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12 OPINIÓN LA FONTANA DE ORO PUEBLA LUNES, 3 DE FEBRERO DE 2014 abc. es opinion ABC FÉLIX MADERO LA CALDERILLA DEL PODER ¿Qué piden a Rajoy los tibios y diletantes, que hablen los muertos, que resuciten con su manual de agravios? STABA dispuesto a contarles lo del del PP, que tan entretenido me ha tenido. Escucho a Rajoy y a los suyos en la radio porque en la tele no me los creo. Hagan la prueba de verlos en la pantalla y quiten el volumen y verán que ninguno, sea del partido que sea, supera la prueba de la verdad. Me cuesta tanto creerme un discurso y unas apretadas gradas dispuestas al aplauso complaciente que me voy de la actualidad y me quedo en la realidad. Y reparo en la diferencia; una, la primera, es un invento de los hombres; la otra, la escriben los dioses para aquellos que no desean ver. Paul Auster cree y yo confío en él más que en un programa político que la realidad siempre va más allá de lo imaginable. Y por eso creo que la realidad está a la altura de la poesía, de esa poesía y de esos versos que sin necesidad de ser leídos dibujan nuestras vidas y definen el territorio de la memoria. Quería escribir sobre la Convención de Valladolid, pero me faltan ganas y pasión. Le deseo a Rajoy suerte, porque no dudo de su buena fe, pero no reconozco ningún mérito al afirmar lo ya prometido. Desconfío del verbo en futuro tanto como los que se pronuncian en pasado. Prefiero lo que fue a lo que puede ser. El pasado entristece, pero no engaña, no seduce, no trastorna, no me doblega. Y tampoco me espanta. El futuro llena mi boca de cenizas. Espanta esta competición por el amor a las víctimas del terrorismo, y no entiendo cómo el PP, tan castigado por el zarpazo etarra, se ve obligado a mostrar sus heridas mal cicatrizadas y digeridas. Lo peor del dolor es su incertidumbre. ¿Qué piden los tibios y diletantes a Rajoy, que hablen los muertos, que resuciten con su manual de agravios? Venga, hombre, venga, señor Mayor, venga, Ortega, vamos, Quadras. Todos ellos debajo del incierto paraguas de un partido con nombre de academia de idiomas y diccionario de Bachillerato. Se va la vida al ritmo de un futbolista y un poeta más que al de una Convención previsible y mal explicada. No lo queremos ver, pero poesía y fútbol son la metáfora de un país que olvida a sus mejores poetas y futbolistas. Aragonés vivió en la urgencia de un endecasílabo desde el córner; Grande en la felicidad de un gol falso e interminable. Se mueren juntos, y son como un aldabonazo que interroga al misterio de nuestra mediocridad. Luis nos preparó para salvar la crisis con el sabor imposible de la victoria. Félix, el de Tomelloso, el que iba a ser el primer ministro de Cultura de Felipe González, el mismo que me dijo que fue su abuelo Palancas el que le dictó la historia familiar nos arropa con sus versos: Eres irreparable como una muerte. Félix lo dejó escrito sin que Luis lo leyera: Tenemos miedo, tenéis miedo. Nosotros, para quien ni existe la calderilla del poder subimos por la espina dorsal del miedo. Y yo no sé decirlo mejor. E EL ÁNGULO OSCURO JUAN MANUEL DE PRADA LA TRAGEDIA DE GALLARDÓN Como el protagonista de El país de los ciegos Gallardón se resistió en vano a perecer aplastado por la mediocracia IEMPRE vimos en Alberto Ruiz- Gallardón un trasunto del protagonista trágico de El país de los ciegos aquella parábola sobre la mediocridad de H. G. Wells en la que un explorador descubre un poblado habitado sólo por ciegos y decide instalarse allí, seguro de que llegará ¡iluso! a convertirse en su rey; a la postre, para ser admitido en sociedad, aquel explorador tenía que resignarse a que le arrancasen ambos ojos. Gallardón tuvo la desgracia de nacer con vocación para la política, que antaño tal vez fuese noble oficio de próceres, pero que hogaño sólo es piscifactoría de mediocres. Y tuvo, además, la osadía de querer brillar con luz propia desde muy temprano, dejando en evidencia la mediocracia ambiental. Por supuesto, los mediocres de su partido acusaron enseguida a Gallardón de inmodestia. Pero ya nos advirtió Goethe que modestos sólo son los hombres virtuosos y los bribones; por eso se explica que la modestia triunfe tanto en los partidos políticos, donde los hombres virtuosos brillan por su ausencia. Como el protagonista de El país de los ciegos también Gallardón se resistió en vano a perecer aplastado por la mediocracia ambiental. Fue la época en la que se dejó halagar por el progresismo caviar, que le bailaba el agua para conseguir adjudicaciones de obra, subvenciones a dedo y entradas gratis para la ópera. Por supuesto, la piscifactoría de mediocres de S su partido aprovechó para desprestigiarlo hipócritamente entre sus votantes, caracterizándolo como un amigo de bujarrones y pindongas; lastimosamente, esos votantes que enfilaron a Gallardón nunca advirtieron que los mediocres que lo desprestigiaban no eran su antítesis, sino tan sólo una patulea de tartufos que envolvía su íntima oquedad con todo tipo de aspavientos falsorros, desde el casticismo populachero hasta la comunión dominical (y sacrílega) En aquellos años de beligerancia con la mediocracia y de rendición vanidosa a las lisonjas del progresismo caviar, Gallardón cometió por premura algunos errores tácticos que lo dejaron rezagado en su partido; y también algunos errores intelectuales gruesos que tal vez fueran, misteriosamente, la razón por la que lo rehabilitaron y nombraron ministro. La mediocracia de su partido necesitaba, aun encaramada al gobierno (pues el mediocre, aunque goce de mando en plaza, siempre necesita hacerse perdonar) a un ministro lisonjeado por el progresismo caviar. Se suponía que, para entonces, Gallardón habría aparcado, mohíno, sus pretensiones de originalidad; pero Gallardón aún guardaba un residuo de grandeza en su espíritu. De ahí que, aunque plagado de errores intelectuales gravísimos, haya evacuado un anteproyecto de ley del aborto en el que se atisba, a modo de pálida reverberación, una mínima fracción de la luz que podría haberlo alumbrado, si no hubiese caído desde muy joven en la trampa de querer ser rey en el país de los ciegos. Imagino que la actitud cobardona de la mediocracia de su partido, que lo ha dejado en desvalida soledad mientras lo vapulean los mismos que antaño lo lisonjeaban, habrá procurado a Gallardón una enseñanza moral muy amarga que, sin embargo, podría serle de gran provecho, si supiera asimilarla. Querido Alberto: nos instruía Somerset Maugham que sólo el mediocre está siempre en su mejor momento Puesto que no eres mediocre, tal vez estés atravesando tu peor momento. Es el castigo por haber militado entre quienes, no creyendo en nada ni atreviéndose a luchar por nada valioso, quieren sobrevivir poniendo una vela a cada santo; y, por supuesto, también a cada demonio. No dejes que esa patulea de mediocres te avasalle; y, si ves que te quieren matar, muere al menos honrosamente, como Sansón.