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14 OPINIÓN HORIZONTE PUEBLA JUEVES, 6 DE MARZO DE 2014 abc. es opinion ABC RAMÓN PÉREZ- MAURA FARSA EN EL PALACIO DE SANTA CRUZ Ni los que más lo desean, los propios ucranianos, están dispuestos a tragarse esa mentira de Lavrov y Putin STÁN aquí. Los fenómenos paranormales ucranianos han llegado hasta Madrid de la mano de Sergey Lavrov, el ministro de Exteriores ruso. Ayer compareció ante la prensa junto a su resignado colega, José Manuel García- Margallo, para declarar que las tropas que han tomado el control de Crimea a bordo de camiones matriculados en Rusia no son rusas. Las autoridades golpistas estas sí de Crimea deben de haber comprado los vehículos de transporte de tropas a un vendedor de segunda mano y han reclutado lo que Lavrov llama fuerzas de autodefensa en alguna agencia de mercenarios. Si tienen necesidad, yo puedo indicarles varias que son muy efectivas. Lo que la explicación de Lavrov en el Palacio de Santa Cruz de Madrid deja en el aire es quién responde por esas fuerzas de autodefensa Es decir, hasta ahora habíamos asumido que, como los rusos habían entrado en Crimea, los ucranianos se habían apocado y retrocedían frente al potencial de ese Ejército. Pero si Lavrov tiene el valor de mantener su palabra y ser consecuente cuando proclama que no hay fuerzas rusas desplegadas en Crimea, cabría asumir que si los ucranianos defienden la integridad de su fronteras y mueren fuerzas de autodefensa de Crimea los rusos no harán nada porque Lavrov dice que no son de los suyos. ¿Hay alguien que se lo crea? Ni los que más lo desean, los propios ucranianos, están dispuestos a tragarse esa mentira de Lavrov y Putin que les beneficiaría enormemente. Ya sabemos que la diplomacia implica matizar las verdades, pero aun con eso es muy difícil creer que sea posible que la sedicente República de Crimea haya logrado pertrechar unas fuerzas de autodefensa de la noche a la mañana. Contábamos en estas páginas el pasado 2 de noviembre que tres días antes algo más de doscientas jóvenes universitarias se congregaban en el aula magna del Instituto Ucraniano para el Desarrollo de los Medios para asistir al Tercer Foro Ucraniano- Español de Periodismo. Servidor de ustedes era uno de los oradores. Un colega ucraniano pidió al público que levantaran la mano quienes hubieran visitado algún país de la Unión Europea. Un bosque de manos se izó. A continuación pidió el mismo gesto de quienes hubieran visitado Rusia. Los brazos producían frondosidad casi idéntica. Al fin la pregunta fue ¿quiénes preferirían vivir en Rusia? Sólo un hombre cuya presencia yo no había percibido hasta entonces pese a contemplar al público desde el estrado, izó su mano. Parecía evidente que sólo intentaba hacerse notar. Rusia no necesitaba servicios de inteligencia para saber cuál era el sentir de la población ucraniana y qué amenazas atisbaban sobre el intento de Putin de reconstruir el Imperio Ruso. Por eso no cuesta tanto entender este fenómeno paranormal de las fuerzas surgidas de ninguna parte. Es decir, de la misma Rusia. E CAMBIO DE GUARDIA GABRIEL ALBIAC 110304 No perdimos tan solo una guerra. Se extravió nuestra alma en aquel año 2004 ASADOS ya diez años, el silencio soldó su plomo: del 11- M ha quedado tan solo lo que miente de modo necesario: el sórdido consuelo del sentimentalismo, que es el modo de nunca mirar lo terrible cara a cara. Ni reflexión ni relato. Callados, hacemos ver que nada ha sucedido, porque sabemos que sucedió todo. Lo peor que puede sucederle a un hombre: la derrota del que no dio combate. Ninguna reflexión, ningún relato. Nuestra historia del último decenio está marcada por aquel vacío, del cual no deseamos ni siquiera sacar las lecciones. Solo negarlo vanamente en la memoria. El 11 de septiembre neoyorquino produjo literatura amarga, gran literatura, poéticas de muy diverso tipo, pero siempre marcadas por una certeza: la de que aquel maldito día cambió las vidas de cuantos fueron por él sorprendidos. Springsteen, Roth, Bigelow... tantos, tantísimos otros, dieron en distintos tonos el pathos que ha de desencadenar en cabezas no enfermas la irrupción tempestuosa de la muerte masiva dentro del espacio familiar, en lo más inmediato, en esas calles de nuestra ciudad que son madriguera íntima de nuestras vidas. Primaban el tono épico o el lírico: las imágenes, los sonidos, las palabras tejían elegías mayores o susurraban esas minúsculas confidencias en cuyo casi nada una vida se desmorona. Había en todas, hay en todas, verdad. Aquí no ha habido nada. Y, a sabiendas de escri- P bir algo muy excesivo, a mí bien es cierto que yo soy un poco raro pasados diez años, lo que más me aterra es este mortuorio silencio nuestro. Esa ausencia de rabia, que dice hasta qué punto somos nosotros los que estamos muertos: ni siquiera capaces de verbalizar la angustia de no saber cómo se dice una dimisión tan enorme. La memoria rechaza las derrotas. E implacablemente más, las cobardías. Va en el instinto de supervivencia humano. Uno puede cargar con su tragedia: la tragedia es, en lo más esencial, moral y épica. Cuando Herodoto narra la muerte de los mejores de los griegos a manos de los persas, puede cerrar su amargura con el epitafio de los héroes: Cuatro mil peloponesios combatieron aquí contra tres millones de hombres. Paseante, ve a decir a los lacedemonios que reposamos en este lugar por fidelidad a sus leyes Pero la cobardía no posee relato. La memoria borra eso. Se puede mirar de frente el dolor. No la vergüenza. El 11 de marzo de 2004 fue una tragedia: doscientos asesinatos. Lo normal, lo no loco, era que de ello hubiera nacido una memoria épica. Colectiva. Si no la hubo, es porque fue vivido de otro modo: como una colectiva renuncia. Como una rendición sin condiciones. Poca cosa sabemos de lo que pasó ese día de hace diez años. De lo que vino luego, sí sabemos la vergüenza. Algo que trocó el Estado. A la manera en que dice Gabriel Naudé que lo hace aquello que él teorizó el primero, en 1639, como rayo que fulmina antes de que el trueno pueda ser oído Para rendirse era imprescindible Zapatero. Pagamos, hasta el día de hoy, el precio. No perdimos tan solo una guerra. Se extravió nuestra alma en aquel año 2004. No la hemos recuperado todavía. Habrá que hacerlo. Si es que queremos alguna vez salir del manicomio en que nos hemos recluido desde hace ya una década. No se puede salir de una tragedia así sin cumplir su duelo. Y dejar, de una maldita vez, de entonar cantos de amor a nuestros asesinos. Es preciso recordar. Y saber. Y odiar. Para no volverse loco. O para dejar de estarlo. Es hora de afrontar la humillación. Confesar que lo peor sucedió entonces.