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ABC MARTES, 1 DE ABRIL DE 2014 abc. es cultura CULTURA 51 Figura imprescindible Gonzalo Anes ha sido uno de los historiadores españoles más influyentes y su larga y fecunda etapa como director de la Real Academia de la Historia lo demuestra. Será recordado como un gran estudioso de la historia económica de nuestro país. Todo un ejemplo ANÁLISIS ENRIQUETA VILA VILAR H Un diccionario único Destaca su magnífica aportación como director científico del gran Diccionario Biográfico Español una magna obra de dimensiones impresionantes que se vio, no obstante, empañada por la polémica suscitada por la entrada de Francisco Franco. ria. Actual vicedirector, dirigirá la institución hasta que se celebren las próximas elecciones previstas para diciembre, según recoge el reglamento de la Academia. Menéndez Pidal de Navascués está considerado el más prestigioso de los heraldistas españoles Es académico de número de la Real Academia Matritense de Heráldica y Genealogía, director de la revista Hidalguía y miembro del consejo de edición de la revista Emblemata abía cumplido 82 años pero el tiempo parecía no haberlo rozado. Erguido, delgado, ágil, elegante, trabajador sin tregua y una vida entera dedicada al estudio. Así lo conocí cuando hace poco más de dos años fui a saludarlo a la Real Academia de la Historia para agradecer el honor que se me había hecho de ser elegida miembro de ella. Me acogió con cariño, me dio algunos consejos que, desde luego, seguí y siempre me trató como lo que era: un gran caballero. Antes de eso, mi percepción del profesor Anes era más intelectual que personal. Lo había saludado en varias ocasiones aunque siempre fugazmente. Pero, ¿qué historiador no ha bebido en las fuentes de su larga producción bibliográfica? Era indiscutible como experto en el siglo XVIII. Para mí, fueron imprescindibles, sobre todo, sus libros Economía e ilustración en la España del siglo XVIII (1973) y El antiguo régimen: los Borbones (1985) Sin embargo su conocimiento de la historia de España, de su querida Asturias y, en épocas más recientes, de América, era mucho más vasta y ha seguido dando brillantes frutos hasta la actualidad. No en vano, en el decreto en el que el Rey le concedió en título nobiliario de Marqués de Castrillón se alegan como méritos su extensa y brillante labor académica, investigadora y docente al servicio de España y de la Corona La suerte de haberlo tratado estos dos años, cada viernes, presidiendo la Real Academia a la que dedicaba horas y horas, su gran labor en la edición del magnífico Diccionario Biográfico, tan burdamente manipulado por algunos ignorantes, y el amor que ponía en su trabajo han sido para mí un ejemplo impagable. Cuando a la vuelta de las vacaciones de Navidad lo noté algo desmejorado le dije: Director, trabajas demasiado Y su respuesta fue toda una lección con la que coincido cien por cien. Yo tengo una máxima. Si aceptas un cargo honorífico es porque quieres y debes entregarte a él con entusiasmo y dedicación hasta el final Cumplió su máxima. Hasta el extremo. Presidió la sesión del pasado viernes, hace apenas tres días, ha- ciendo un esfuerzo máximo y con un hilo de voz, tuvo fuerzas para comentar durante más de cinco minutos la excelente disertación que habíamos oído de Carmen Iglesias. Pero en esa sesión hubo algo distinto a las otras veces, como si fuera un presagio. Era muy celoso de la puntualidad que seguía a rajatabla con miradas al reloj que tenía frente a su sillón. Se comenzaba a las siete en punto de la tarde y se terminaba cuando sonaban las campanadas de las ocho. Aquel día apareció cinco minutos tarde y dejó que cada Académico interviniera en el debate final, aunque esas campanadas que siempre nos acompañan y que marcan, indefectiblemente, la hora de cada uno, no hubieran sonado. Se despidió de todos, amablemente, cariñosamente, como solía y lo vi bajar las escaleras. Aún mantenía el tipo. Cuando esta mañana, uno de mis compañeros me llamó para darme la triste e inesperada noticia, con el dolor de haber perdido a un gran director y a un amigo, pensé si esa infrecuente y brillante sesión que había presidido no era una despedida o un mutis preparado para dejarnos la impresión de lo que siempre fue: todo un ejemplo. ENRIQUETA VILA VILAR ES MIEMBRO DE LA REAL ACADEMIA DE LA HISTORIA