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ABC VIERNES, 7 DE MARZO DE 2014 abc. es opinion OPINIÓN 15 EL BURLADERO UNA RAYA EN EL AGUA CARLOS HERRERA EL CARAJAL NAVARRO El socialismo navarro es la burra que vuelve una y otra vez al trigo, y lo hace con una regularidad asombrosa ¿A LGUIEN en su sano juicio esperaba que Rubalcaba aprobase felizmente una moción de censura contra el gobierno navarro de UPN perpetrada en compañía de Bildu? Puede que quede gente inocente en España, pero la edad política que lucimos en nuestros carnés de demócratas no es compatible con bobalicones estados de inocencia. Si la central socialista le hubiese dicho adelante al pretendido plenipotenciario Jiménez el PSOE en Navarra soy yo hoy mismo estarían lamentando una ráfaga de justos disparos dialécticos en su fachada. Tantos que más de uno habría sentenciado aquello tan deseado por muchos: Rubalcaba está muerto. El secretario general del PSOE podrá ser muchas cosas pero resulta evidente que no está afectado por ningún tipo de ceguera estratégica ni por urgencia alguna de poder menor. Conseguir el Gobierno de la Comunidad Foral es una vieja aspiración de unos socialistas locales que consideran rentable hacerlo a cualquier precio, pero no compensa en absoluto a quienes tienen puesta la mirada de sus legítimas aspiraciones de poder a un tiempo vista. Si mañana anuncian los navarros una moción de censura y se apunta generosamente el entorno de ETA, las elecciones europeas de Mayo se ven protagonizadas por un hecho incontrovertible: los socialistas se apoyan en los anexionistas euskaldunes para conquistar la joya de la corona, para desmontar Navarra tal y como la conocemos y para establecer pautas de colaboración explícitas con los voceros de los que ayer mis- mo nos mataban. Ni en sus peores delirios podría aprobar el PSOE algo o nada parecido. El socialismo navarro es la burra que vuelve una y otra vez al trigo, y lo hace con una regularidad asombrosa. Ya lo intentó siete años atrás, en tiempos de Fernando Puras (hombre, con todo, decente que hubo de dimitir en consecuencia) sólo que aquella vez en compañía de los diletantes miembros de Nafarroa Bai. Lo impidió José Blanco en evitación de daños mayores, pero en un tris estuvieron de conseguirlo. Hogaño ha sido más crudo, más áspero: sólo hubiese triunfado la moción con los votos afirmativos de Bildu y de Aralar, compañías ambas poco compatibles con el deseo de presentarse ante los españoles como una fuerza nacional de referencia. La campaña del PP estaba hecha: nada más fácil que referirse a los socialistas como aquellos capaces de auparse en el diablo para conseguir poder, cosa que puede aprobar un sectario temible como Eduardo Madina, por ejemplo, pero no un hombre tenido por sensato como Pérez Rubalcaba, sentado en un inestable barril de pólvora de aquí a sus famosas primarias. Lamentablemente para él, sacrificar la estabilidad de su partido en Navarra en función del interés general era obligado si se quería mantener el tipo en unas elecciones que pueden ser ganadas por el PSOE, con todo lo que le cuelga: afianzar la posición del actual secretario general y despejar dudas cara a la incierta cita de las elecciones internas. Nada quita, no obstante, para afirmar que el PSOE es un inmenso carajal. A la permanente incertidumbre de los socialistas catalanes, matizadas y amaestradas con acierto por Rubalcaba y Navarro, se une la incierta respuesta que pueden dar las huestes del tal Jiménez a la negativa de Ferraz. Flaco favor harían a los intereses del Partido si creasen un cisma irreparable, cosa no probable pero tampoco descartable. Si a ello sumamos la poca deportividad que muestran algunos aspirantes a la candidatura socialista habrá que afirmar que ser Rubalcaba hoy en día no es fácil: cuando no te sale una vía de agua por la izquierda, te sale por la derecha, y así no hay quien sea candidato en condiciones serenas. Las europeas son una prueba delicada y en ellas se la juega el, por el momento, único aspirante socialista con posibilidades de urdir una política poco amiga de las aventuras de incierto destino. IGNACIO CAMACHO CIERRA LA MURALLA Frente a la emocionalidad humanitaria y la ética indolora, la política de inmigración obliga a una antipatía reñida con los buenos sentimientos A política de inmigración tiene un problema esencial: está reñida con los buenos sentimientos. En una sociedad de emocionalidad creciente chirría el ceño fruncido de los Estados. Vivimos en la civilización del sentimentalismo humanitario, el buenrollismo, la ética indolora, y ante ese espíritu de filantropía universalista tienen muy mala prensa las fronteras con su siniestra escenografía de alambradas, perros de presa y vigilantes armados. Los sociólogos nihilistas, que son unos cenizos, sostienen que en la opinión pública triunfa la generosidad solidaria por egoísmo moral, es decir, porque cada sujeto se siente mejor cuando se construye un relato altruista de sí mismo, pero a ese campo de la compasión no se le pueden poner puertas. Son tiempos de empatía, de pacifismo, de retóricas afectivas, de pensamiento positivo, de gurús del intimismo biempensante, de espiritualidad romántica. Tiempos de Moccia, de Paulo Coelho y de abre la muralla. En ese contexto no hay Gobierno que pueda ganar la batalla de los marcos mentales. Negros pobres hambrientos desarmados siempre generarán más simpatía que guardias blancos con cascos y fusiles de bocacha. El estereotipo ha alcanzado a esa comisaria sueca que enfoca el conflicto de Melilla con las anteojeras del tópico lorquiano: tricornios a palos con minorías étnicas. Y una izquierda de flower power, que soslaya por conveniencia el papel infame de las mafias y su macabro tráfico de personas, aprovecha el error impresentable de los pelotazos de goma en el Tarajal para abrir una crisis migratoria. El resultado de esta mistificación emocional es un concurso de saltos fronterizos ante una Guardia Civil desmotivada. Y un problemón mayúsculo en la puerta de entrada de la UE. Pero si Europa no es capaz de defender una Crimea ocupada manu militari por los rusos poco se puede esperar de ella ante un asalto de africanos descalzos. Así que hemos de saber que España está sola ante la presión de las vallas. Y hay dos soluciones: abrirlas de par en par, dejar que los deshererados pasen en masa y que el lío subsiguiente provoque en la conciencia nacional un revulsivo dramático o aplicar el antipático manual de restricción de entrada y defender el cumplimiento de la ley con el uso proporcional y reglamentario de la fuerza. En realidad es una disyuntiva falsa; no cabe más que la segunda opción por poco grata que sea. Y siempre resultará insuficiente porque un principio elemental de la política de fronteras reza que éstas no son jamás por completo impermeables y hay que contar con que de todos modos se va a colar una cantidad significativa de gente. La función principal de los cuerpos de seguridad no es tanto la de contener como la de disuadir, y es ese cometido de desalentar a los asaltantes el que ha quedado entredicho con una polémica política que ha enviado al otro lado de la cerca señales inequívocas de debilidad y desánimo. Pero toca firmeza, guste o no; el ejercicio del poder implica una responsabilidad que es independiente del agradecimiento. Y del populismo. L JM NIETO Fe de ratas