFP El Atlético cae (4- 1) cuando acariciaba la gloria Aunque tenga que esperar cuarenta años JAIME GONZÁLEZ A media tarde, las nubes de Madrid tenían el color de la panza de un burro. Cuando te pones a escrutar el cielo, lo mejor es hacer con los recuerdos una gigantesca cometa para espantar al vuelo los fantasmas. A las seis, Manolín ya estaba sentado en su grada de algodón, empujando las manecillas del reloj junto al resto de ángeles custodios de aquel fondo norte de mi infancia. Manolín fue el inventor del efecto cicutrino técnica del golpeo del balón que cursaba con la más inverosímil trayectoria del esférico que haya visto jamás. Ponte de portero, que te voy a enseñar un secreto El prodigioso disparo a puerta de Manolín me dejó boquiabierto: la pelota entró por la escuadra haciendo tirabuzones, como si fuera el rabo de una lagartija sin cabeza. Yo tenía ocho años. Todas las ocasiones que lo intentó de nuevo resultaron un fracaso. Un millón de veces me puse de portero, y un millón de veces el balón no quiso entrar, pero el efecto cicutrino pervivirá siempre en mi memoria porque aquello no fue un sueño, sino una experiencia irrepetible. Antes de que Luis golpeara la pelota en aquella falta al borde del área en el estadio de Heysel, hace cuatro décadas, Manolín gritó: ¡Dale efecto cicutrino, por Dios! Manolín cantó mientras yo saltaba sobre el tresillo del salón. Un rato después, vino el naufragio y me abracé a Manolín, que era un sueño roto contemplando el espanto por televisión, con los ojos llorosos y las manos vencidas por el tanto del empate. Aquello también fue una experiencia irrepetible. Manolín y los ángeles custodios del fondo norte de mi infancia se abrazaron ayer en su grada de algodón cuando el Atleti se adelantó en el marcador. Lo que vino luego no fue una experiencia irrepetible, sino una moviola en blanco y negro. Y un espejo con el rostro del destino: de nuevo, Manolín con los ojos llorosos y las manos vencidas. El lamento celeste de Manolín se escuchó en Lisboa como si hubiera saltado al campo. No estaba allí, porque hace tiempo que ocupa un lugar en lo más alto, en una atalaya donde un balón es una estrella, y la portería, un niño de ocho años admirando la técnica del golpeo del balón de su padre. Que era un tío tan grande que el fútbol debería hacerle un homenaje por haber conseguido que su hijo se vista hoy de portero a la espera de que baje del cielo- -aunque tenga que esperar otros cuarenta años- -para volver a abrazarle. ABC DE LA CHAMPIONS