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ABC SÁBADO, 1 DE FEBRERO DE 2014 abc. es opinion OPINIÓN 15 UNA RAYA EN EL AGUA EL ÁNGULO OSCURO JUAN MANUEL DE PRADA LA RAMPA Nuestra civilizada época disfrazará el rencoroso regocijo que le produce ver a la hija de un Rey bajando por la rampa diciendo que la justicia es igual para todos E N este empeño por ver a la Infanta bajando la rampa de los juzgados uno sólo descubre aquella inquina del populacho que se congregaba, allá por los años del Terror, en la plaza de la Revolución (hoy llamada sarcásticamente de la Concordia) para ver como guillotinaban a los nobles; y que, cuando se despistaba, gritaba despechado: ¡Otra vez! ¡Queremos verlo otra vez! ¡Que lo repitan! Escribía Víctor Hugo que el populacho es un ser sumido en un estado de ignorancia primaria, de inmadurez moral e intelectual, del que se puede decir, como del niño: esa edad impía Hace Víctor Hugo esta reflexión en aquel pasaje de Nuestra Señora de París en el que Quasimodo es flagelado y expuesto públicamente, para que la chusma lo apedree de esputos, injurias y abucheos. El mismo papel que la picota desempeñaba en la novela de Víctor Hugo lo desempeña hogaño la célebre rampa, hasta la cual el populacho ya ni siquiera tiene que desplazarse, porque la televisión se la lleva a casa (y le permite ver las bajadas cuantas veces desee) Así, sentadito en su butaca de cretona, el populacho de nuestro tiempo puede echar de comer al niño impío que le anida en las entrañas, sin necesidad de gargajear hasta quedarse sin saliva ni de aullar hasta quedarse afónico; porque vivimos en una época muy civilizada en que las bajas pasiones se refugian en la in- timidad del hogar, a diferencia de aquellas épocas bárbaras que las congregaba ante una picota o una guillotina. Por supuesto, nuestra civilizada época disfrazará el rencoroso regocijo que le produce ver a la hija de un rey bajando por la rampa diciendo que la justicia es igual para todos Pero, debajo de este disfraz de retórica igualitaria, se esconde la malicia del jorobado Fontova, mucho más cabrón que Quasimodo: ¡Igualdad! oigo gritar al jorobado Fontova. Y me pongo a preguntar: ¿Querrá verse sin joroba o me querrá jorobar? La célebre rampa resucita otro asunto clásico del resentimiento patrio, cual es el de la diferencia social entre quienes van por la calle en coche y quienes van andando. De esta diferencia los hidalgos pobretones de nuestra picaresca hacían un mundo; y no les importaba tener el mayorazgo roído por las ratas, las tripas descomulgadas y los herreruelos calvos si podían pasearse en coche por la calle, estirando el pescuezo para que todos los vieran y rabiara el populacho sin coche. Desde entonces, el sueño de todo gobernante deseoso de aquietar el resentimiento ha sido gobernar una España donde hubiese un coche por cada casa; pero, una vez logrado ese sueño democrático, descubrimos que el populacho no se conforma con tener coche, sino que además quiere ver a la hija del rey bajando a pie una rampa, para poder increparla. Uno tiene la impresión de que la monarquía, en España y fuera de España, se muere, como aquel rey Rodrigo del romance, por do más pecado había esto es, por la obsesión democrática, fuente de su gran desdicha. Hubo un día funesto en que las monarquías pensaron que, allanándose plebeyamente, echando a barato su sangre ¡por romanticismo! y dedicándose a oficios y afanes que antaño estaban vedados a la gente de alcurnia se harían perdonar del populacho rencoroso, olvidando que pretender contentar a quienes no desean ser contentados es locura; y olvidando también que el pueblo leal que los había elegido deseaba verlos encumbrados, no mezclados con la plebe y acatarrados por el microbio de lo que los moralistas de antaño llamaban solicitud terrena En esa célebre rampa de los juzgados de Palma se certifica el fracaso de esta obsesión que un día funesto enfermó a las monarquías. IGNACIO CAMACHO EL PASEÍLLO Una perversa rutina de la práctica judicial ha convertido el paseíllo de imputados en una suerte de derecho popular OR una especie de perversión rutinaria introducida de facto en la práctica judicial, una significativa parte de la opinión pública española ha dado en creer que el llamado paseíllo de imputados constituye poco menos que un derecho constitucional colectivo, cuyo sujeto no sería el justiciable amparado por la presunción de inocencia sino el conjunto de una sociedad decidida a evacuar por su cuenta un veredicto anticipado de culpabilidad y aplicar la pena de ignominia invistiendo al sospechoso con el sambenito simbólico del repudio. Sólo así se entiende la polémica sobre el acceso de la Infanta Cristina a los juzgados de Palma, que la mayoría de los ciudadanos considera un requisito inapelable de una igualdad ante la ley que habría que contrastar no sólo en los trámites procesales sino en el exterior de la sede del interrogatorio. De este modo una costumbre ciertamente lesiva para las garantías morales de los interrogados se ha transformado en una exigencia popular vinculada a la aceptación del principio de la equidad de la justicia, como si la diligencia de imputación incluyese de por sí la obligatoriedad de someter al declarante al estigma de un tránsito bajo la mirada global de la televisión y el reproche coral de una simbólica avanzadilla airada en representación de las masas soberanas. Así las cosas, esta extendida y desde luego errónea creencia con ribetes de dogma posmoderno vuelve políticamente aconsejable la idea de que la Infanta se someta, por su propia voluntad y tras la autorización de los jueces para esquivar el tramo de la discordia, a la desagradable experiencia del paseo infamante. En primer lugar porque así lo hizo su marido y principal acusado bajo el probable asesoramiento del propio entorno de la Corona. En segundo término porque evitar el trance no va a eludir sino incrementar el debate morboso ni los titulares sensacionalistas sobre su presencia en los juzgados. Y en última consideración, last but not least, porque la propia Cristina ha de ser consciente de que el debate de su imputación contiene un alto componente político al que en su condición de miembro de la familia real debe mostrarse ineludiblemente sensible para responder con una conducta de índole política. Le guste o no, sea justo o injusto, este proceso se ha convertido en una cuestión de naturaleza institucional y de una politicidad intrínseca, y resulta obvio que ni ella es una imputada más ni quienes desean increparla en un abucheo justiciero y expiatorio lo entienden de otro modo. Éste es el fondo del asunto: las circunstancias y sus propios y reprochables manejos han colocado a la hija del Rey en el centro de una catarsis. La normalización del escarnio como pena adelantada constituye una degradación jurídica y un vicio populista, pero entiéndase la ironía- -la realeza siempre ha estado históricamente obligada a complacer a su pueblo. P JM NIETO Fe de ratas