Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
ABC VIERNES, 9 DE MAYO DE 2014 abc. es opinion OPINIÓN 15 LLUVIA ÁCIDA UNA RAYA EN EL AGUA DAVID GISTAU GOTAS DE SANGRE Siempre que los periodistas nos juntamos y hablamos de lo nuestro, la sensación que me queda es de agonía del oficio L A otra noche nos conjuramos algunos amigos de la profesión para dar una cena sorpresa al hermano mayor de todos. Como este es aprensivo, al vernos esperándolo en un reservado reaccionó como si fuéramos de la Mafia y le hubiéramos tendido una emboscada como la que acabó con Paul Castellano en el Sparks Steak House. Este hombre sí que es de los que temen a los griegos incluso cuando traen regalos. Creo que en toda la velada no echó un trago de vino sin poner primero la copa al trasluz para descubrir el veneno. Entiendo que, entre periodistas, estas precauciones son necesarias si se quiere alcanzar una edad longeva, a salvo de la tradición cenacular de la puñalada trapera. Sin embargo, la cena fue una delicia, como siempre que por una mesa solo circulan afectos, historias y memorias de los ausentes. Y vino, limpio de veneno. Allí se orearon recuerdos que abarcan cincuenta años de periódicos, picardías y conquistas de la primera página, en la que los viejos reporteros clavaban sus exclusivas como si fueran banderas en la Luna, banderas fugaces que al día siguiente habían desaparecido. Algunos de los presentes, los que nos fascinaron a los más jóvenes con sus historias de cuando el periodismo era una patente de corso, eran veteranos del diario Pueblo Tal vez el más canalla, divertido y noctámbulo que haya existido en Madrid, y cuya redacción, como señaló alguien, no por casualidad estaba ubicada en el barrio quevediano, cerca de las gradas de San Felipe. Siempre me gusta oír hablar del diario Pueblo porque forma parte de mi infancia y porque probablemente se produjera allí mi intoxicación vocacional, mientras trataba de sobrevivir a los ascensores sin puertas que subían y bajaban sin detenerse jamás y a los que había que saltar en marcha: cómo convencer a un niño de que un periódico no es divertido después de pasar por esos ascensores. En el mejor y en el peor sentido, la primera gran lección de periodismo la recibí allí, a una edad de coleccionar cromos. Una noche, salía con mi padre cuando se cruzó un tipo con una cuchillada en el rostro que se tapaba la herida con un pañuelo e iba hacia la comisaría que estaba junto al periódico, en la misma calle Huertas. No llegó a la comisaría. Un periodista lo interceptó y lo metió en la redacción para que antes de ir a la Policía se dejara hacer un par de fotografías y contara lo que le había sucedido. Supongo que ese rostro terminó siendo una bandera clavada sobre la superficie de la Luna. Quedaron en la acera gotas de sangre que iban hacia la puerta, como si el periódico se alimentara de carne humana y una lengua retráctil se hubiera cobrado una pieza. Sangre y ascensores sin puertas. Como para hacerse después notario. Y eso que aún no me había enterado de las juergas flamencas y las vedettes. Siempre que los periodistas nos juntamos y hablamos de lo nuestro y discúlpenme este artículo tan corporativo la sensación que me queda es de agonía del oficio. Los periódicos, que empezaron a irse al carajo cuando se convirtieron en herramientas de influencia política y la gangrena política se extendió ahora están moribundos y aplastados por el control del poder y por los que no lo desafían. Eso hace aún más melancólicas las historias de los veteranos, como recordatorios de aquello para lo que no llegamos a tiempo. Si de verdad fuéramos de la Mafia, los de esa mesa, antes sería de la residual de los Soprano que de la esplendorosa de las Cinco Familias. A la próxima reunión iremos en chándal. IGNACIO CAMACHO EL MILITANTE CUALIFICADO Aznar fue a presentar a Cañete con la educada distancia afectiva de un padre divorciado en la Comunión de un hijo NTECO, fibroso, moreno, con su habitual expresión más seria que solemne, José María Aznar levantó ayer en Madrid una obra maestra de elusión retórica. En un discurso de quince minutos, pronunciado para presentar a Arias Cañete, se las apañó para cumplir de forma escrupulosa con el encargo sin mencionar una sola vez al Gobierno actual ni a su presidente. Con elocuencia distante y metálica peroró sobre su amistad con el candidato, ponderó sus cualidades y evocó los tiempos compartidos con él en la oposición y en el poder; reiteró con enfático empaque su propia lealtad y compromiso con el partido del que ambos forman parte; advirtió con sentenciosa responsabilidad sobre los peligros que acechan a la construcción europea y apeló a la necesidad de votar al PP para conjurarlos. Incluso tuvo un recuerdo explícito y agradecido para Jaime Mayor Oreja. Cumplió su papel de introductor con impecable formalidad y sin permitir una sombra de duda sobre su respaldo a la causa. Pero en los cuatro folios largos del discurso no figuraba, ni era posible encontrarla entre líneas, una alusión, una cita o una referencia a Mariano Rajoy, a su liderazgo o a su Gabinete. Nada. En realidad, Aznar sabía que el mensaje no era su alocución, sino su presencia. Él mismo. La convocatoria reunía una expectación palmaria que administró y moduló con estudiada y cordial frialdad, evitando el morbo de un protagonismo estridente, aunque no logró ahorrarse un irónico gañafón al dirigente pepero que días atrás lo definiese como un militante cualificado del partido: Condición que acumulo con sincero agradecimiento apostilló con retranca a la de presidente de Honor No fue cálido, ni simpático ni entusiasta porque ni lo quería parecer ni jamás lo ha sido. Midió al detalle cada palabra y cada omisión, cada expresión y cada ausencia. No dejó resquicio a ningún reproche, pero tampoco añadió un ápice de afecto ni una concesión más allá del protocolo. Cuando se refería al PP hablaba de su propio proyecto, con deliberada abstracción de la nomenclatura en ejercicio; la única ocasión en que aludió al Gobierno fue para agradecer su asistencia a la vicepresidenta y a los dos ministros presentes. El desapego fue ostensible, y el ninguneo, manifiesto: allí no estaban más que él, Cañete y el ideal político cuya legitimidad de origen reivindica sin disimulo. Al final, el entorno gubernamental respiraba aliviado. Las relaciones con Aznar son glaciales, de una hostilidad cada vez menos soterrada, y el marianismo temía algún rapapolvo explícito o al menos una crítica encriptada, elíptica, susceptible de convertirse en carnaza de debate mediático. Nada de eso hubo; el guión se cumplió con disciplinada corrección, juiciosa sensatez y discreta avenencia. Solo quedó flotando en el ambiente el educado, hermético, cortés distanciamiento de una pareja divorciada en la Comunión de un vástago. E JM NIETO Fe de ratas